Artículos, Escala de Jacob

Reina de los Mártires

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel.

1. “Ustedes, los que pasan por el camino, miren y vean si hay  dolor semejante a mi dolor” (Lam 1,12). Así habla el tristísimo, sereno y callado rostro de María mientras avanza por el Vía Crucis de su Hijo. El corazón lo tiene oprimido, y si no fuera por la fortaleza que le comunica el Espíritu Santo, su Divino Esposo, hubiese muerto de dolor antes de llegar al Gólgota.

María sufre como ninguna otra criatura humana, porque su Inmaculado Corazón es capaz de sentir, especialmente en esta Hora, “los dolores de todos sus hijos, los padecimientos de todos los mártires y los tormentos del Rey de los Mártires”, Jesús.

“Y a ti, una espada atravesará tu corazón” -le dijo Simeón en aquel lejano día-, una espada que la hizo capaz de la compasión divina.

2. Hoy, en esta Hora del Viernes Santo, María realmente es la Compasión de Dios que sufre “por Cristo, con Él y en Él”, y por todos los hombres de todos los tiempos. Pero además, el de María como el de Jesús, es un dolor purísimo de amor y sólo de amor: camino del Calvario la Madre de Jesús ama al Cordero Inmaculado y ama a cada uno de los pecadores que lo llevan a la Cruz. Así, el dolor del corazón de María es un genuino martirio.

Según San Alfonso María de Ligorio, “para alcanzar el Cielo es necesario ser mártir y nadie puede llegar al Cielo sin serlo: mártir de sangre o mártir de paciencia”, en cuanto a María, “fue Reina de los Mártires porque su martirio fue más cruel y más prolongado que el de todos ellos”. Y explica que “para que el martirio sea considerado como tal, basta que se sufra un dolor capaz de quitar la vida” aunque no se muera por ello. Y el Corazón Inmaculado de la Madre moría una y otra vez, sintiendo espiritualmente “todo el dolor de la  Pasión” de Jesús, el cual bastaba “para darle no una sino mil muertes. Recuerda el santo doctor que los demás mártires padecieron sacrificando la vida propia, pero la Virgen sufrió sacrificando la vida de su Hijo, al cual amaba mucho más que la suya”. Además, Ella sufría mucho más que una madre normal, pues amaba a Jesús con un amor infinito, con el amor mismo de Dios derramado sobre su corazón, y por tanto su dolor se elevaba infinitamente. La Madre de Jesús y nuestra, padecía sin ningún consuelo, sin ningún paliativo del Cielo. De modo que así como Jesús gritó: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”, así clamaba en silencio el Corazón de María viendo padecer y morir a su Hijo.

3. A Santa Brígida, un Ángel de Dios le reveló que María prefirió sufrir todo tipo de tormentos, antes que ver las almas de los hombres sin redimir. Así, el suyo como el de Jesús, era un sufrimiento de amor y a través del cual colaboró con Él en la redención de muchos en la entera historia de la humanidad. “Su único consuelo en medio del gran dolor de ver a Jesús en la Cruz era pensar en el mundo redimido con su muerte y el saber que muchos hombres en el futuro adorarían a Jesucristo, valorando y admirando su muerte en la Cruz” (1).

4. Con gratitud inmensa del corazón, no dejemos en el olvido sus dolores, y aprendamos de Ella a ofrecer los nuestros propios, los de aquellos a quienes amamos. Por grande que sea nuestro dolor, jamás podrá compararse al de Ella, a lo que Ella sufrió en la Pasión de su Jesús, por amor a Él y a nosotros. Unidos a Cristo en el sufrimiento, y ofreciéndolo a Dios a través de las manos de la Virgen purísima, ganaremos un tesoro en el Cielo, una alegría que jamás nadie nos podrá quitar.

En los dolores más grandes, invoquemos a María con este título que el pueblo de Dios, la Iglesia, le ha dado con tanto amor y confianza: “Reina de los Mártires, ruega por nosotros”.

“No olvides los dolores de tu madre” (Eclo 7,27).

El Eclesiástico inspiró a los cristianos desde los primeros siglos, una veneración especial por los dolores de María. Se cuenta que Ella, al ser llevada al Cielo y encontrarse con Jesús, le pidió gracias y privilegios especiales para quienes recordaran y se compadecieran de los dolores que Ella padeció, unida a Él, por nuestra Redención. Jesús atendió de inmediato su petición, concediéndole cuatro gracias. Así, quien invoque a María por sus dolores:

– Tendrá la dicha de hacer verdadera penitencia por los pecados antes de morir.

– Tendrá la protección y el amparo de Nuestra Señora de los Dolores en todas las adversidades y trabajos, especialmente a la hora de la muerte.

– Quien recordando los dolores de María incluya los de la Pasión, recibirá en el Cielo un premio especial.

– Obtendrá de María todo cuanto pida para su salvación y utilidad espiritual.

(1) Rafael María Molina Sánchez, La Virgen María, Reina de los Mártires.

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