Reportajes

“‘Señor, llámame’. ¡Y me llamó!”

Ordenaciones diaconales: Salvador Franco Hernández

¡ATENCIÓN! Ante la emergencia sanitaria que se vive debido a la propagación del Coronavirus (COVID-19), se solicita a la comunidad seguir las transmisiones en vivo que de esta celebración se realizarán, a través por ejemplo del Facebook Live de Notidiócesis, con el fin de evitar posibles contagios, puesto que SÓLO SERÁN EL CLERO Y LA FAMILIA CERCANA los que participarán en dicha ceremonia. .

Por: Patricia Carrillo Gómez.

Salvador Franco Hernández nació el 10 de marzo de 1986 en Chihuahua, hijo de Emeterio Franco Cisneros (+) y Ma. Martha Hernández Chávez, el menor de cinco hermanos. Es originario de la parroquia El Buen Pastor.

El inicio

“Mi mamá asistía a un grupo de oración del Inmaculado Corazón de María; siendo el menor, siempre me llevaba con ella, tenía unos cuatro años. Recuerdo que cuando ellas empezaban a cantar, me tapaba las orejas y salía corriendo fuera del templo. La acompañaba también cuando le tocaba limpiar el templo una vez por semana; me metía bajo las bancas imaginando un mundo sólo para mí. Fueron mis primeros contactos con la religión. Ya mayor, rezábamos el Rosario y acudíamos a Misa en Santa Teresita, de colonia Dale, porque ahí vivía mi abuelita. No me gustaba ir a Misa y, de camino, mi mamá decía que si ya había iniciado la celebración no entraríamos: yo pedía a todos los santos que no pasara el camión o que tocaran muchos semáforos. Además teníamos que acompañar cada domingo a mi abuela al panteón para visitar la tumba del P. Maldonado, del que era muy devota”.

Seminario: primer contacto

“Estaba en preparatoria cuando nos invitaron a un retiro de evangelización. Acepté por pasar el tiempo con mis amigos; no sabía en qué consistía. Ese retiro fue fundamental para mí, porque ahí tuve un encuentro con Dios aunque no lo supe entonces, pero me sentía feliz y lleno de Espíritu Santo. No recordaba el Padre Nuestro ni el Ave María, pero aquello fue un parte aguas pues comencé a ir al grupo de jóvenes, a rezar el Rosario. Me gustaban mucho las Horas Santas para después quedarme a Misa. Todo esto duró un año, hasta que el P. Agustín Becerra, mi párroco entonces, me invitó a una posada vocacional en diciembre; nuevamente acudí acompañado de mis amigos. Ignoraba cómo era el Seminario. Sabía que ahí estudiaban los sacerdotes, pero nada más. Me gustó mucho. Jamás me había planteado ser sacerdote, pero me gustó tanto la experiencia que iba a todos los jueves vocacionales, disfrutando la Hora Santa, Misa y cena en convivencia. En ese entonces había estado en varias preparatorias porque no era muy bueno en la escuela, pero motivado por lo vivido, empecé a hacer las cosas bien”.

La invitación

“Empezaron a invitarme para que me quedara en el Seminario; yo ponía de pretexto no haber acabado la preparatoria y que si bien me sentía feliz acudiendo cada jueves, me fascinaba el ambiente y el Seminario se me hacía el lugar más feliz, no quería ser sacerdote. Ellos me dijeron que terminara la preparatoria dentro del Seminario y a ver qué pasaba. No quise desaprovechar la oportunidad de terminar mi escuela en el lugar que más me gustaba y pedí la admisión. Mi mamá estaba feliz, siempre ha sido mujer de mucha oración; aún así me dijo que, si no quería seguir, no pasaba nada”.

El ingreso

“Entré el 30 de agosto de 2006. Mi principal temor eran los estudios, nunca fui muy bueno. Me imponía ver a mis compañeros siempre estudiando. Empecé a esforzarme y a leer para estar a su altura.

Me inspiraron mucho unos libros del Cardenal François-Xavier Nguyen Van Thuan, donde narra su encarcelamiento, y Testigos de Esperanza de Juan Pablo II; además los de San Juan Bosco. Así comenzó mi idea de ser sacerdote. En una plática con Monseñor Víctor Gómez, al exponerle mi inquietud, me dijo: ‘Si no te sientes llamado, pídele a Dios que te llame’. Me fui a la capilla y le dije de todo corazón: ‘¡Señor, llámame!’ Aún cursaba la prepa, pero sentí que Dios me tomó la palabra.

En segundo de Filosofía, por causas de fuerza mayor, dejé el Seminario cuatro años. Seguía estudiando y trabajando en la parroquia. La gracia de Dios se vale de los elementos aparentemente más intrascendentes y extraños para llamar a las personas: era mi caso particular. Regresé a tercero de Filosofía. Me sentí feliz y tranquilo. Siempre extrañé mi casa formadora y me dio algo de tristeza ver que mis compañeros de generación estaban por salir, tuve que adaptarme a mis nuevos compañeros y seguí perseverando”.

Junto a la meta de salida 

“En Teología di gracias a Dios con todo mi ser; la oración en el Sagrario ha sido fundamental para sentirme pleno y acompañado, así como escudriñar diariamente las Escrituras. Cada mañana muy tempranito llegaba a la capilla y quedito le decía: ‘Buenos días, Señor, aquí estoy de nuevo para agradecerte tu gran misericordia hacia mí’. Me quedaba mirándolo en esa cruz que me impactaba tanto; no dejaba de verlo en su naturaleza humana: solo, desnudo, como me he sentido muchas veces; pero aun con las diferentes cruces que cargamos, he procurado decirle que no me las quite. Trato de unir mi dolor al suyo.

Hoy me siento nervioso pero muy feliz, agradecido con Dios porque después de tanto tiempo llego a mi meta de salida. Quiero ser un sacerdote de oración, hacer lo que me toca, escuchar a la gente”.

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