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29 May
Qué atinado Constantino y qué Martín tan sin tino PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Paco Pérez   
Lunes 15 de Mayo de 2017 16:19

Por qué soy católico

La difusión del Evangelio por Europa costó mucha sangre generosa, pero fue posible gracias a la unidad; en cambio, como consecuencia de la protesta de Lutero, cinco siglos después Europa prácticamente ha perdido la fe.


No es un trabalenguas. Se trata de dos personajes históricos de primera línea, los dos con tan enormes repercusiones que cambiaron el rumbo de la historia. Los dos han sido objeto de innumerables discusiones que perduran hasta nuestros días, tanto que el simple título del presente artículo pudiera provocar reacciones encontradas.

Constantino fue emperador romano del siglo IV, el primero en abrazar la fe cristiana. Sucedió poco tiempo después de la más cruel de las persecuciones decretadas por el Imperio: la de Diocleciano, su antecesor. Se cuenta que estando Constantino en campaña tuvo una visión en la que una cruz se dibujó en el cielo con una leyenda que decía: "Con este signo vencerás".

En el año 313 promulgó el Edicto de Milán en el que se establecía la libertad de culto, terminando así la era de las persecuciones. Hay quienes afirman que el edicto fue una medida de cálculo político pues el cristianismo había llegado a ser una fuerza considerable en el Imperio ya que la hostilidad, lejos de acabar con los cristianos, los había multiplicado. Tertuliano llegó a decir: "La sangre de los mártires es semilla de cristianos".

Cabe decir que con esta medida Constantino iba en la línea del Concilio Vaticano II. En efecto, la Iglesia, diecisiete siglos más tarde, sigue reclamando la libertad de culto: "la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa, de tal manera que ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella [...] Declara, además, que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural. Este derecho de la persona a la libertad religiosa ha de ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad, de tal manera que llegue a convertirse en un derecho civil" (Declaración Dignitatis Humanae, 2).

Mas también en la época constantiniana era preocupante una patente y grave división que había surgido en las filas del cristianismo a causa de la llamada herejía arriana, que negaba el dogma central de la fe cristiana: la divinidad de Cristo y, por tanto, desgarraba a los seguidores de Jesús.

Preocupado por esta división que afectaba la vida del Imperio, Constantino se propuso restaurar la unidad. Aconsejado por el obispo Osio convocó al Concilio de Nicea. En este Concilio la Iglesia declaró solemnemente la doctrina que provenía de los Apóstoles y formuló el llamado "Credo de Nicea", símbolo de la unidad para todos los cristianos y que se recita en las Misas al día de hoy.

La unidad no se consiguió de inmediato pero se sentaron las bases para lograrla. En ese esfuerzo la Iglesia pudo soportar el derrumbe del Imperio Romano y lograr la conversión de los mismos pueblos invasores, como lo había hecho con la Roma pagana. También pudo realizar la evangelización del resto de Europa, obra realmente colosal. Gracias a la Iglesia, a pesar de la pluralidad política, Europa fue una en la fe.

La unidad europea, no sin amenazas y contratiempos, perduró hasta el siglo XVI, hasta el día en que la Iglesia sufrió la tragedia de otra ruptura que dividió de nuevo y de manera profunda al mundo cristiano, ruptura que persiste hasta hoy.

Dicha división fue obra de Martín Lutero. Su acción operó en sentido inverso a la de Constantino y el Concilio de Nicea. De su protesta se derivó una serie encadenada de desviaciones doctrinales que desgarraron la unidad querida por San Pablo que proclamaba un sólo Señor, una sola fe, un sólo bautismo, como uno es Dios, Padre de todos, que está sobre todos, entre todos, en todos (Cf. Efesios 4,5-6).

El propósito del Concilio de Nicea fue buscar la unidad en la verdad. Ese propósito fue socavado profundamente por el movimiento iniciado por el reformador.

No entro aquí en el debate de si Constantino actuó de buena fe o por mero interés político y personal, pero no se puede negar que promulgar la libertad de culto y convocar al concilio fueron dos aciertos no sólo para la vida del Imperio sino para los siglos venideros. Tampoco me meto a juzgar sobre las intenciones de Lutero, pero las consecuencias de sus acciones fueron demoledoras. "Por sus frutos los conoceréis" (Mt 7,20).

El Vaticano II también se ocupa de la división al señalar en el decreto sobre el ecumenismo como uno de sus fines principales la promoción de la restauración de la unidad entre todos los cristianos, "puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aun cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido. Tal división abiertamente repugna a la voluntad de Cristo y es piedra de escándalo y obstáculo para la difusión del Evangelio por el mundo" (Decreto Unitatis Redintegratio, 1).

Creo que ni Constantino ni Lutero vislumbraron la trascendencia de sus actos. La difusión del Evangelio por Europa costó mucha sangre generosa, pero fue posible gracias a la unidad; en cambio, como consecuencia de la protesta de Lutero, cinco siglos después Europa prácticamente ha perdido la fe.

No lo hicieron solos. Son personajes cimeros pero la historia tiene muchos actores y algún puesto nos corresponde.

Este año de 2017 se cumplen quinientos años de aquella protesta, cuya herida provocada aún sigue abierta. Que Dios nos conceda, para bien del mundo, meditar en lo sucedido y reencontrar el camino de regreso a la unidad.


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