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La Semana Santa de María PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Cristina Alba Michel   
Lunes 10 de Abril de 2017 13:56

Jesús no estaba solo

1. San Juan Pablo II nos recuerda cómo el Evangelio da enorme importancia "a los misterios del dolor de Cristo". Explica cómo "La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Vía Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación". Orar con el Rosario nos ayuda a contemplar a Jesús junto a María. "El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada del corazón y a revivirlos", comenzando por Getsemaní, "momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: 'no se haga mi voluntad, sino la tuya'".

 

2. Este "sí" de Jesús cambió el "no" de Adán y Eva. Lo que le costó "esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que con la flagelación, coronación de espinas, subida al Calvario y muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia".

Aunque Jesús experimentaba una profunda soledad, realmente vivida con gran intensidad, no estaba totalmente solo, le acompañaba su Madre, quien también experimentaba esa soledad. Desolación. Como toda buena madre que presiente y siente los dolores de un hijo aun cuando no lo vea, le acompañaba y al mismo tiempo también Ella reafirmaba su "sí" a Dios, esta vez en medio de la humillación del Hijo de su corazón. Corazón de Madre, herido por la espada. Corazón de fiel creyente que en la oscuridad más densa continúa creyendo. 

Por esto, "Los misterios de dolor llevan al creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con Ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora" (1).

 

3. Dice el santo Papa que "en los misterios dolorosos contemplamos en Cristo todos los dolores del hombre: en Él, angustiado, traicionado, abandonado, capturado aprisionado... injustamente procesado y sometido a la flagelación... mal entendido y escarnecido en su misión... condenado con complicidad del poder político... conducido públicamente al suplicio y expuesto a la muerte más infamante. En Él, Varón de dolores profetizado por Isaías, queda resumido y santificado todo dolor humano.

Siervo del Padre, Primogénito entre muchos hermanos, Cabeza de la humanidad, transforma el padecimiento humano en oblación agradable a Dios, en sacrificio que redime. Él es el Cordero que quita el pecado del mundo, el Testigo fiel, que capitula en sí y hace meritorio todo martirio". Comenzando por el de su propia Madre dolorosa, porque:

 

4. "En el camino doloroso y en el Gólgota está la Madre, la primera Mártir. Y nosotros, con el corazón de la Madre... contemplamos conmovidos los padecimientos de Cristo, aprendiendo de Él la obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz; aprendiendo de Ella a acoger a cada hombre como hermano, para estar con Ella junto a las innumerables cruces en las que el Señor de la gloria todavía está injustamente enclavado, no en su Cuerpo glorioso, sino en los miembros dolientes de su Cuerpo místico" (2).

 

(1) Rosarium Virginis Mariae, n. 22

(2) Ángelus, octubre 30, 1983

 

Romancero de la Vía Dolorosa

- XIII Estación -

 

Mi Jesús, tiene sueño,

por el camino

se me durmió tres veces el pobrecillo.

Hijito, duerme.

Duerme que en esta noche

no habrá quien te despierte.

 

De mañanita llorando,

por los caminos del cielo,

salió mi Niño a buscar

su rebaño de corderos.

Todos andaban perdidos

entre los barrancos negros...

En un bosque de alaridos

y brazos en alto tensos,

entró mi Niño temblando

de soledad y de miedo.

Las flores eran de sangre,

las ramas eran flagelos,

las maldiciones volaban

como pájaros al viento.

 

¡Era tan largo el camino,

estaba el aire tan negro,

que mi Niño se cayó

tres veces en el sendero;

y cuando a los ojos de agua

se acercó a beber sediento

le dieron a beber mirra

aquellos crueles veneros!


Por fin se subió mi Niño

sobre las ramas de un cedro

por ver si de las alturas

divisaba sus corderos.

Su séptuple canto triste

rodó por el universo.

Como un gorrioncito herido

-todo púrpura su pecho-

quedó dormido mi Niño

sobre las ramas del cedro;

las nubes le acariciaban

con devoción los cabellos.

 

Dormidito lo encontraron

en el camino del cielo,

y dormidito, a mis brazos,

de noche me lo trajeron.

Tiene en sus pies dos claveles,

en sus manos dos luceros

y en su Corazón un sol

tres veces santo y abierto.

Hijito, que entre mis brazos

yaces cansado y deshecho,

duérmete sin ansiedades

por tus perdidos corderos.

 

En esta noche de luna

los has juntado en el cielo;

por la inmensidad azul

vagan cándidos paciendo

entre rosas inmortales

y remansos de luceros.

Innumerables y puros

como los copos de invierno,

de todos los horizontes

ascienden al firmamento.

Cuando la luz te despierte

ya sin dolor y sin sueño,

¡oh cómo habrás de alegrarte

por tus hallados corderos!

 

Hijito, que entre mis brazos

Yaces desnudo y deshecho,

sigue durmiendo en la cuna

de mi amor y de mis besos.

Estos besos son los últimos

pero mi amor es eterno.

Sigue durmiendo en mis brazos,

aunque sabes que tu sueño

es espada de dos filos

que me traspasa por dentro...

Duerme que, para velarte,

está mi dolor despierto.

 

Mi Jesús tiene sueño,

por el camino

se me durmió tres veces el pobrecillo.

Hijito duerme,

duerme que en la alborada

vendrá la luz divina

que te despierte.

 

(Fray Asinello)