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27 Apr
¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por P. Fernando Legarreta Huerta   
Viernes 07 de Abril de 2017 16:22

Rincón del Director

Hemos llegado al tiempo más importante del Año Litúrgico en cuanto a que constituye el centro de la fe cristiana: la celebración de los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

El Domingo de Ramos abre la Semana Santa, unos días que han de ser recorridos en la íntima y personal compañía de Cristo camino del Calvario, el lugar donde entregó totalmente su vida por amor a la humanidad, por la salvación de todos los hombres y de cada uno. Se trata de un tiempo privilegiado para la oración, así como para la participación activa, piadosa, consciente y fructuosa de cada celebración que la Liturgia nos ofrece.

Hermanos, es cierto que en esta semana y la que le sigue muchos hacen un alto en las actividades laborales, quizá sólo unos cuantos días de acuerdo a las disposiciones de los centros de trabajo. En el caso de la vida estudiantil, se abandonan las aulas todo este tiempo. Para los jóvenes católicos sin embargo no significa que, porque no van a la escuela, estén vacacionando sin sentido.

Hay que reconocer que muchas familias aprovechan la oportunidad para irse de vacaciones. Aún así, para quienes sí desean adentrarse con plena conciencia, fe y devoción a la celebración de los grandes misterios, los invito a que con tiempo y dedicación estén atentos a cada uno de los oficios litúrgicos y se integren a las comunidades parroquiales ahí donde vacacionen.

Es muy hermoso, iluminados por la Palabra de Dios, dar los frutos que anhelantes esperamos, resucitar gozosamente con Cristo. Por lo pronto, ahora acompañémoslo recorriendo el camino hacia el Calvario, cargando con nuestra propia cruz de cada día.

Jesús, desde la cruz, clamó al Padre: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?". Pertenece este grito a un salmo titulado "Oración de un justo que sufre", el cual describe precisamente los sufrimientos por lo que atraviesa un hombre inocente. La exclamación llena de dolor de Jesús, al mismo tiempo es un magnífico acto de confianza en Dios, por saber con certeza que Él lo librará de todas sus angustias.

Yo los invito, hermanos, a que vivamos con intensidad estos días de fe y de meditación acompañando a Cristo en el último momento de su vida.

Que la celebración de los misterios de la fe cristiana aliente nuestra vida y nos conceda el don de la verdadera conversión.

¡Dios está con nosotros!

 

P. Fernando