Breaking News:
RSS
Tools
NOTIDIÓCESIS
29 May
Cómplices de la sentencia PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por P. Luis Martín Barraza Beltrán   
Viernes 07 de Abril de 2017 16:55

Comentario al Evangelio del Domingo de Ramos (Mt 26,14-27,66)

Jesucristo entra en son de paz a Jerusalén, montado en un burrito, haciéndonos con esto recordar la tercera bienaventuranza: "Dichosos los mansos y humildes de corazón porque heredarán la tierra" (Mt 5,5). Esto contrasta con la brutalidad con que será tratado en esta ciudad, como si se tratara de un malhechor.

No hay nada de peligroso en su persona, no viene armado, no profiere insultos: "No gritará, no levantará la voz, no hará oír su voz en las calles, no acabará de romper la caña resquebrajada, ni apagará la mecha que aún humea..." (Is 42,2-3). Quizá su único pecado es evocar en la mente de los dirigentes la entrada de los reyes a algún pueblo, o la de algún profeta que, en nombre de Dios, va a comunicar algo incómodo a la ciudad. Sin embargo, todo mal pensamiento queda tranquilizado por el animal de yugo en que va montado Jesús. En todo caso ese nerviosismo es problema de visión, es una lectura desde el poder. Les sucedió lo que a Herodes en el nacimiento de Jesús, sintieron amenazados sus intereses. Se trata de la paranoia propia de los jefes de este mundo.

Ciertamente hay por ahí unos intentos de entronización, que podrían justificar la preocupación de las autoridades. San Lucas sí hace mención de este temor de los fariseos: "'Maestro, reprende a tus seguidores'. Pero Jesús les contestó: 'Les digo que si estos se callan, las piedras gritarán'" (Lc 19,40). Todo esto resulta una buena imagen de toda la misión de Jesús, que entra a este mundo en la humildad de nuestra carne y en total anonimato. Quiso ser pobre (2Cor 8,9). Nació como un pobre (Lc 2,7). Fue despreciado como un pobre (Mt 13,55). Se comportó como un pobre (Lc 22,27; Mt 20,28).

En la humildad de su existencia, Jesucristo encarnó la sabiduría de Dios. Sabiduría "que no han entendido los gobernantes del mundo presente, pues si lo hubieran entendido no habrían crucificado al Señor de la vida" (1Cor 2,8). Jesucristo sólo vino a sanar, a perdonar, a anunciar la buena nueva de la salvación y el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19).

Qué mal se verá el pueblo tan amado de Jesús (Lc 19,41), y en adelante toda la humanidad, cada vez que despliega toda la maquinaria del poder civil y religioso contra la mansedumbre de Jesús. Es un buen retrato de lo que sucede en este mundo y que es la causa de muchos de sus males: se hace alarde de poder frente a los más débiles y nos hacemos cómplices del crimen de los poderosos: "En vez de pedir la libertad de aquel que era santo y justo, ustedes pidieron que se soltara a un criminal" (Hech 3,14).

Todos quedamos en evidencia frente a la mansedumbre de Jesús. Aparentemente el mundo lo juzgó y lo sentenció a muerte, pero en realidad, el mundo quedó sentenciado (Jn 16,8). Lo aclamamos con mucho fervor en el Domingo de Ramos de la fe, en nuestras celebraciones festivas, pero lo traicionamos y lo negamos en el Viernes Santo de la vida cotidiana. ¡"Ya llega el mensajero de la alianza que ustedes desean!" (Mal 3,1).