Especial Semana Santa

La Pasión de la Iglesia

Como la de Cristo

Por: Cristina Alba Michel.

“Ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre: ‘No lloréis por mí; llorad por vosotros, porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?'”

(Cardenal J. Ratzinger; Vía Crucis, 2005).

 

1. Comienza Semana Santa, la que guarda entre sus días las horas de la Pasión del Señor, horas de amor de su despedida, de su Eucaristía, del sacerdocio; las de dolor en el Huerto. Las más santas de la historia, plenas de frutos escondidos en la jarrita del lavatorio de pies; escondidos y fragantes en cada herida del Siervo, doliente y fiel entre azotes y humillaciones, a sus hermanos hombres y al Padre Dios, aunque parecía que Él le abandonaba. El único Inocente se volvió pecado – nuestro pecado- y el Padre le ocultó su rostro. Los culpables, ciegos voluntarios, “apartaban de Él la mirada, despreciándolo y teniéndolo por nada” (Cf. Is 53,3). Hoy la Iglesia carga nuestros pecados, y de Ella apartan la mirada, teniéndola por nada.

 

2. Por eso estos días, entre Evangelio y Liturgia, al tiempo que se conmemora la Pasión del Señor aparece ante los ojos de la fe otro acontecimiento que, de manera natural, debía continuar en la historia esta obra redentora: la Pasión de la Iglesia, anunciada en las Escrituras, revelada a profetas, místicos y santos aun contemporáneos. Forma parte de los planes divinos que la Esposa del Cordero siga a su Señor en todo, para identificarse en todo con Él. Así, desde el comienzo de su existencia ha sido perseguida, como fue perseguido Jesús. Desde el comienzo tuvo sus mártires, como Jesús. Y después de una vida oculta en familia varios años, salió como Él “a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos” (Lc 4,18) y entregar la vida por los pecadores.

 

3. La hora del Señor, la de la Iglesia, implican que ha llegado “la hora y el poder de las tinieblas”, la traición de los de adentro, la condenación y humillación en manos del poder civil y sobre todo, del “religioso”. Esto significa lo que para Jesús: soledad, lágrimas, dolor, muerte y sepultura. Horas amargas del ocultamiento de los discípulos, de nuevas catacumbas tal vez. Horas difíciles, pero cargadas de fe y esperanza porque Aquel que se adelantó en el sufrimiento y la muerte, se le adelantó también en la Resurrección y la Gloria para esperarla y recibirla de brazos abiertos. La Iglesia sufrirá la dispersión de las ovejas, el abandono de los amigos; quizá nuevas negaciones. Mas Pedro siempre vuelve para apacentar el rebaño y entregar su vida a Cristo. Ella conoce y conocerá los azotes de tantos testigos: Irak -donde el Papa estuvo peregrino entre mártires-, Siria, Pakistán e India; de China, Cuba, Norcorea, Vietnam, Nigeria, Venezuela… ¡Principio de dolores!

 

4. El Catecismo de la Iglesia señala (CEC, n. 675) que “antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (Cf. Lc 18,8; Mt 24,12). La persecución que acompaña a su peregrinación terrena (Cf. Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará el ‘misterio de iniquidad’ bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo… un pseudo mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías” (Cf. 2Ts 2, 4-12; 1Ts 5, 2-3; 2Jn 7; 1Jn 2, 18.22).

 

5. ¿Una de estas imposturas está perfilándose mundialmente? Tomar conciencia, ¡prepararse fortalecidos en oración, penitencia y Sacramentos!, pues dicho pseudo mesianismo es “intrínsecamente perverso”. Papa Pío XI describe y condena en su Encíclica Divini Redemptoris la “falseada redención de los más humildes” que vemos asomarse en tantos discursos ¿políticos?

 

6. ¿Por qué una Pasión de la Iglesia?

Primero, porque está unida a Cristo. Si la Cabeza sufre, también sufre el cuerpo, pues no pueden ser arrancados entre sí.

Segundo: no sólo es natural sino necesario, para poder decir como San Pablo: “Me alegro de sufrir por ustedes, completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1, 24), para bien de quienes vendrán a completar el Cuerpo místico del Señor, “porque de acuerdo con el plan divino, ha sido encargada [la Iglesia] de llevar a su plenitud entre ustedes la Palabra de Dios… el misterio oculto desde toda la eternidad y que Dios quiso manifestar a sus santos. A ellos ha revelado cuánta riqueza y gloria contiene para los paganos este misterio, que es Cristo entre ustedes, esperanza de la gloria” (Cf. Col 1, 26-27). Porque Dios desea “que todos los hombres se salven y conozcan la verdad” (Cf. 1Tim 2,4). Por eso “anunciamos a Cristo, exhortando a todos… a fin de que todos alcancen su madurez en Cristo. Por eso me fatigo y lucho con la fuerza de Cristo que obra en mí” (Cf. Col 1, 28-29).

Tercero: “Si me quitan el polvo y la suciedad que hacen irreconocible la imagen de Dios, entonces me hago… semejante a Cristo”. Solamente a partir de una profunda renovación y purificación se revelará el rostro bellísimo de la Iglesia, atrayendo a quienes hoy la desprecian. Además, ¿existe alguna vida humana sin dolor? “Quien no es capaz de aceptar el dolor se priva de las purificaciones que… nos hacen maduros. En la comunión con Cristo el dolor se colma de significado”, y mientras Dios quita la escoria “que en mí oscurece su imagen”, el proceso doloroso encuentra su fin y “me alegro de sufrir por vosotros”.

7. La vida no es mera biología. “Donde no existe motivo por el cual valga la pena morir, allí tampoco la vida vale la pena” (Cf. Joseph Ratzinger, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino). Qué hermoso poder exclamar: “ninguno de nosotros [Iglesia] vive para sí ni muere para sí. Si vivimos, para el Señor vivimos, si morimos, para el Señor morimos… vivamos o muramos, somos siempre del Señor” (Ro 14, 7-8). Y la Iglesia crece, se ensancha, se renueva. Eleva al cielo su copa y muchas aves anidan en sus ramas. ¡Y el Espíritu Santo desciende y obra en Ella!

 

Share this Story
  • Especial Semana Santa

    La Pasión de la Iglesia

    Como la de Cristo Por: Cristina Alba Michel. “Ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ...
Load More Related Articles
Load More In Especial Semana Santa

Check Also

Contemplemos el Amor de Dios

Carta del Director ¡Saludos a todos! Después de ...

Anuncio