Caminando con el Papa

¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?

Bendición del Papa en la tormenta

Compartimos un resumen de la reflexión del Santo Padre sobre el episodio de San Marcos “la Tempestad” y el texto de su Bendición Urbi et Orbi extraordinaria del viernes 27 de marzo pasado:

1. “‘Al atardecer’. Así comienza el texto escuchado. Hace algunas semanas parece todo oscurecido. Densas tinieblas han cubierto plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de estar en la misma barca, frágiles y desorientados… llamados a remar juntos, necesitados de confortarnos mutuamente”.

“Como esos discípulos que angustiados dicen: ‘perecemos’, también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sólo juntos.

Es fácil identificarnos [con los discípulos asustados] lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras ellos están alarmados, desesperados, Él permanece en popa, la parte de la barca que primero se hunde. ¿Qué hace? Duerme tranquilo, confiado en el Padre -única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo-. Cuando despierta y calma el viento y las aguas, se dirige a los discípulos, les reprocha: ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’.

¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? No habían dejado de creer en Él; de hecho lo invocaron: ‘Maestro, ¿no te importa que perezcamos?’. ‘No te importa’. Pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: ‘¿Es que no te importo?’. Esta frase lastima, desata tormentas en el corazón. Habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados”.

2. “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad. Deja al descubierto esas falsas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y comunidad. Pone al descubierto los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas ‘salvadoras’, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.

Con la tempestad, cayó el maquillaje de esos estereotipos con que disfrazábamos nuestros egos pretenciosos de querer aparentar; dejó al descubierto… esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

3. “‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?‘. Señor, tu Palabra nos interpela. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, absorbidos por lo material y trastornados por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres, de nuestro planeta. Hemos continuado imperturbables, pensando mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, en mares agitados, te suplicamos: ‘Despierta, Señor'”.

4. “‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?‘. Nos llamas a la fe. No tanto a creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. Esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: ‘Convertíos’, ‘volved a mí de todo corazón’. Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio sino del nuestro: para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo necesario de lo que no lo es. Para restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Podemos mirar tantos compañeros de viaje ejemplares: ante el miedo, han reaccionado dando la vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que no aparecen en portadas de diarios ni revistas, ni en las pasarelas del último show pero que escriben los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo”.

5. “Frente al sufrimiento descubrimos la oración sacerdotal de Jesús: ‘Que todos sean uno’. Cuánta gente demuestra paciencia, infunde esperanza, cuida no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, abuelos y docentes muestran a nuestros niños cómo enfrentar y transitar una crisis… Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”.

6. “‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?‘. El comienzo de la fe es saber que necesitamos salvación… Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitémoslo a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores… experimentaremos que con Él no se naufraga… Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

Él nos interpela; en medio de nuestra tormenta nos invita a despertar y activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido cuando todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor”.

7. “En medio del aislamiento… la carencia de tantas cosas, escuchemos el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar… la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante, dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu puede suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados, permitir nuevas formas de hospitalidad, fraternidad y solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que fortalezca y sostenga todo aquello que nos ayude a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe que libera del miedo”.

8. “‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?‘. Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: ‘No tengáis miedo’. Nosotros, junto con Pedro, ‘descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas'” (Cf. 1P 5,7).

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