Especial Semana Santa

La cruz es fraterna, es comunión

Reflexión del Viernes Santo

Por: Cardenal Eduardo Pironio.

 

La cruz de Cristo es una cruz fraterna, es decir, una cruz hecha comunión. ¡Cómo impresiona la primera lectura del Siervo doliente que ha cargado sobre sí todos nuestros pecados, que ha sanado nuestras heridas, que ha sido despojado, desfigurado, varón de dolores, sabedor de dolencias! Cristo es así, alguien que asume el pecado de todos los hombres, que ha cargado con la debilidad, la flaqueza, las angustias, la tristeza de todos los hombres.

¡Qué bien hace contemplar a Jesús muy cerca! Muy cerca de cada uno de nosotros cuando ora, cuando sufre, cuando siente tristeza hasta la muerte, muy cerca de cada uno de nosotros cuando experimenta la tentación tremenda de la soledad y del abandono, cuando experimenta la tentación de decirle al Padre: “¡Si es posible que pase de mí este cáliz!” Sin embargo, enseguidita la reacción filial: “Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya”.

¡Qué bien nos hace sentir a Cristo muy hermano! ¿No les parece que así tendrían que sentirnos los demás? En el Jueves Santo hablamos del amor. Qué bueno si tuviéramos una capacidad muy ancha, muy grande de comprender, de perdonar, de servir, de asumir todas las angustias y esperanzas de los hombres, de cargar nosotros, que sentimos nuestros hombros frágiles y débiles y tentados de echar nuestros propios problemas a los demás. ¡Qué bueno si asumimos el dolor, la angustia, el pecado incluso de nuestros hermanos! Creo que nuestro cristianismo tenemos que vivirlo cada vez más en esa dimensión fraterna y la cruz tenemos que comprenderla cada vez más en esta dimensión de asumir a nuestros hermanos.

¿Qué hacemos con que un Viernes Santo nos golpeemos el pecho delante de Cristo que muere y se ofrece al Padre por los hombres, qué hacemos con golpearnos el pecado, si después volvemos a lo cotidiano, a lo de cada rato y nuestro corazón se cierra al Cristo que vive entre nuestros hermanos? Ese Cristo que sufre y que muere es el mismo Cristo que sufre y que muere cotidianamente en nuestros hermanos. Es el Cristo que sufre en la pobreza de aquellos que no tienen techo y no tienen pan. Es el Cristo que sufre en aquellos que son marginados y no tienen libertad. Es el mismo que sufre en aquellos que experimentan ansias de amistad, de afecto, de paz; aquellos que viven desalentados.

Siempre es válido aquello que dice Jesús: “Cuantas veces lo habéis hecho con uno de estos pequeños lo habéis hecho conmigo”. Es cierto que Cristo vivirá hasta el final de los tiempos, no sólo cuando preside en la Eucaristía sino también cuando vive en nuestros hermanos. Es cierto que tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, estaba preso y me viniste a ver, estaba enfermo y me visitaste. ¡Es cierto! Y tengo que tener una capacidad muy grande si amo de veras a Cristo y si soy auténticamente cristiano. Tengo que tener una capacidad muy grande para descubrir a Jesús que vive en el pobre, que vive en cada uno de mis hermanos; también en aquel que tiene bienes.

Qué necesidad de descubrir a Jesús en los demás, qué necesidad de descubrir cómo Jesús prolonga su pasión en la historia.

¿No les parece que al comprometernos a decirle que sí al Padre y asumir la cruz con un corazón filial tenemos que comprometernos también a tratar de descubrir cada día más que si yo estoy sufriendo hay otros que sufren tal vez más; que si hay un problema que a mí me está molestando, hay otros a los cuales les están destrozando? Qué bueno si el Señor nos da a nosotros el poder de decir una palabra alentadora a aquel que tiene el corazón cansado.

A veces estamos tentados de poseer la potencia milagrosa de Jesús. De poder hacer milagros, por ejemplo quisiera tener un poco de fe para multiplicar el pan a aquellos que padecen hambre; ¡quisiera tener la potencia de Jesús para multiplicar el pan!

Hay algo, sin embargo, que podemos multiplicar. Me parece que en determinados momentos es más difícil de multiplicar que el pan de la mesa, y es ofrecer a los demás el pan de nuestra amistad, el pan de nuestra comprensión. ¿Es fácil o es difícil brindar a todos los demás la serenidad, el gozo, la firmeza que a nosotros nos está comunicando Cristo? Cuando encuentro a alguien que está despedazado y roto por dentro, qué bueno es decirle una palabra o sin decirle nada hacerle sentir que soy hermano, hacerle sentir que he descubierto a Cristo que está padeciendo y muriendo en él; decirle una palabra de aliento o simplemente mostrarle un gesto de comprensión y de amistad. ¿Qué es más fácil: multiplicar el pan de la mesa o multiplicar el pan de la amistad? Aparentemente es más fácil lo segundo.

Cristo padece en nuestros hermanos y Cristo muere en nuestros hermanos. Entonces la cruz es fraterna, hagamos más comunión entre todos. Y así tenemos que vivir nuestra cruz, la que el Señor adorablemente ha puesto en nuestra vida, que tiene un sentido de redención, un sentido de fecundidad para los demás.

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