Especial Semana Santa

Bajo la luz del Jueves Santo

Reflexión del Jueves Santo

Por: Cristina Alba Michel.

¡Lo más precioso que tenían lo entregaron a los cerdos, dejaron en garras de los perros el Pan de los hijos! (Cf. Mt 7,6; Mt 15,24-27). Así los hombres de cada época, siguen traicionando y despreciando lo más santo, la Eucaristía, la Vida, la Inocencia.

 

1. Todo jueves quede señalado para siempre con la marca del Jueves Santo. Qué hermoso que cada jueves, cada semana, se busque un momento -aun pequeño, pero intenso y profundo- de oración, meditación y entrega al Señor alrededor de su sagrario o de la custodia donde Él, entero en cuerpo, sangre, alma y divinidad, continúa prisionero por amor a cada uno. Los evangelistas abren su corazón para recordar todos aquellos acontecimientos y parece, por momentos, que las mismas páginas se estremecen. Y hoy, ¡la Eucaristía nos haga estremecer de gratitud al recordar!

San Juan nos cuenta, una vez terminada aquella primera Cena, que Judas salió y “era de noche”. Hoy también es de noche.

 

2. Es verdad, indica Benedicto XVI en su homilía del Jueves Santo del 2012, que aquel día y cada Jueves Santo son recordados especialmente por la Institución de la Eucaristía, de la cual irradia un esplendor único sobre todo lo demás acontecido entonces. Sin embargo, por olvidarse “todo lo demás”, quizá hoy la Eucaristía no es considerada con amor fiel, inmenso, agradecido, entrañable. ¡Ojalá entrando de nuevo en aquella noche -la del lavatorio de los pies, la del amor fraterno, la del sacerdocio ministerial y la muy oscura del Monte de los Olivos- la desagradecida memoria contemple con luz y amor nuevos a Jesús orando en el abandono de Getsemaní y suplicando por todos en el Sagrario!

Ahora va saliendo del cenáculo, dispuesto a orar como suele hacerlo, pero esta vez sabe que “va al encuentro de la oscuridad de la muerte”, más oscura frente al abandono de los amigos, la traición de Judas, las negaciones de Pedro…

 

3. ¡Tres veces negó el Apóstol aquella noche al Tres Veces Santo, al Verbo de Dios encarnado que estaba en la tierra para enseñarle a la humanidad caída el verdadero amor al Padre, el verdadero amor y servicio entre hermanos, la verdadera vida redimida que significa elegir la Divina Voluntad!, así como su apasionado amor por su criatura el hombre.

Y si los amigos vivieron aquella noche huyendo y traicionando -como hoy-, Jesús la vivió luchando y orando, sufriendo por adelantado no sólo el dolor físico que comenzaría a experimentar horas después, sino también los dolores psíquicos, morales y espirituales que le postraron por tierra haciéndole sudar gruesas gotas de sangre.

 

4. Jesús lleva consigo a los tres discípulos testigos de su Transfiguración. Ahora toca compartirles su humillación. Como amigo les necesita cerca, como Dios, quiere alentarles a no hundirse en las horas oscuras, de violencia y muerte, cuando todo parezca perdido. Pero la tristeza les adormece. “Velen y oren”. El viento de la noche repite estas palabras. “Velen y oren porque el espíritu está pronto mas la carne es débil”. Siguen dormitando. No obstante, algo escuchan sus oídos y ven sus ojos de la oración de Jesús, su insistencia y el sudor de su agonía. Especialmente recuerdan escucharle llamar al Padre. No… ¡a su Abbá!, “¡Papito!”. Se quedan asombrados otra vez, ahora ante el lenguaje de un hombre que se reconoce “Niño” del Altísimo. Ven su profunda comunión y unidad con Él. De esta escena Santa Teresita tomó su nombre y construyó su “caminito”, haciéndose niña como Jesús en el Huerto y en el Gólgota, confiando plenamente en que siempre la Voluntad del Padre es el mejor camino, porque es Voluntad de Amor y Eucaristía hecha vida. De esta experiencia aprendemos nosotros que la oración intercesora, por dolorosa que sea, por intensa lucha que implique, será para bien propio y de los demás. De la oración de Getsemaní con Jesús, parte la Comunión de los Santos.

 

5. Getsemaní es agonía, esto es, lucha. Jesús cae rostro en tierra y suda sangre. ¡Está luchando con Dios mientras unos duermen y otros traicionan! Está luchando para plasmar de nuevo en toda la tierra y sobre todo en el corazón del hombre, la voluntad del Padre, para que todo sea renovado. Está enseñándole a la Iglesia -que aún no nacía- a orar como Él y a obedecer como Él para la instauración del Reino. Le cuesta tanto porque tanto así desobedecieron Adán y Eva, tú y yo: la ruptura con Dios por contradecir su Voluntad es lo que provoca los mayores sufrimientos del Hijo de Dios, ¡y tanto así le está costando restablecer en el hombre la vida plena en la Divina Voluntad!

Satanás murmura: “No servirá… ¡Mira sus horribles pecados!”. Y Jesús va asumiéndolos todos, los de toda la humanidad de todas las épocas, y ve las traiciones de los amigos, las persecuciones y el martirio de la Iglesia, la sangre de los inocentes corriendo por las calles de la historia. Y siente cada vez más pesado el abandono y el rechazo del Padre.

 

6. Sí, Jesús sufrió más Getsemaní que las heridas de su carne. Getsemaní reúne desde la Comunión indigna de Judas y su beso, que pueden ser míos, hasta los escupitajos de cada pecado venial o las profundas heridas y los golpes de cada pecado mortal, de las profanaciones de la Eucaristía, de la indiferencia a su presencia sacramentada y de los gritos de la chusma pidiendo crucifixión. Gritos que se reproducen en todos los que exigen y consiguen se asesine bajo la ley a los inocentes, o se comercie con toda inocencia.

Jesús siente cada pecado, venial y mortal, como peso insoportable porque sufre en débil e inocente carne lo que comprende y contempla como Verbo Divino y Cordero Inmaculado. “Es el estremecimiento del totalmente puro y santo frente a todo el caudal del mal de este mundo que recae sobre él… En esta oración… impregnada de angustia mortal, el Señor ejerce el oficio del sacerdote: toma sobre sí el pecado de la humanidad, a todos nosotros, y nos conduce al Padre” (Benedicto XVI).

 

7. Jesús triunfa abandonándose. “No yo, sino Tú”. Al revés de Adán y Eva. En su lucha en Getsemaní Jesús abre el camino a la libertad verdadera, al “sí” a la Divina Voluntad.

Frente a la Sagrada Eucaristía, recordemos todo esto y mucho más bajo la luz Inmaculada del Jueves Santo, la noche del dolor y del Amor hasta el extremo.

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