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23 Jun
Las dos caras de la cruz PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Paco Pérez   
Lunes 10 de Abril de 2017 12:53

Por qué soy católico

Así como decimos que la cruz nos permite medir o apreciar la magnitud del pecado del hombre, también nos permite medir o apreciar el tamaño del amor de Dios manifestado en Cristo...


Pregunta: ¿Por qué los católicos adoran la cruz siendo que se trata de un instrumento de tortura y de muerte? Y no sólo eso, sino que se usó para matar a Jesús, a quien dicen aceptar como rey y señor. ¿Cómo se explica ese despropósito? Yo soy cristiano y me parece una burla diabólica venerar el lugar de tormento de Cristo.

 

Respuesta: La cruz es como una moneda que presenta dos caras. Al mismo tiempo que consta de dos maderos que se sobreponen en sentidos opuestos, representa y evoca dos realidades que no pueden ser olvidadas a menos que caigamos en la ingenuidad, por una parte, y en la ingratitud por otra. La cruz, el objeto que veneramos, tiene el propósito de recordarnos constantemente estas dos realidades.

La cruz es un instrumento de muerte, ciertamente, pero para los cristianos ha venido a ser como un instrumento de medición: una vara de medir. ¿Qué medimos con ella?

En primer lugar, la cruz nos permite medir o apreciar qué tan enorme puede llegar a ser la crueldad de los seres humanos. Es un instrumento de tortura y de muerte en una modalidad muy refinada. No sólo busca la muerte sino el sufrimiento, y se complace en él. Cuando pienso en esa capacidad que tenemos de provocar daño a otro ser, llegando incluso a regocijarnos con el dolor ajeno, siento un verdadero estremecimiento. Me parece una capacidad diabólica.

La cruz nos recuerda la perversidad y nos advierte qué tan enorme puede ésta ser y qué tan extendida se encuentra. Dentro de los personajes que nos presenta la historia los que más admiración producen han sido asesinos despiadados sedientos de sangre y de poder: Darío, Alejandro, Aníbal, César, Atila, Gengis Kan, Napoleón, Hitler, Stalin... Sus víctimas se cuentan por millones y entre los inventos macabros que ha producido la imaginación de los hombres, la cruz encuentra un lugar destacado.

Cierto que si nos propusiéramos rendir tributo a la maldad humana, la cruz sería el símbolo más apropiado y natural, y no sólo el mal producido por aquellos hombres que mencionamos como los más "sobresalientes" de la historia. En la contemplación de la cruz hemos de encararnos con la profundidad de nuestro propio pecado; éste es un aspecto que no debemos eludir.

Pero hay otro aspecto que se mide con la cruz. Siendo como es un instrumento de muerte y tortura, por uno de esos inescrutables designios de Dios, la cruz ha pasado a ser el instrumento de la redención.

Así como decimos que la cruz nos permite medir o apreciar la magnitud del pecado del hombre, también nos permite medir o apreciar el tamaño del amor de Dios manifestado en Cristo "quien, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz" (Fil 2,5-8).

Todo esto se hizo por nuestra salvación. La cruz se convirtió en el lugar de encuentro de la miseria del hombre y de la misericordia de Dios. En la Biblia, sobre todo en las cartas de San Pablo, podemos profundizar en ese doble misterio de iniquidad y amor. El Apóstol no desdeña hablar con todo detalle de la degradación del hombre y, si está descrita en palabras, ¿por qué va a ofendernos verlas representadas de bulto en la cruz? Abunda luego en la misericordia de Dios, que se manifiesta en este mismo madero de tormento.

La cruz es un resumen estupendo de esas dos realidades contrastantes. Me atrevería a decir que la cruz es una Biblia en pequeño. Menospreciar su mensaje pudiera ser temerario, "porque el mensaje de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que nos salvaremos es fuerza de Dios." (1Cor 1,18).

Es sobre todo por este segundo aspecto de la cruz, que nos recuerda el grande amor de Dios, que se ha convertido en un símbolo tan apreciado por los cristianos. Si Cristo la escogió por nuestro bien, ¿cómo podríamos nosotros despreciarla?

"En cuanto a mí -escribe San Pablo a los gálatas-, ¡Dios me libre de gloriarme si no en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!" (6,14).

Árbol santo, cruz excelsa,

tu dureza ablanda ya,

que tus ramas se dobleguen

al morir el Redentor

y en tu tronco suavizado,

lo sostengas con piedad.

 

(Himno)

 

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