Comentario al Evangelio

Bautizar y evangelizar

Comentario al Evangelio de la Fiesta del Bautismo del Señor (Mc 1,7-11)

Por: Mons. Luis Martín Barraza Beltrán.

“…El que no nazca de lo alto no puede ver el reino de Dios” (Jn 3,3). En estas palabras Jesús expresa una necesidad que hay en el corazón del hombre de todos los tiempos. Ritos iniciadores a una nueva vida han existido en todas las culturas y razas. Será la experiencia de la precariedad humana que le hace sentir deseo de plenitud, o será simplemente el deseo de santidad que le provoca un vacío en su corazón. La precariedad puede interpretarse como límites naturales o como una falla que se presentó en el pasado, que comprometió gravemente la libertad humana. El hecho es que el hombre experimenta necesidad de redención.

El bautismo siempre ha significado un nuevo comienzo, buscando nuestro parentesco con Dios, para que su vida nos trasforme a su imagen y semejanza. Más que un mero rito, es expresión de la dimensión espiritual del ser humano que tiene nostalgia de un paraíso perdido. Tal vez esto explica que la mayoría estamos bautizados, es el sacramento más solicitado. Refleja la necesidad que tenemos de Dios. Es el sacramento de la fe, con él comienza la vida de fe en nuestro corazón. Todos los demás, suponen que estamos iniciados en la relación con Dios, que está fundada la vida divina en nosotros.

Los niños son bautizados en la fe de la Iglesia representada en los papás y padrinos. Es sólo cuestión de tiempo, apenas lleguen al uso de razón serán iniciados a la fe consciente. Es cierto que esto a veces no sucede, sin embargo la fidelidad de Dios permanecerá ahí esperando ser correspondida.

El Bautista, con su bautismo, propone retomar la relación con Dios desde la raíz. Se pone a bautizar a creyentes. En aquel tiempo pertenecer al pueblo judío suponía los ritos de la presentación en el templo y de la circuncisión. Es como si dijéramos que está bautizando a bautizados. Juan ponía en cuestión la filiación divina de los que lo escuchaban: “Den frutos que prueben su conversión, y no anden diciendo: ‘Somos descendientes de Abraham'” (Lc 3,8).

El deseo de bautizarse, por parte del pueblo, procede de su predicación. El bautismo comienza con la escucha de la palabra de Dios. Esto se puede apreciar, sobre todo, en el bautismo de Juan que consistía en un llamado a la conversión: “Conviértanse porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 3,2).

El bautismo de Jesús asume este bautismo de escucha de la palabra, “pues antes de que los hombres puedan acceder a la liturgia es necesario que sean llamados a la fe y a la conversión” (Sacrosantum Concilium 9). Pablo decía que “Cristo no lo había enviado a bautizar, sino a evangelizar…” (1Cor 1,17). Es cierto que la evangelización conduce y comprende, necesariamente, al sacramento: “No obstante, la liturgia es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10).

Nuestro bautismo coincide con el dinamismo de la fe, es, ante todo, un don de Dios. No hay conocimiento ni virtud que merezca esta gracia. La justificación procede de la fe (Rom 3,27-28;8,29-30): “La fe surge de la proclamación” (Rom 10,17).

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