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Libremente entregó su vida PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Josep Roca   
Lunes 10 de Abril de 2017 13:43

Cristo, imagen perfecta del Padre

En relación con otras celebraciones del Año litúrgico, el Viernes Santo se distingue por la sobriedad, los espacios más intensos de silencio y por no ser una celebración de la Eucaristía. Por esto es preciso que cada comunidad la prepare cuidadosamente para no improvisar sobre la marcha.

En la mayoría de las comunidades también habrá otras celebraciones, como el Vía Crucis. Las hemos de potenciar, dedicando siempre, sin embargo, las mejores energías de tiempo y preparación a la celebración litúrgica.

 

La liturgia de la Palabra

La religiosidad popular ha hecho llegar hasta nosotros la carga de compasión que se siente ante la pasión y muerte de Jesús. Es un hecho que hay que valorar y tener en cuenta de cara a la misión de la Iglesia de ser evangelizadora. Por esto quizás hay que ayudar a superar la manera de entender la existencia de Jesús como la de aquel que vino al mundo con la única misión de morir en la cruz, porque ésta era la manera que había escogido Dios para pagarle la deuda contraída por la humanidad. Con el riesgo de olvidar el valor de la encarnación y de la vida plenamente humana de Jesús.

Las dos primeras lecturas del Viernes Santo invitan a saber contemplar a Jesús como plenamente solidario con toda la humanidad. Y, de manera especial, compartiendo nuestros fracasos. Casi podríamos decir que aparece como un fracasado y maltratado más de nuestro mundo. Por otro lado, ante el sufrimiento y la muerte, sentía el mismo rechazo natural que sentimos nosotros. ¿Qué hay de nuevo y diferente en Jesús? Su relación única con el Padre. Jesús, como Hijo, había hecho el camino de experimentar en todo momento el amor y la presencia del Padre en la propia vida, que son infinitamente más fuertes que toda la capacidad humana de hacer el mal y de generar sufrimiento. La humanidad se salva cuando acepta vivir estas actitudes.

 

La Pasión según San Juan

La narración de la Pasión que hace el evangelista Juan no es neutra, sino cargada de elementos que ayudan a descubrir -como ha hecho a lo largo del Evangelio- la identidad de Jesús y el sentido de su existencia y de la nuestra.

A Jesús no le quitan la vida. Él la da libremente. Es lo que siempre ha hecho, darse gratuitamente al servicio de todos, porque esta es la mejor manera de realizarse como persona y de ser imagen perfecta del Padre. Por esto Jesús puede decir con toda razón: "Yo soy", y juzgar con sus palabras y silencios llenos de dignidad a aquellos que lo condenan y maltratan.

Jesús muere como Rey ("Rey de los judíos), como persona humana modelo de la humanidad según el proyecto de Dios ("Aquí tienen a su rey") y como testigo fiel de la verdad.

"¿De dónde eres tú?", le pregunta Pilato. Nosotros sí sabemos quién es y de dónde viene Jesús. Lo acogemos como Hijo de Dios, como modelo de persona humana hermana de todos, y especialmente cercana a todos los excluidos de la sociedad. Queremos acogerlo y convertirnos en sus seguidores, como el "discípulo que tanto quería" y que recibe a "la madre" en su casa para aprender las mismas actitudes de Jesús.

Estamos invitados a compartir con Jesús la misma sed ("Tengo sed". "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia"). Sed de que el Espíritu pueda habitar en el corazón de cada persona. Que cada ser humano sea el tesoro más preciado de nuestro mundo. Sed de que Dios sea aceptado como Padre y de que sepamos tratar a todos como hermanos.

 

Vida del creyente

Y porque compartimos con Jesús esta sed, diremos la oración universal. Abriendo el corazón de la Iglesia a todas las necesidades del mundo. Hacemos el propósito de no caer en la idolatría de decir: "No tenemos más rey que el César". El César de hoy puede ser el deseo de enriquecimiento fácil., de buscar el poder a cualquier precio, cerrar los ojos al sufrimiento del mundo, o dejar a tantos hermanos nuestros al margen de una vida digna.

Y veneramos la cruz uniéndonos y agradeciendo el camino hecho por Jesús durante toda su existencia. Con el propósito de aliviar tantas cruces que han sido cargadas y aún se cargan a tantos hermanos nuestros. Y comulgaremos conscientes de que, sólo con nuestras fuerzas no iremos demasiado lejos en el camino del Evangelio.

 

El Viernes Santo, Jesús murió de forma violenta, al igual que muchos hombres, y, sin embargo, su muerte también fue diferente:

- Él no cometió crímenes ni pecados.

- Entregó libremente su vida por los pecados de los demás.

- Perdonó a sus verdugos, porque en realidad ellos no sabían lo que estaban haciendo.

La muerte de Jesús en la cruz pone de manifiesto la violencia del corazón humano, que es fruto del pecado.

Es redentora, porque Jesús toma sobre él todos los pecados de la humanidad presente, pasada y futura y los reduce a la nada, de una vez y para siempre, por amor. Como dijo el P. Raniero Cantalamessa: "¡Dios hace justicia, siendo misericordioso! Ésta es la gran revelación".


-Fuente: Actualidad Litúrgica n. 255