Miscelánea

El Diezmo, nuestra ayuda a NUESTRA Iglesia

“Ayudar a la Iglesia en sus necesidades”

Por: José L. Fierro.

Todos los católicos debemos estar conscientes que nuestra Iglesia necesita, además de oraciones, la ayuda económica de sus fieles para sostener los gastos  de su estructura eclesial, como son, entre otros:

-Sostenimiento de sueldo a nuestros sacerdotes.

-Aportación para cubrir los gastos del Seminario Diocesano donde se forman nuestros futuros sacerdotes.

-Ayuda para atender en su salud a sacerdotes enfermos y ancianos.

-Gastos de combustibles para los vehículos parroquiales y pagos de luz, agua, etc., de nuestros templos y edificios de oficina de los diversos ministerios con que la Iglesia cuenta.

-Ayuda a parroquias pobres de nuestra Diócesis.

Alguien pensará: “Yo siempre aporto mi ofrenda en la colecta de la Misa y coopero con actividades parroquiales, como kermeses, rifas, etc.”… Es correcta y admirable esta respuesta, mas no debemos confundir tales aportaciones con la contribución anual de nuestro Diezmo, el cual se entrega en el lapso de noviembre a marzo.

En lo civil, con el pago de impuestos cooperamos como ciudadanos a las obras que realizan los gobiernos municipal o estatal. Algo semejante debemos tomar en cuenta al diferenciar entre nuestras ofrendas y la respuesta que como católicos desde todo corazón debemos aportar con nuestro Diezmo.

 

Deseo compartirles mi testimonio personal sobre lo que Dios ha obrado en mi vida desde que recibí un sueldo como trabajador y que relaciono con la aportación del Diezmo que cada año he tenido la oportunidad de cumplir.

En los años 70 me iniciaba en lo laboral en una empresa federal como trabajador temporal sindicalizado. En esa época se presentó un grave problema entre dicha empresa y el sindicato, de modo que el conflicto se prolongó por meses y todos mis compañeros, excepto yo, sufrieron la falta de sueldo. Durante ese lapso trabajé como secretario en las oficinas de la Sección Sindical y por consiguiente mi sueldo, aunque menor, me favoreció en esa época crítica.

En otra ocasión, a fines de 1999, en Notidiócesis se publicó un concurso entre sus lectores para redactar un mensaje relativo al inicio del siglo XXI. Participé en la categoría de adultos y obtuve el primer premio de $3000 pesos. Cuando lo recibí, pensé: “Ha sido voluntad de Dios regresarme algo de mis diezmos”. Este premio me ayudó bastante en gastos destinados a mis hijos, entonces estudiantes universitarios.

Años después, un diciembre, le di a guardar a mi esposa la cantidad del Diezmo para no gastarlo. Mas sucedió que tuve una emergencia económica y le pedí me facilitara parte de ese guardadito con la promesa de reponerlo antes de marzo, mes en que concluye la campaña del Diezmo. Pasado un tiempo fuimos los dos a las oficinas de la empresa a cobrar mi sueldo quincenal, entonces lo entregaban en efectivo, y recuerdo muy bien que fue uno de esos días en que uno amanece con los bolsillos vacíos, no traía ni para gasolina y le dije a mi esposa: “Espero lleguemos antes de que se agote la gasolina y poder cobrar”. Pues sí llegamos y sin problema recibí el sobre con mi sueldo. De inmediato pasé por una gasolinera y cargué combustible y después distribuí según la costumbre para los gastos del hogar y además entregué la parte del Diezmo que había pedido prestada  anteriormente. En una oportunidad revisé el sobre para ver cuánto me quedaba y observé que era exactamente la cantidad que había repuesto del Diezmo. Pensé que quizás me había equivocado y le di menos a mi esposa; pero entre los dos revisamos y seguía sobrando ese importe. Ella me decía: “Traerías en el bolsillo más dinero y por eso te sobra”, pero yo le respondí: “A ti te consta que no era así, ¡ni para la gasolina traía!”. También descartamos que por error en mi sobre estuviera un importe mayor a mi sueldo, porque pregunté al pagador. En fin, nunca supimos por qué sucedió esto, pero he llegado a la conclusión de que la Sagrada Escritura nos señala con verdad: “Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana, ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría” (2Cor. 9,7).

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