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San José en los Evangelios

Se levantó José

Por: Cristina Alba Michel.

1. En los Evangelios, San José no pronuncia una sola palabra, lo cual no impide que podamos realizar una semblanza suya. Y aunque mucho de lo que se diga por diversos autores sean intuiciones, eso no les quita verdad, siempre que dichas intuiciones se apoyen en el contexto geográfico, histórico, cultural y religioso en el cual vivió. Además, existe información más que abundante sobre Jesús, lo que se decía de Él, lo que se creía de Él, lo que hacía y cómo lo hacía, sus dichos, cómo se acercaba a la gente, a cada persona. También tenemos la información necesaria sobre María y podemos entender, a través de ambos, quién fue José de Nazaret: no iba a confiarle, el Altísimo, tamaña misión a cualquiera.

 

2. Si de José se dice que es “el santo del silencio”, no significa que no tuviera palabra ni decisión. Más aún, callando es el protagonista en los Evangelios de la Infancia. Cierto que aparece siempre al fondo, pero siempre atento, siempre dispuesto para servir, al lado de María y en función de Cristo y del cumplimiento de la voluntad de Dios.

 

3. José probablemente era joven, aun cuando se ha dicho mucho tiempo que era un anciano. Según una de las disposiciones canónicas que los judíos tenían sobre el matrimonio, los varones se entregaban a él a los 21 años. Un anciano no habría soportado los caprichos del César, los sustos de Herodes ni la huida a Egipto. No hubiese podido ser “padre nutricio” de Jesús sin la fuerza para sostener a Jesús, educarlo, ser compañero y apoyo para su joven esposa; mucho menos para cargar, pulir y trabajar los maderos de cada día, para ganarse el pan de cada día, para enseñar a Jesús su oficio. ¡No puedo imaginar a un abuelito José buscando a Jesús por el camino a Jerusalén o en la ciudad misma, cuando aquel, a los 12 años, se les perdió para quedarse en el Templo!

 

4. Sobre todo, José era justo. Es decir, santo, cortado con el molde de las virtudes cristianas. Esto significa que ejercitó las virtudes heroicas, fe sólida, esperanza alegre, voluntad firme, caridad ardiente y disposición para escuchar la voz de Dios, así, era un hombre de espiritualidad profunda, de discernimiento y decisión, pronto para cumplir la voluntad divina, mas no un autómata sin criterio, sin opinión, sin capacidad ni fuerza para actuar en el momento necesario tal como se esperaba de él. Una vez enterado del tesoro que tenía a su cuidado, supo protegerlo y ser fiel -a Jesús y María- hasta el último aliento de su vida.

 

5. De la tribu de Judá era José, de la casa de David, de linaje real. Pero sobre todo, del linaje de los amigos y confidentes leales del Señor. Su realeza era como la de Cristo, la que confiere el saber amar y servir de manera concreta y oportuna según discernía que el Señor se lo pedía, ya fuera a través del Ángel o a través de la oración.

Siendo descendiente de reyes, como David, Salomón y Ezequías, José no era un hombre con pretensiones de grandeza mundana, y vivía en paz con el Señor en el sencillo poblado de Nazaret, del que decían los contemporáneos: “¿puede salir de ahí algo bueno?”. Padre adoptivo del Hijo de Dios, esposo legítimo de la elegida del Altísimo, no hizo menos la sencillez, antes bien creció junto a ellos en “gracia y sabiduría”, en fe, esperanza y caridad, en la humildad, en el silencio habitado por Dios, y todo esto en medio del trabajo diario, del cumplimiento de aquello de “ganar el pan con el sudor de la frente”. La realeza de José es la del trabajo creador, el trabajo obrero, sencillo, independiente y responsable. Como la realeza bautismal, que se expresa en el servicio creativo ahí donde es necesario. 

 

6. Fue José el hombre fiel que llevaba en su nombre mismo la bendición de Dios. Del hebreo, Yosef significa “añadir”, “el Señor añada… provea”. Esta palabra y esta breve frase formaban parte de las bendiciones litúrgicas de los judíos: “El Señor te bendiga y te añada” bendiciones, hijos, bienes, salud, frutos buenos a tus fatigas, etc. Y en verdad, el Señor le añadió a José, junto con las tribulaciones, bendición tras bendición. ¡Dichoso tú, José, hijo de David, porque el Dios de Israel te consideró digno de añadirte las mayores bendiciones y asociarte a la cruz de Su Hijo, de tu hijo!

 

7. A través del Evangelio aprendemos que en San José se cumplen la Ley, los Profetas y el Mandamiento nuevo del Amor. Descubrimos también, a lo largo del Evangelio, que José plasmó en Jesús su forma de actuar, de trabajar, de observar y agradecer, su trato cercano y gentil, toda una manera de ser que iba más allá de ser un hombre bueno a secas: dejó en Jesús la huella del hombre sencillo, justo, fiel y bienaventurado que era, la del hombre “que escucha la palabra de Dios y la cumple”. Y tan bien lo consiguió que todos creyeron siempre que Jesús era, verdaderamente, hijo suyo.

Todo aquello y más podemos aprender de lo que nos cuentan los cuatro evangelistas sobre San José de manera explícita y, a veces, implícitamente. (Continuará…).

 

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