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25 Jun
Dichosos los pobres de espíritu PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por P. Fernando Legarreta Huerta   
Viernes 27 de Enero de 2017 15:05

Rincón del Director

La felicidad, mis hermanos, no la concede el cúmulo de bienes materiales que posea el hombre. Dios pone a nuestra disposición los bienes materiales y temporales con la finalidad de ayudarnos a crecer, a desarrollarnos, e incluso a cuidar de ellos y hacerlos fructificar para el bien común. Pero muchas de las veces el ser humano no lo comprende de esta manera, sino que hace mal uso de los bienes y se excede en ellos en variadas formas.

Este domingo IV del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos introduce al encuentro con el supremo Bien, es decir, Cristo Jesús, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, asumió la naturaleza humana y así puede comprendernos en todo. Él mismo nos enseña cómo valorar y cómo relacionarnos con los dones que recibimos de lo alto y, en este contexto proclama las bienaventuranzas. La primera de ellas: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Se trata de vivir en total confianza en el Señor, de abandono y de obediencia suma a sus preceptos divinos.

Paradójicamente la felicidad que proclama el Evangelio es contraria a lo que el mundo cree que puede obtener el hombre. Frente a lo efímero, placentero, pasajero, cómodo, reconfortante, ambicioso y de mucho deleite, signos claros de "felicidad" que el mundo da, Jesucristo nos ofrece la verdadera y auténtica felicidad que sólo Dios puede conceder.

Él mismo declara: "El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame". Estas actitudes propias del seguimiento fiel al Evangelio, habla de aquel corazón que está dispuesto a entregarlo todo sin medida, a donarlo todo y a dejarse convertir por el Amor a Dios. Dicho en otras palabras, se hace pobre de espíritu -sin apego desordenado a ningún bien temporal por legítimo que sea- sabiendo que Dios exalta a los humildes y destrona a los potentados.

Por tanto, en el sacrificio, en el servicio a favor de los demás, en la entrega que hagamos de nuestra vida cada día, en el conocimiento de Dios y en el esfuerzo por mantenernos en su gracia, es ahí donde residirá la verdadera felicidad.

Frente al reino de los cielos, no hay ninguna riqueza comparable.

Busquemos nuestro único tesoro: "Señor Dios, que me falte todo, menos Tú, en ti confío".

Dios está con nosotros.

 

P. Fer