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San José, modelo de fe y confianza absoluta en Dios

Mensaje del Sr. Arzobispo en el Año de San José

 

El Papa Francisco ha dedicado este año 2021 a San José. En esta oportunidad, quiero compartir con Ustedes este mensaje sobre San José,  con la intención de que sea una ayuda para rendirle tributo y nos sirva en el caminar de fe. 

Las lecciones que nos da San José son claras. Es un hombre de fe, abierto y dócil a los mensajes de Dios, que le llegan de modo misterioso, porque él es una persona sensible a Dios en su intimidad, tal como describe el Salmo 1 al hombre bienaventurado: “Feliz el hombre que pone su alegría en la ley del Señor, meditándola día y noche. Es como un árbol plantado junto al río: da fruto a su tiempo y sus hojas no se marchitan; todo lo que hace le sale bien” (Sal.1, 2-3); él es el hombre justo y bueno que, como Abraham, cree en Dios y mantiene en todo momento la esperanza.

San José nos enseña a cumplir la misión que Dios nos encomienda a cada uno. Para él fue la de ser el custodio de Jesús y María. San Juan Pablo II nos dice en el documento El Custodio del Redentor: “Le confiaste los primeros misterios de la salvación”. San José viene a ser el administrador fiel y solícito en la familia de Dios.

Fue así mismo el eslabón que unió jurídicamente a Jesús con la descendencia de David y así pudo Jesús reivindicar el título mesiánico de “Hijo de Dios”, anunciado por la Escritura. Esta función de San José es especialmente puesta de relieve por la doble genealogía de Jesús, que nos dejaron los Evangelios, una en San Mateo (4,1-16) y la otra en San Lucas (3,23-38). Ellas no pretenden presentar un registro histórico completo de ascendencia, sino que las dos quieren probar lo esencial para la vocación de San José: que era “hijo de David” y “el esposo legal de María, de la cual nació Jesús” (Mt 1,16).

La gran bendición, prometida en la antigua alianza a David y a su descendencia (2Sam. 7,12), se realiza en este obrero de Nazaret que transmitió a Jesús el derecho a la herencia de David y que, por ley, le impuso el nombre al Niño nacido de María.

La Sagrada Escritura nos cuenta pocas escenas de la vida de José y María, y de la convivencia de ambos con el Niño Dios; pero nos dice lo más importante de San José: que ante los ojos de Dios era hombre justo y santo.

Dios exige a José una fe como la de Abraham, la fe en el milagro, que obliga a José a superar sus propios criterios. La manifestación del Ángel: “Lo concebido en Ella viene del Espíritu Santo” (Mt 1, 20), significaba para José la aceptación y transformación de su vida humana en ofrenda permanente a Dios.

Por gracias muy especiales vemos cómo en el curso de los acontecimientos siguientes, José presta siempre una obediencia a la fe, inmediata e incondicional, que se levanta contra toda clase de obstáculos, una obediencia silenciosa y humilde, que convierte a este hombre en uno de los santos más grandes del Nuevo Testamento.

Durante los años que vivió en Nazaret, José introdujo al Niño Jesús en las costumbres civiles y religiosas de su tiempo. En su crecimiento humano, Jesús aprendió de José el rezo diario en el hogar y el rezo comunitario en la sinagoga de Nazaret. Recordemos que Jesús, María y José, las personas más sagradas de la tierra, alababan a Dios con los mismos textos sagrados de los Salmos que nosotros.

El Evangelio nos narra que Jesús, acompañado por José y María, va por primera vez al Templo de Jerusalén, como todos los muchachos al cumplir los doce años, y allí se pierde voluntariamente, y ocasiona unas horas de aflicción a sus padres: “Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia” (Lc 2,48). José, al igual que su Esposa, experimentan el dolor de tantas familias por sus hijos y no entienden su respuesta: “¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49). La fidelidad de esta admirable pareja de buenos judíos no se basa en revelaciones continuas, sino en su fe, y tiene el mérito de superar desde la confianza en Dios las dudas y las penumbras de la vida de cada día.

Jesús aprendió de José, pero también José aprendía cada vez más de Jesús. José experimentó en su vida lo mismo que decía Juan el Bautista: “Es necesario que Él crezca y que yo venga a menos” (Jn 3, 30).

Contemplamos que la grandeza de este hombre, San José, estaba precisamente en su libre cooperación a la misión especial que Dios le había confiado, como hombre normal, en la edad normal de un obrero judío que se prepara para llevar una digna existencia humana.

El Evangelio nos presenta a San José como figura fundamental en el proyecto de amor del Padre, con un papel de “signo” privilegiado de la paternidad de Dios. Reconocemos en él cómo Dios escoge para su obra a las personas adecuadas en los momentos adecuados. Modelo de fe y confianza absoluta en Dios, colabora para que se cumpla la promesa de descendencia salvadora en Cristo Jesús, aunque no siempre entienda los caminos de Dios. Él sólo es un hombre de fe; su fe se transforma en fidelidad a lo largo de su vida.

Todos nosotros tenemos una misión que cumplir, en nuestra familia, en la Parroquia, en el Seminario, en nuestro trabajo, en nuestro ambiente social: además de ser buenas personas, que saben ayudar a los demás y hacerlos felices, se nos pide que colaboremos a que la Buena Noticia de Jesús alcance a todos. 

Que este año dedicado a la memoria de San José nos ayude a valorar en nuestra vida sus virtudes, y que ellas nos sirvan de modelo para nuestro caminar; la fe y la confianza absoluta en Dios serán la mejor enseñanza para seguir de cerca a Jesús. 

 

+Constancio Miranda Weckmann, Arzobispo de Chihuahua.

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