Artículos, Escala de Jacob

La religiosidad de María

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel.

1. María, la de Nazaret, era muy religiosa aunque no de fachada. Lo era desde lo profundo del corazón y lo expresaba con cada mirada, con cada gesto, con cada paso y cada caricia que daba, aun sin tocar a su prójimo. Era religiosa, porque tenía su corazón completamente comprometido con la religión de Israel de una manera que se convertía en vida. La religión de Israel, por supuesto, era el culto al Dios verdadero, que algunos habían convertido en culto a la Ley o culto a sí mismos -y hoy en la Iglesia sucede lo mismo- Pero ella no. Ella tenía su corazón “re-ligado” al Señor. Por Él y para Él vivía, pensaba, amaba y servía; por eso podía vivir, pensar, amar y servir con dulzura y discreción al prójimo. Por el Dios de Israel y sólo para Él oraba, cantaba, hablaba y sobre todo, callaba. Por eso podía callar si de alguna ofensa o incomprensión era el blanco, y podía también callar cualquier palabra ociosa antes de que siquiera le llegara al pensamiento. En su silencio -que era un silencio religioso, unido a Dios y por Él colmado- María manifestaba la madurez de su fe, la grandeza de su corazón, la dirección de su amor y de su vida, esto es, su virginidad consagrada sólo a su Señor, con quien estaba religada y con nadie más. Y todas las palabras que guardaba dentro, se convertían en luz en su mirada, ternura en sus gestos, calidez y virtud en sus acciones, porque tales palabras eran solamente las de Dios: del Dios que siempre perdona, que se compadece, que ejerce la misericordia, que manifiesta constante piedad por sus criaturas; ese Dios que es la verdad, la belleza, la caridad, la pureza, la modestia, la libertad, la alegría…

 

2. En María, por todo eso y tanto más, tenemos el ejemplo más íntegro y más puro de cómo ser religiosos de verdad: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,26); “María se encaminó presurosa” (Lc 1,39); “Mi alma alaba al Señor y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador” (Lc 1,46 y s.s.); “María atesoraba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”; “No tienen vino” (Jn 2,3); “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5). “Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo te hemos buscado con angustia” (Lc 2,48). A través de sus palabras, en estos versículos de los Evangelios, nos damos cuenta de todo lo que llenaba su corazón y movía sus acciones. Son la constatación de lo que antes hemos dicho, que Ella vivía para el Señor, y por ello se apresuraba a servir al prójimo. Amaba al Señor, y por eso guardaba sus palabras y obedecía su voluntad. Había recibido de Él la vocación de ser Madre, y lo fue educadora, compasiva, preocupada, ocupada y sabia. Esposa leal y respetuosa de José. Virgen llena de Dios y no exenta de dudas y dolores humanos.

 

3. Si a través de las palabras de María podemos explorar su profundísimo corazón religado y desposado con el Señor, también lo conseguimos a través de lo que de Ella se dice: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús… el Mesías” (Mt 1,16); “no tengas reparo en llevar contigo a María, tu esposa, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo” (Mt 1,20); “Levántate, coge al niño y a su madre” (Mt 2, 13-14). “En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno e Isabel quedó llena del Espíritu Santo” (Lc 1,41); “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1,42); “¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1,43). “Simeón… dijo a María… ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!'” (Lc 2,35). “Él les dijo: ‘¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?’. Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio” (Lc 2,49-50). “Luego dice [Jesús] al discípulo: ‘ahí tienes a tu madre'” (Jn 19,27).

¡Y cómo María responde a lo que de Ella se dice! Con alabanza, con humildad y obediencia, con silencio que acoge, con heroísmo de amor, “re-ligada” siempre a Él.

 

4. Por fin, tenemos todo aquello que María se calla y en eso es experta: calla y guarda para su reflexión, sin envanecerse, el saludo del Ángel que contiene para Ella una alabanza de Dios; calla el gran secreto de su maternidad divina; calla su dolor ante las dudas evidentes de José. Ella guarda silencio de amor y de humildad ante las actitudes o las palabras a veces incomprensibles de los parientes y los vecinos, e incluso ante esas palabras de Jesús que la pillan por sorpresa: “Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: “¡Oye!, tu madre, tus hermanos y hermanas están afuera y te buscan. Él responde: ‘¿Quién es mi madre y mis hermanos?'” (Mc 3,32-33). “‘¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!’. Pero Él dijo: ‘Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan'” (Lc 11,27-28). “¿Qué tengo yo contigo, mujer?” (Jn 2,4).

 

5. A través de cada uno de los evangelistas y de su manera de tratar la figura de María, se descubre que pese a ser la Llena de Gracia, la favorecida del Señor, la bendita entre todas las mujeres, la que será llamada dichosa por todas las generaciones, la discípula fiel, la Virgen esposa del Espíritu Santo, la Virgen Madre figura del Israel peregrino y de la Iglesia, para ella no fue fácil la fe: la transitó como todos, a tientas entre las sombras por senderos llenos de dificultades, pruebas, retos, penalidades y dolor, sin perder nunca su confianza, su amor, su obediencia sino creciendo en ello constantemente, re-ligándose cada vez más al Señor y por ello, sirviéndole cada vez más y mejor hasta llegar al momento supremo de la Cruz, en donde más Virgen que ninguna [es decir, más llena de Dios que nunca y sólo de Dios] y más Madre que nunca, por obra del Espíritu Santo comienza a dar a luz a los hijos que conformarán el cuerpo místico completo de Cristo.

A eso debe conducir la verdadera religiosidad católica, a re-ligarse de tal manera con el Dios de Jesucristo, que estemos re-ligados plenamente con las necesidades de los hermanos para servirles del modo concreto en el momento concreto. Como María, la religiosa María, alegre, callada y  presurosa por los caminos de Jesús y de los hombres. 

 

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