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27 Apr
Presentemos nuestro regalo al Rey PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por P. Fernando Legarreta Huerta   
Lunes 23 de Enero de 2017 14:46

Rincón del Director

En el marco de la Navidad, hoy celebramos la Solemnidad de la Epifanía, que quiere decir "manifestación" del Señor Jesús ante todos los pueblos de la tierra.

Deseo compartirles cada signo que representa esta celebración.

En primer lugar, es una fiesta con sentido universal, puesto que los magos provenientes de Oriente, representan a los pueblos de la tierra.

La descripción de "mago", de acuerdo al texto del evangelio de Mateo 2, 1-12, no se refiere a los que comúnmente imaginamos, aquellos que hacen aparecer o desaparecer cosas mediante la magia. En el caso de estos hombres, "mago" es el nombre que persas y caldeos daban a los doctos que cultivaban las ciencias, especialmente la astronomía. El Rey recién nacido es, a los ojos de los magos, un rey universal, tal como lo daban a conocer los divinos oráculos de la Biblia que se habían venido esparciendo por el mundo de entonces (según lo narra Je. 23, 5).

Estos hombres ofrecen al Niño tres regalos, oro, incienso y mirra. El oro representa su dignidad de rey, pues como tal le reconocen. Recordemos el pasaje donde Pilato interroga a Jesús antes de ser sentenciado a muerte: "¿Con que tú eres rey?", a lo que Jesús responde: "Tú lo has dicho. Pero mi reino no es de este mundo" (Jn. 18,33). Por su parte Santo Tomás, citando a San Juan Crisóstomo, comenta que "si los magos hubieran venido en busca de un rey terrenal, hubieran quedado confusos, por haber acometido sin causa, el trabajo de un camino tan largo".

Le presentan también el incienso, que hace referencia a la divinidad. Verdadero Dios, tal y como lo proclamamos en la profesión de fe. Los Magos "veían a un hombre, pero reconocían a Dios". No se escandalizan de su pequeñez, de su pobreza, de su debilidad; adoraron al Niño que sabían era Dios.

Finalmente le entregan mirra. Verdadero hombre, mortal como todo hombre. La mirra antiguamente se empleaba para embalsamar a los cadáveres. San Agustín comenta: "Jesús había de morir para la salvación de todos". Se trata del signo de la humanidad del Señor que no dudó en compartir con nosotros, humildemente, hasta la muerte.

Hoy no tenemos oro, incienso ni mirra, la pregunta es, ¿Qué estás dispuesto a entregarle? El regalo más grande es nuestro corazón, la vida entera. Llenemos nuestros tres cofres y ofrezcámosle la misma sabiduría que de Él hemos recibido, mediante una vida virtuosa de oración y la mortificación de nuestra carne.

Dios está con nosotros.

 

P. Fer