Reportajes

“Siempre he estado acompañado del Señor”

Ordenaciones diaconales: Luis Fernando Riojas

¡ATENCIÓN! Ante la emergencia sanitaria que se vive debido a la propagación del Coronavirus (COVID-19), se solicita a la comunidad seguir las transmisiones en vivo que de esta celebración se realizarán, a través por ejemplo del Facebook Live de Notidiócesis, con el fin de evitar posibles contagios, puesto que SÓLO SERÁN EL CLERO Y LA FAMILIA CERCANA los que participarán en dicha ceremonia.

Por: Patricia Carrillo Gómez.

Luis Fernando Riojas Durán nació el 7 de diciembre de 1994 en Cuauhtémoc, Chihuahua. Hijo mayor -tiene una hermana- de Jesús Manuel Muñoz y Roxana Riojas, ambos fallecieron cuando él tenía cinco años, dejándoles en la orfandad.

Despertar de la fe

“Desde la muerte de mis padres, mis abuelos maternos Ana María y Lázaro nos llevaron a vivir con ellos, a Camargo. Mi abuela Anita se aferró más a Dios, y desde pequeño la acompañaba casi a diario a Misas, Horas Santas y Rosarios. Creo que fui uno de los últimos niños que ofrecían flores a María, diariamente en mayo, de mano de mi abuelita. Vivíamos a dos cuadras de Santa Rosalía”.

Ministerios parroquiales

“Un Viernes Santo, cuando tenía seis años, el párroco de entonces P. Vicente Gallo, me invitó a ser monaguillo. Mi primera confesión fue con él, ¡me imponía mucho! Como monaguillo duré hasta 2011. En el 2008 me invitaron a un retiro de evangelización, del cual pasé al grupo de jóvenes de San Isidro Labrador, sin dejar mi servicio al altar. También me gustaba servir en las Pascuas juveniles”.

La decisión

“Con el P. Carlos Felipe Lozano tuve una amistad muy profunda, siendo él párroco de Santa Rosalía. Le acompañaba en sus recorridos parroquiales; él me sugirió que hiciera el Preseminario en junio de 2010. Aún no terminaba la prepa.

Terminado el pre, mi abuelita estuvo delicada de salud, por ello no di mucha relevancia a mi decisión por el sacerdocio, mas cuando ella mejoró un poco, se lo compartí y lloró de alegría. Ella falleció el 18 de julio de 2011, y el 18 de agosto entré al Seminario. Quizá no viví bien el duelo por su muerte, pero como la cuidé integralmente durante su enfermedad, noche y día, lloré mucho pero al mismo tiempo me sentí muy tranquilo por saber que ya descansaba. ¡Claro que me dolió, era mi madre!

Mis tíos me dijeron que estaba bien que me fuera al Seminario; pero en cuestión de apoyo -en todos los sentidos- el P. Carlos Felipe me ayudó mucho al encomendarme con unos amigos suyos: Alberto Pérez y Linda Cobos, quienes estuvieron al pendiente de mí durante mi estadía en el Seminario. Hasta la fecha me siento por ello sumamente bendecido y agradecido, ya que se hicieron cargo de mí en todo sentido, al grado que les digo ‘papá y mamá’. Cuando me preguntan cuántos hermanos tengo, respondo que cuatro: una de sangre y tres de adopción”.

El Seminario

“Entré al Seminario sintiéndome pleno y feliz. Pero en segundo de Filosofía tuve una gran confusión, muchas dudas y angustia. Quería saber a dónde voy y de dónde vengo. Quería acomodar de golpe muchas piezas del rompecabezas de mis 17 años. Además, batallé mucho con el aprendizaje de Filosofía; tuve algunas dificultades, al grado que me hicieron tomar la decisión de dejar el Seminario. El P. Martín Barraza, rector en ese tiempo, conociendo mi situación me sugirió tomarme un tiempo, sin alejarme del apoyo espiritual”.

Afuera

“Corría 2015 cuando una tía que vive en Estados Unidos me dijo que mi hermana y yo fuéramos allá para firmar papeles de residencia. Yo ignoraba que mi abuelito era ciudadano estadounidense y desde niño nos estaba arreglando los documentos pues legalmente éramos sus hijos. Ese año fue muy provechoso. Creo que el Señor me sacó del Seminario para discernir bien y revalorar mi decisión al sacerdocio. Pude arreglar mis documentos, trabajar y aprender inglés”.

El regreso

“Cuando regresé a Chihuahua, un amigo seminarista me invitó a Coyame para ayudarle en una misión de Semana Santa. Acepté, pero nos separaron y me dieron una comunidad como si fuera uno de ellos. Lo disfruté mucho y me dije: ‘De aquí soy’. Al terminar, sin pensarlo dos veces, acudí al Seminario y me aceptaron de nuevo. Cuando empecé a batallar de nuevo con las materias, me encomendé a Dios y me propuse ‘ponerme las pilas’ para ser un buen sacerdote. Esto me ayudó mucho cuando mi abuelo Lázaro murió, hace apenas un año. Lo logré por gracia de Dios y reconozco que si no hubiera sido por mis abuelitos, no sé dónde estaría. Dios se vale de todo. Siempre me he sentido acompañado por el Señor”.

Recta final

“En enero fui a la Basílica en CDMX. Lo primero que hice fue ponerme a las plantas de María, para decirle que serviría a su Hijo con todo lo que soy. Justo 15 días después nos llamó el Arzobispo: ¡Me sentí escuchado por Ella, tranquilo, en paz! Me gusta también honrarla, cuando tengo oportunidad, con los danzantes de La Salle”.

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