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Reflexiones de Semana Santa

Por qué soy católico

Por: José L. Fierro.

Por la gracia de Dios se nos concede participar una vez más del tiempo de Cuaresma y Semana Santa. La sagrada liturgia nos permite vivir a plenitud los grandes misterios de nuestra fe en la consumación de la salvación que nuestro Señor Jesucristo obtuvo con su Pasión dolorosa, Muerte y Resurrección.

Hagamos una breve reflexión -ayudándonos con la sagrada liturgia- de lo sucedido desde el Jueves Santo hasta el Domingo de Resurrección.

 

JUEVES SANTO

Cristo instituye el sacramento de la Eucaristía y del Orden sacerdotal. Ya había prometido dar de comer su cuerpo y, en esa noche santa, toma el pan en sus manos y dice: “Esto es mi cuerpo”, lo mismo hace con el vino exclamando: “Esta es mi sangre”; así realiza el misterio de la transustanciación: el pan deja de ser pan y el vino de ser vino por el cambio de sus sustancias. Tan grande milagro solamente Jesús, por ser Dios, podía realizarlo; sin embargo, al ordenarle a sus Apóstoles: “Hagan esto en memoria mía”, se entiende en la palabra “esto” que les da el poder para que ellos también puedan realizar el milagro que los convierte en sacerdotes.

Se ha dicho que a Jesús se le traiciona y se le conoce en la Eucaristía: Judas lo traicionó la noche en que instituyó el sacramento, pero los discípulos de Emaús (Lc. 24,30-31) lo conocieron al partir el pan.

 

VIERNES SANTO

Cristo padece su dolorosa Pasión desde su agonía la noche del jueves cuando suda sangre, luego es azotado cruelmente, coronado de espinas, condenado a muerte y cargado con la cruz.

Camino al Calvario se le confunde con ladrones y le crucifican taladrando sus manos y pies. La Virgen María sufre terriblemente al oír el golpe del martillo y asocia su dolor al de su Hijo amado. La noche del jueves María estuvo en vela, enterada de la traición de Judas y que Jesús había sido llevado preso ante Pilatos; y en el Calvario, al pie de la cruz, con seguridad tenía tiempo de no haber probado alimento, es decir, estaba en ayuno, como nosotros lo estamos cada Viernes Santo. En Ella se cumple la profecía que el justo Simeón le había dicho 33 años antes: “Una espada de dolor traspasará tu alma” (Lc. 2,35).

Siendo las 3 de la tarde, Jesús exclama: “Todo está consumado”, e inclinando la cabeza entregó su espíritu (Jn. 19,30). Su misión de Redentor, prometida a Adán y Eva desde el jardín del Edén (Gén. 3,15), está hecha.

En este día, al adorar la Santa Cruz, la liturgia proclama los “Improperios”, que manifiestan cómo el pueblo de la Antigua Alianza recibió dones de parte de Dios y su respuesta fue opuesta. Algunos manifiestan: “Yo te saqué de Egipto y Tú has preparado una cruz a tu Salvador”… “Yo te abrí camino por el mar y Tú me has abierto el costado con una lanza”.

Los improperios nos deben motivar a recordar que el pueblo judío, como dijo el Papa San Juan Pablo II, son nuestros hermanos mayores en la fe. Cristo rogó a su Padre en el Calvario: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”; pero nosotros los no judíos, cuando pecamos contra Él, lo volvemos a crucificar y podemos ser aun más culpables, porque nosotros sí sabemos quién es Jesús. Este día la Iglesia nos llama a orar por los judíos, el pueblo elegido primero por Dios, para que les conceda progresar en el amor a su Nombre y en la fidelidad a su alianza.

Tengamos presente que al final de los tiempos el pueblo judío reconocerá a Cristo como su Salvador y todo Israel será salvo (Rom. 11,26).

 

SÁBADO SANTO

Meditemos en el sufrimiento de nuestra bendita madre la Virgen María tras depositar el sagrado cuerpo de su amado Hijo Jesús. Este día y siempre, manifestemos en nuestras oraciones un permanente agradecimiento por los dolores y angustias que sufrió en unión con la Pasión dolorosa de su Hijo.

San Bernardino nos dejó dicho que el dolor de la Virgen María fue tan grande, que dividido entre los hombres hubiera bastado para hacerlos morir a todos de arrepentimiento.

 

VIGILIA PASCUAL Y DOMINGO DE RESURRECCIÓN

La liturgia inicia con la bendición del fuego nuevo y se marca el cirio pascual que representa a Cristo, Alfa y Omega, Principio y Fin, Dueño del tiempo y de la eternidad. Le rogamos que su luz de Resucitado disipe las tinieblas de nuestro corazón y espíritu.

Enseguida se proclaman siete lecturas bíblicas que inician con el Génesis, la creación del cielo, la tierra y del hombre. En cada obra de la Creación Dios vio y manifestó que era buena, pero cuando creó al hombre no expresó eso; algunos teólogos señalan que fue porque, al dotarnos de libre albedrío, depende de nosotros ser buenos o malos. Ya lo señala el Eclesiástico: “Delante de ti tienes fuego y agua, escoge lo que quieras, delante de cada uno están la vida y la muerte” (Eclo. 16,17).

Las siete lecturas abarcan -en resumen- toda la Historia de la Salvación, donde no sólo los personajes bíblicos son protagonistas, sino también cada uno de nosotros porque, decía Santo Tomás Moro, al terminar nuestra función y bajar “el telón”, Dios nos juzgará de acuerdo a lo que hicimos durante nuestra vida mortal (2Cor. 5,10).

La hermosa celebración litúrgica de la Vigilia Pascual tiene su culmen con el canto del “Aleluya” y el sonar de las campanas que anuncian la Resurrección de Jesucristo. Los fieles nos felicitamos con alegría deseando: “Feliz Pascua de Resurrección”, como San Pablo muy bien expresó: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (1Cor. 15,14).

 

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