Hagamos lío, Miscelánea

Jóvenes: busquen la verdad, no algo bonito

Hagamos lío

Por: Fray Douglas Beard, OAR.

¿Quieres la verdad o algo bonito? (P. Faith).

De vez en cuando mis jóvenes me preguntan si estoy a gusto en mi tarea como encargado de la pastoral juvenil. Mi respuesta suele variar según mi estado de ánimo del momento. Sé que no es fácil la misión y conozco sacerdotes que no quieren hacerlo; yo les entiendo, pero no estoy de acuerdo del todo. La verdad es que posiblemente podemos sentir que nadie tiene talento con los jóvenes, nadie está a la altura.

La cantante británica Paloma Faith tiene una canción llamativa: Do you want the truth or something beautiful?, en español: “¿Quieres la verdad o algo bonito?”. Eso me parece apropiado aplicarlo a una parte de la realidad de la pastoral juvenil. Más allá de retiros, de compartir con ellos y de acompañarles, hay algo bastante difícil que no solemos mencionar: que la dificultad es una cierta exigencia personal de coherencia, de vulnerabilidad, de autenticidad, de saber que nunca tendrás todas las respuestas y que, en ocasiones, serás impotente por no poder hacer mucho por los jóvenes y la realidad que les toca vivir. No es fácil sentirse poco útil, incluso puedes pensar que estás perdiendo el tiempo o que muchos simplemente no entienden por qué lo sigues haciendo.

En este sentido el filósofo francés Jacques Derrida habla de que “la fuerza de nuestra debilidad es que la impotencia separa, libera, emancipa”. Es decir, trabajar con jóvenes es duro porque implica mucho trabajo personal, mucho tiempo con ellos para entender su mundo y tienes que dejarte impregnar de todo eso, pero, ¿quién quiere hacer eso? Sin duda pocos, pero no necesariamente valientes. Es preciso reconocer, trabajar y aceptar la debilidad, pero no es que todo se transforme en fuerza, sino que es parte de la aceptación ya que los jóvenes piden autenticad, humanidad y por eso exigen personas que se enojan y piden perdón, sacerdotes capaces de atreverse a ser niños con ellos, personas enamoradas de Jesús que no son indiferentes al mucho desamor que existe en nuestro mundo.

A muchos es posible que les dé miedo, vergüenza, que sospechen de los jóvenes y sientan su rechazo. A veces yo experimento todo eso. Pero también siento la acogida de algunos, y sé también que ello da sentido a mi vida sacerdotal, aunque cueste hasta gotas de sangre y no pocas lágrimas de frustración o simplemente algo que emane de mi propia humanidad muy herida.

Esto me hace recordar el libro del CELAM: “Civilización del Amor, Proyecto y Misión”, que explica las etapas por las que ha pasado la pastoral juvenil. Me identifico mucho con una de ellas, la que ve a los jóvenes como un “lugar teológico”, pues para mí ellos son “un lugar” privilegiado donde he encontrado la presencia de Dios. No sin dificultad ni exigencia; en ocasiones como una incómoda experiencia de cruz, debilidad y vulnerabilidad.

Sé que a veces busco algo bonito, su aceptación y confianza; algo de todo eso hay, pues tampoco se trata de un valle de lágrimas, pero sí es un camino de entrega que humanamente, nos cuesta.

Desde este contexto marcado por el Coronavirus pensemos cómo reacciono frente a circunstancias adversas o simplemente difíciles. Me gustaría, ante las preguntas de los jóvenes, tener respuestas para ellos y para mí mismo; me gustaría entender bien su mundo y el mío, estar a la altura, etc. A veces no sé si puedo con todo eso y pienso que posiblemente no es exactamente lo que piden. Quieren guías, ayudantes, no expertos que lo sepan todo. Por eso en los milagros de Jesús suelo reflexionar sobre el doble milagro que suele acontecer: Jesús que quiere sanar y la persona que deja que Dios la toque.

Ese debe ser lo principal que, desde mi labor pastoral debo conseguir: dejar que los jóvenes me palpen, me interroguen, vean mis fallas y contradicciones porque siento que eso los hace ver que también soy uno de ellos. Si bien es cierto que puede ser incómodo estar siempre expuesto -y no estoy ni mínimamente a la altura de lo que escribo aquí-, sé que eso es necesario porque he experimentado el gozo, la alegría y la fe de los jóvenes, así como su frustración, sus inquietudes y dificultades.

San Agustín escribió en el siglo IV, en una de sus cartas, que ser un pastor malo, sin compromiso y sin entrega es básicamente fácil. Ser mínimamente entregado, comprometido y dispuesto a ensuciarse es muy difícil. Los jóvenes piden mayor coherencia, autenticidad y humanidad. Nadie puede hacerlo todo, así que experimentar la vulnerabilidad cada sábado por la tarde no siempre es agradable, pero estoy convencido de que estamos en tiempos importantes para la Pastoral Juvenil. Por eso insisto en animar a los jóvenes a buscar la verdad y no algo bonito. De no ser así, prefiero no estar ahí. No obstante, mi Dios conoce muy bien la vulnerabilidad, la impotencia, la debilidad. Es ahí donde lo suelo encontrar.

-El autor es sacerdote de la Orden de Agustinos Recoletos, vicario parroquial en San Juan Diego, Delicias, y asesor de las Juventudes Agustino Recoletas de Chihuahua.

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