Reportajes, Testimonios de la misericordia de Dios

Bautizada a los 19 años, hoy es religiosa

El siguiente testimonio vocacional lo comparte la Hna. Susy en el contexto de la próxima celebración del Pre-Vida Consagrada: “Él me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20), a realizarse vía Zoom los días miércoles 8 al viernes 10 de julio (10am-1pm y 4-5:30pm).

En este evento vocacional exclusivo para chicas mayores de 15 y menores de 35 años, recibirán herramientas para discernir la vocación a que el Señor les llama y si, es a la vida consagrada, se les proporcionará información sobre los carismas, espiritualidad y apostolado de las Congregaciones y Órdenes religiosas con presencia en la Arquidiócesis.

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Mi nombre es Susana Delgado Esquivel, tengo 35 años de edad, soy originaria de Patzcuaro, Michoacán, y soy la séptima de nueve hermanos.

Dios llegó a mi vida a través de la vida de gracia que me regaló mediante, los sacramentos de Iniciación Cristiana:Bautismo, Confirmación y Primera Comunión, que recibí el día 5 de Julio del año 2004, a los 19 de edad, ya que mis papás no pusieron cuidado en este aspecto de mi vida espiritual; lo curioso es que sólo a mí me descuidaron en este sentido ya que todos mis hermanos contaban con sus sacramentos.

Meditando sobre esta situación llegué a la conclusión que Dios utilizó este medio para que tuviera la bendición de conocerlo y poder escuchar su llamada a la vida consagrada, ya que mi familia en ese tiempo no era católica practicante y no crecimos con los valores espirituales como otras familias.

Yo era una adolescente que le gustaba trabajar para ser más independiente pues crecimos con diversas carencias en la cuestión económica. Me gustaba estar arreglada y usar ropa según la moda juvenil.

Tuve varios novios pero mis expectativas eran muy altas porque deseaba un ser perfecto, aunque para nada yo lo era. Sin saberlo, en realidad buscaba a Dios, Fuente de toda perfección, aunque no lo conocía; sistemáticamente me fui dando cuenta que las relaciones afectivas no llenaban mi corazón. Siempre tuve la convicción de no tener hijos, aunque me agrada mucho trabajar con niños; esto para mí provocaba inquietud de no saber hacia dónde dirigir mi vida.

Las fiestas y actividades que en ese tiempo acostumbraban los jóvenes a mí me producían vacío, no me llenaban, pues mi corazón estaba en búsqueda de algo desconocido. Me preguntaba por qué sentía diferente a mis amigas, fue un proceso difícil y no tuve la fortuna de contar con alguna persona que me pudiera orientar, pero Dios se encargó de eso más tarde.

Recibí mi formación como catecúmena por mediación de unas hermanas religiosas, las Misioneras Hijas de la Divina Providencia en Urapa, Michoacán. La primera llamada de Dios a mi alma fue desde el primer día que entré por primera vez a la casa de las madres, lo recuerdo perfectamente: era de noche y, al atravesar el zaguán negro, mi corazón se llenó de una paz muy bonita y alegría que nunca había experimentado, el vacío interno se había llenado, me sentía como San Pedro en el Monte Tabor.

Las madres me compartieron su vida de amor a Dios y el servicio a los hermanos. Todo me gustaba: su ropa, estilo de vida, su alegría… Tuve la oportunidad de acompañarlas a misión y demás actividades parroquiales, pero sobre todo lo que más me enamoró de Jesús es saber cuánto me amaba Él y todo lo que hizo por mí, que lo dio todo, incluso su vida y que por amor se había quedado en el Sagrario en ese pequeño pedacito de pan.

Amaba estar con Él en el Sagrario acompañándolo, ¡al fin había encontrado al amor de mi vida!, ese Ser perfecto que me amaba a mí, creatura tan pequeña e imperfecta.

En este proceso llegó a mis manos el libro Historia de un alma, de Santa Teresita del Niño Jesús, que consolidó mi vocación. Me fascinaba darme cuenta del nivel de amor a Dios que se podía llegar humanamente, ayudada con la gracia y la forma tan tierna con que Teresita se relacionaba con Cristo.

Una noche soñé a Jesús subido en una montaña frente a mí, yo estaba en otra montaña y Él extendía sus manos y me decía que me dejara caer porque Él me sostendría para que no me hiciera daño.

Llegó el momento de tomar la decisión de consagrarme a Dios y lo hablé con las madres, ellas estuvieron de acuerdo y comenzaron a orientarme más a profundidad sobre la vida religiosa y sobre el estilo de vida de las Misioneras Hijas de la Divina Providencia.

Llegó el momento de recibir los sacramentos de Iniciación Cristiana, Dios me dio el regalo que fuera el Obispo José Luis Castro Medellín de la diócesis de Tacámbaro quien celebrara, ¡todo fue muy emotivo! Durante la celebración yo sólo quería que acabara para viajar a Toluca e ingresar a la congregación para dedicarme a amar a Jesús y servirlo.

Ese mismo día 5 de julio viajamos a Toluca  con la madre Elpidia Salgado Contreras, que más adelante sería mi madre formadora. Al llegar a la congregación encontré en mi recámara una notita con la imagen de Santa Teresita que decía: “Susana, lucha por tu vocación porque nadie lo hará por ti”.

En la comunidad he encontrado a Dios y una familia espiritual que son mis hermanas religiosas, Dios jamás ha dejado de cumplir su promesa que me hizo a través de ese sueño pues jamás me ha dejado caer. Estoy orgullosa y feliz de cumplir ya 16 años dentro de la congregación y sólo deseo cada día ser mejor persona, mejor consagrada y crecer más en amor y fidelidad a Jesús  que me ha regalado este gran don.

Actualmente me encuentro realizando apostolado en la Casa Episcopal al servicio del Sr. Arzobispo Don Constancio Miranda Weckman, pero he desarrollado dentro de la congregación otros servicios como la atención a niños con capacidades diferentes, en el campo de la educación nivel preescolar y primaria y misiones he sido testigo de la gran misericordia de Dios, pero sobre todo su amor y providencia hacia los que más sufren y están necesitados de Él, tal como lo pensaron nuestros padres fundadores la Reverenda Madre Martha Zaranda Herrera y el Excelentísimo Obispo Don Arturo Vélez Martínez.

 

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