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29 May
La Unción del sacerdote PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por S.S. Francisco   
Viernes 07 de Abril de 2017 17:17

Homilía Misa Crismal 

-Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

Las Lecturas hablan de los "Ungidos": el siervo de Yahvé, David y Jesús. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, los cautivos, los oprimidos. Una imagen muy bella de este "ser para" del santo crisma es la del Salmo 133, 2: "Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento". La imagen del óleo derramado, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

 

-La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre el ónix del hombro derecho y seis sobre el del hombro izquierdo. También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (Cf. Ex 28,6-14.21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y mártires que en este tiempo son tantos.

 

-De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos a la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona, se derrama y alcanza "las periferias". El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, cautivos, enfermos, para los tristes y solos. La unción no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni para guardarla en un frasco, pues se pondría rancio el aceite y amargo el corazón.

 

-Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo. Cuando la gente anda ungida con óleo de alegría se nota: sale de misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, "las periferias" donde el pueblo fiel está más expuesto a los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, angustias y esperanzas. Cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quiere que le llegue al Señor: "Rece por mí, padre", "Bendígame, padre", son señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica del Pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y su Pueblo y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres.

 

-Siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición -a veces inoportunas... incluso banales, pero sólo en apariencia- el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque saben que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la mujer hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, en medio de la gente, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente, con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece para los ojos llenos de fe de la mujer.

Los mismos discípulos, futuros sacerdotes... no comprenden: sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados. El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.

 

-Hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y eficacia redentora, donde hay sufrimiento. No es en auto-experiencias que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro lleva a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos, a dar el Evangelio.

El sacerdote que unge poco -no digo "nada" porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción- se pierde lo mejor de nuestro pueblo. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo en intermediario, en gestor. Conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor "ya tienen su paga", y puesto que no ponen en juego la piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso. De aquí proviene la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o de novedades, en vez de pastores con "olor a oveja" -les pido, sed pastores con "olor a oveja"-.

 

-Es verdad que la "crisis de identidad sacerdotal" amenaza a todos; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción -no la función- y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de quien nos hemos fiado: Jesús.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con afecto y oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, de manera que la unción llegue a todos, donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

Jueves Santo 2013

-Resumen: CAM