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27 Apr
"Yo fui amigo del P. Maldonado" PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Karen Assmar Durán   
Lunes 27 de Febrero de 2017 18:10

Entrevista con don Gilberto Ortega

Poseedor de unas envidiables memoria y fortaleza, a sus 95 años de edad don Gilberto Ortega Ortega puede compartir -y presumir, por qué no-, con lujo de detalles, sobre el tiempo que convivió con el santo mártir chihuahuense, de quien orgulloso puede decir: "Yo fui amigo del Padre Maldonado".

Nacido en Santa Isabel el 25 de agosto de 1921, don Gilberto señala que quien le bautizó fue otro sacerdote, "un padre Cabrera que decía mi madre. Pero yo conviví con el padre Maldonado unos años; lo recuerdo desde que tenía trece años, la misma edad que cuando conocí Chihuahua".

Tampoco hizo su Primera Comunión con el santo, pero sí se confesó con él en varias, bueno, en bastantes ocasiones: "Mi mamá quería que me confesara todos los días porque era muy vago. Había una maestra en la escuela que era muy mala, era comunista; se llamaba Gertrudis. Nos cantaba una canción:

Indio no te dejes,

no vayas a Misa

y verás que pronto

te pones camisa'

Yo era medio bueno pa' componer, y le cantaba a la maestra:

'Indio no te dejes

no pagues la contribución

y verás que pronto

te pones pantalón... 

y que me agarraba la maestra, mandaba el papelito a la casa y en lugar de apoyarme a mí, apoyaban a la maestra, que por qué era tan abusón. Y ahí voy a confesarme".

Recuerda que convivió "mucho con el padre Maldonado porque llevaba seminaristas de Chihuahua a casa de mis padres, en Santa Ana, a un kilómetro de Santa Isabel. En mi casa había un oratorio dedicado al Sagrado Corazón de Jesús porque mi padre era muy devoto, y el padre Maldonado visitaba mucho mi casa. Pero no nomás era de mi casa sino de todo el pueblo".

Posteriormente el jovencito Gilberto ingresaría a la Adoración Nocturna, estimulado por el ejemplo de devoción al Sagrario del P. Maldonado.

Afirma: "Todo el pueblo lo quería mucho, era muy carismático; incluso las autoridades judiciales que había ahí no lo persiguieron. Había un señor que se llamaba Francisco Ponce que era cordada [judicial] y las hijas muy católicas; cuando se daba cuenta que lo andaban buscando, les decía: 'Van a venir por el P. Maldonado, hijas, ¡escóndanlo!'".

Calificándoles de anti-católicos, don Gilberto recuerda muy bien a los verdugos del sacerdote: "El que lo golpeó mucho se llamaba Andrés Rivera; había también un Raúl Mendiolea y era presidente municipal un tal Antonio Salcido. Cuando estaban los cultos suprimidos nos íbamos a los oficios de la Adoración Nocturna a los llanos y a los cerros en la noche, porque el padre estaba escondido. Nomás que él era, tocaba que así fuera, un poquito caprichudito, no les tenía miedo, ¡el padre nunca se asustó!".

Debido a la persecución los templos estaban cerrados, pero Pedro Maldonado continuó celebrando Misa, ya no en la iglesia sino "en una bodega de casa de unas tías mías, primas hermanas de mi mamá; se llamaban Jesusita, Nicolasa, Francisca y Eulolia Loya Ortega, eran muy católicas y ahí en su casa nos daban el catecismo del P. Ripaldi [sic]".

Gilberto, cuando tenía 13 años. Desde esa edad son recuerdos del Padre Maldonado.

Fue precisamente en casa de sus tías que lo aprehendieron, lugar donde se edificó un templo a él dedicado en Boquilla del Río, desde donde se lo llevaron descalzo y a punta de golpes hasta la presidencia municipal de Santa Isabel. "Cuando lo agarraron no había nadie a esa hora; si nomás hubiera habido gente allí, tenga la seguridad de que habría habido guerra. Pero los que lo persiguieron estuvieron procurando que no hubiera gente para agarrarlo. Yo trabajaba en la labor con mi papá; no me acuerdo qué andaba haciendo pero cuando supimos, todo el pueblo nos sorprendimos; pero ya qué podíamos hacer, se lo habían traído para acá [a Chihuahua capital]. Lo golpearon el día 10 de febrero de 1937. Se lo trajeron a Chihuahua y ahí en el Hospital Central murió el día 11, a consecuencia de los golpes".

Y aunque no pudo viajar para llegar al sepelio, puesto que a caballo se hacían tres días, "después vinimos a visitarlo a la tumba en el Panteón de Dolores. Ahí había muchos milagros colgados, llevaban ramos de flores que duraban hasta 8-10 días y no se marchitaban. Hubo muchos testimonios para que después, con el transcurso del tiempo, lo elevaran al honor de los altares".

En los escalones de madera de la presidencia municipal por mucho tiempo brotó una mancha que raspaban y volvía salir; decían que era de la sangre del P. Maldonado. Platica que cuando los quitaron, "muchas personas se llevaron pedacitos de tabla donde salía la manchita".

A Santa Isabel llegaría, mucho tiempo después, otro sacerdote: Manuel Raigoza López. "¿Sabe qué hizo?", me pregunta. "Acarreó a los  individuos: al Andrés Rivera, que estaba amancebado con una Carlota, vivían en la Estación de Santa Isabel, los casó; perdonó a los asesinos y los convirtió".

De su vida, don Gilberto comparte que en mayo del mismo 1937 murió su padre, don Eduardo Ortega, y al año siguiente su madre, doña Josefa Ortega. Él, siendo el mayor de sus tres hermanos, se hizo cargo de ellos: Aurea, Gildardo y José, así como de las tierras y los trabajadores. Cuando tenía 19 años de edad marchó a Namiquipa con su familia; ahí conoció a quien por 66 años fue su amada esposa: Elisa, fallecida en 2015 y con quien procreó siete hijos que le han dado 16 nietos y 5 bisnietos.

"A mis hijos les he contado la historia que le cuento a usted. Cuando lo hicieron santo, me hice devoto de él, lo que le pido me concede". Por ello, no duda en animar: "Sean devotos de él. Toda la gente sabe que es el santo de Chihuahua, el único".