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La destrucción de Jerusalén

Por qué soy católico

Por: José L. Fierro.

Es costumbre de Cuaresma practicar la sublime devoción llamada VIACRUCIS, en cuyo rezo de las estaciones acompañamos con nuestra meditación a nuestro Señor Jesucristo en su dolorosa Pasión por el camino que recorrió desde el palacio de Poncio Pilatos hasta el Calvario.

En una de las estaciones del Viacrucis se medita cuando Jesús, abatido y atormentado, consuela a unas mujeres de Jerusalén. Señala la Escritura: “Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, sino lloren por ustedes mismas y por sus hijos. Porque vendrán días en que dirán: ‘Bienaventuradas las estériles y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron'” (Lc. 23,28-29). ¿Por qué les diría esto Jesús? Veamos:

La muerte de nuestro Señor se ubica el año 33 de nuestra era; mas Jesús, por ser Dios, sabía que 37 años después los ejércitos romanos destruirían la ciudad y el Templo de Jerusalén en una forma espantosa. La ciudad sería sitiada y la muerte y el hambre reinarían por meses entre sus habitantes. Jesús, compadeciéndose por lo que vendría para el pueblo elegido, por ello les habla así a esas mujeres piadosas que lloraban por Él.

De este terrible hecho existen registros históricos de que hubo madres enloquecidas al ver morir a sus hijos de hambre; algunas llegaron incluso a asesinar a sus propios hijos, cocinar sus cuerpos y ofrecerlos luego como comida a los que estaban muriendo por inanición. No se diga lo hecho por el ejército romano, pues los soldados llegaron al grado de abrir vivos en canal a judíos que intentaban huir del sitio, al enterarse que algunos se tragaban monedas para llevarlas consigo en su escape. Muchos judíos encontraron tan horrible muerte sin siquiera cargar con ellos posesión alguna, ya que los romanos obviamente no interrogaban para asegurarse de cada caso. Muchos otros judíos fueron crucificados, al grado que se agotó la madera para ello.

Diversos teólogos han comentado que la destrucción de Jerusalén es un símbolo de la destrucción del fin de los tiempos en la segunda venida de Cristo, marcados estos acontecimientos con señales previas al año 70 que se presentaron en Jerusalén y que los judíos no atendieron; en cambio, los pocos judíos que sí aceptaron a Jesús como Dios y Salvador después de su muerte en el Calvario, al ver las señales en Jerusalén que el mismo Jesús profetizó poco antes del año 70, atendieron su mensaje, huyeron de la ciudad y se salvaron: “Entonces los que estén en Judea huyan a las montañas. El que esté en la azotea no baje ni entre en casa para llevarse nada. Y el que esté en el campo no regrese para buscar su capa” (Mc 13,14-15). La pregunta es, entonces: ¿Cuáles señales se vieron en Jerusalén antes del año 70 anunciando el terrible suceso de su destrucción? Lo comentaré, Dios mediante, en otra colaboración…

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