Del Santoral semanal, Santo de la Semana

San Romero de América

Festividad litúrgica: 24 de marzo

Por: Raúl Sánchez K.

“No hay nada tan importante como la vida humana, como la persona humana. Sobre todo, la persona de los pobres y oprimidos” (Mons. Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, 16 de marzo de 1980).

En El Salvador, el 24 de marzo de 1980, el día de su asesinato, nadie pensó en términos de canonización, pero mucha gente habló de la excelencia humana y cristiana de Monseñor Romero. Llorando, una campesina dijo: “Mataron al santo”. Días después, Mons. Pedro Casaldáliga escribió: “San Romero de América, nuestro pastor y mártir”. Nadie pensó necesario trabajar en alguna curia para declararlo santo.

Vocación

Óscar Arnulfo Romero nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, El Salvador, en 1917. A muy temprana edad sufrió una grave enfermedad que le afectó notablemente en su salud.

Ingresó al Seminario Menor de San Miguel, de los Claretianos, en 1931, y luego pasó al Seminario San José de la Montaña, de los Jesuitas, hasta 1937.

Ordenado sacerdote a los 25 años en Roma, pero por la guerra regresó a El Salvador. Su primera parroquia fue Anamorós. Poco después pasó a San Miguel por aproximadamente veinte años.

Era sumamente caritativo y entregado. Dada su amplia labor sacerdotal fue elegido Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador.

En 1970 fue Obispo Auxiliar de San Salvador, años muy difíciles para él. No se adaptaba a algunas líneas pastorales que se impulsaban en la Arquidiócesis.

La  violencia avanzaba y la persecución a la Iglesia.

Luego de muchos conflictos en la Arquidiócesis, fue nombrado Obispo de la Diócesis de Santiago de María.

En 1975 creía ilusamente en el Gobierno, grave error. Poco a poco se enfrentó a la dura realidad de la injusticia social.

En ese ambiente, fue nombrado Arzobispo de San Salvador el 3 de febrero de 1977.  En marzo fue asesinado el P. Rutilio Grande (próximo beato), amigo del Obispo, cuya muerte le dolió. La situación se complicó. Hubo un fraude electoral y una protesta generalizada.

Homilías iluminadoras

En su ministerio, Mons. Romero fue implacable protector de la dignidad de las personas, sobre todo de las más desposeídas. Denunció la violencia y enfrentó cara a cara a los autores del mal.

Sus homilías fueron cita obligada de todo el país cada domingo. Desde el púlpito iluminaba a la luz del Evangelio los acontecimientos y ofrecía esperanza para cambiar la estructura de terror.

Última homilía

El domingo 23 de marzo de 1980 Mons. Romero pronunció su última homilía, considerada por algunos como su sentencia de muerte: “En nombre de Dios y de este pueblo sufrido… les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, cese la represión”.

Al día siguiente fue asesinado mientras oficiaba la Eucaristía en la Capilla del Hospital La Divina Providencia. Sus funerales fueron una manifestación popular de compañía: sus queridos campesinos, las viejecitas de los cantones, los obreros de la ciudad, algunas familias adineradas que también lo querían.

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