Especial Semana Santa

El costado abierto de Cristo

… y salió inmediatamente sangre y agua” (Jn 19,34).

Por: Mons. Luis Carlos Lerma.

El Viernes Santo es el día en que conmemoramos la muerte de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. En la celebración litúrgica de este día escuchamos el relato de la Pasión y muerte de Jesús en el Evangelio de San Juan. Vamos a fijarnos en el versículo 34 del capítulo 19, que dice: “Pero uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y, en seguida, brotó del costado sangre y agua”.

Por una parte, sangre y agua son componentes del cuerpo humano; decir que salieron sangre y agua del costado abierto de Jesús, es afirmar que Jesús realmente tuvo un cuerpo humano, como nosotros; él es uno de nosotros. Por otra parte, es la consecuencia de que el Hijo de Dios se haya encarnado. “Y la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14). Y, como todos los mortales, murió él también. Es la última consecuencia de haber asumido nuestra naturaleza humana, morir.

Jesús ya había muerto, por eso no le quebraron las piernas; la intención de quebrar las piernas era para precipitar la muerte, bajar los cuerpos rápido y que la vida continuara. Si un soldado atravesó su costado con su lanza fue para comprobar que ya había muerto. Entonces, ya muerto, de su costado abierto por aquella lanza, salió sangre y agua. Lo cual muy pronto fue interpretado por los santos Padres como los dos sacramentos de la Iglesia, el Bautismo (agua) y la Eucaristía (sangre) que, brotando del costado abierto de Cristo en la cruz, donde nos amó hasta el extremo, nos dan la Vida verdadera y eterna, Vida en abundancia (Cf. Jn 10,10).

Esto es muy interesante, porque así como Cristo resucitado se puso a explicarles a los discípulos de Emaús y luego a los apóstoles y demás discípulos reunidos en Jerusalén, todos los pasajes del Antiguo Testamento que se referían a él (Cf. Lc 24,27.44), así podemos ver algunas prefiguraciones de este acontecimiento en la Sagrada Escritura.

Del costado abierto del hombre, Dios hizo brotar la vida. Porque la vida biológica viene de la unión del hombre y la mujer (Cf. Gen 2,21-25). Dios creó al ser humano para la inmortalidad; si por engaño de satanás y desobediencia del hombre a Dios entró la muerte en la creación (Cf. Sab 2,23-24), esto no impide que siga existiendo en el hombre el anhelo de la vida verdadera, de la auténtica felicidad. Esta restauración de la vida nos viene del costado abierto de Cristo en la cruz, del Bautismo y la Eucaristía.

Noé abrió el arca que construyó, según el mandato de Dios, para que entraran los que se habrían de salvar de las aguas del diluvio (Cf. Gen 7,1.7). Se libraron de la muerte y la vida se renovó (Cf. Gen 8). En el costado abierto de Cristo muerto en la cruz, nosotros podemos salvarnos de la destrucción (el pecado y la muerte) y obtener la nueva Vida. El Bautismo es perdón del pecado que conduce a la muerte y nacimiento a la vida de hijos de Dios, vida que la Eucaristía conserva, hace crecer y madurar hasta su plenitud.

En Masá y Meribá (Cf. Ex 17,1-7), el pueblo de Dios experimentó la cercanía de la muerte, que seguramente vendría por la sed. Pleiteó (Meribá) con Moisés por sacarlos de Egipto a morir en ese lugar; y puso a prueba (Masá) a Dios preguntando: “¿Está el Señor con nosotros o no?” (Ex 17,7). En realidad, los que estaban siendo puestos a prueba eran los israelitas. Una manifestación más para que Israel se convenciera de que Dios está realmente con ellos. ¿Será suficiente? ¿Será la última? ¿Ya confiarán definitivamente en el Dios que los liberó de la muerte y de la esclavitud?

Moisés, con el mismo bastón con el que Dios abrió las aguas del mar Rojo, abrió la roca que tocó, e hizo brotar agua para que el pueblo bebiera y también sus ganados. Dios los libró de la muerte y les conservó la vida. Esto mismo sucede en nosotros cuando nos acercamos al costado abierto de Cristo muerto en la cruz, de donde brotaron sangre y agua. Somos salvados de la muerte por el agua del Bautismo, naciendo al mismo tiempo a una nueva vida; y alimentamos esta nueva vida con la Eucaristía, para seguir caminando, avanzando hasta alcanzar la tierra prometida, el Reino de Dios, la verdadera Vida, la Vida eterna, la felicidad plena.

Todas estas bendiciones nos vienen sólo por la muerte de Cristo. Muerte que ya es victoria, muerte que es ofrenda de amor a Dios por nosotros. Espérense a lo que nos trae la resurrección de entre los muertos y la gloriosa ascensión a los cielos de nuestro amado Señor y Salvador.

“Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

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