Editorial, En tinta china

Pidamos de nuevo la paz

En tinta china

Por: Luis Efrén.

Nos queda claro, muy claro, que la pintura se quita y que los vidrios quebrados se reponen; que el desastre se limpia. También queda muy claro que cada uno, sea mujer o sea varón, no puede ser sujeto de la violencia criminal en cualquiera de sus formas. Está muy claro.

Pero hay ocasiones en que la educación, la formación y los valores que recibimos en casa y en la escuela, dejan mucho que desear, y eso sí que pongo en duda refiriéndome a numerosas personas que el día 8 se manifestaron en diversas ciudades del país, incluidas algunas del estado de Chihuahua.

La marcha que organizaron ese día, se dijo que era para reclamar el fin de la violencia contra ellas, pero lamentablemente ellas también marcharon y actuaron con violencia y además, usaron eso de la violencia para pedir la legalización de un crimen abominable: el aborto. Durante la marcha en Chihuahua capital, pudimos observar a través de un video difundido en redes sociales por un medio de comunicación local, que al final del contingente, una mujer increpaba a otras y las corría del lugar porque portaban un pañuelo azul: es decir, las corría porque se trataba de mujeres adheridas al movimiento por la vida. La susodicha les gritó que se fueran, que los pro vida no tienen cabida en ese lugar, en esa marcha; que “feminismo” y “pro vida” no son compatibles.

Ante esto me cuestiono hasta dónde el diablo ha entrado en la mente y en el corazón de las personas. ¿Recuerdan ustedes que anunciaron la marcha con la consigna de defender la dignidad de la mujer, y dijeron que no era una marcha pro aborto, sino para pedir respeto para ellas? Pues no fue así: el respeto no se lo dieron ni ellas mismas, algunas de las cuales se subieron a la estatua en la glorieta de Pancho Villa y exhibieron sus cuerpos. No respetaron, porque la mujer que corrió a las otras mujeres generó violencia al gritarles. No actuaron sin violencia, pues llevaban pancartas con frases ofensivas, pintarrajearon paredes y estaciones del Vivebús y gritaron constantemente: “¡aborto ya!”.

El testimonio de una de las mujeres que fue corrida de la marcha lo publicó en las redes sociales. Dijo haberse sentido insegura en la marcha, en cambio, cuando el domingo por la noche asistió a una Hora Santa convocada en el exterior de un templo, se sintió así: “Ahí estaba yo sola, a las ocho de la noche, afuera de un templo, en medio de tanta gente Y JAMÁS ME SENTÍ TAN SEGURA”.

Sigamos orando todos juntos por el fin de toda violencia, y para que quienes luchan por los derechos y la dignidad de todas las mujeres, lo hagan también por todos, hombres y mujeres de cualquier edad. Hoy recuerdo al querido Papa San Juan XXIII, quien ya casi al finalizar su pontificado dio a la Iglesia su último regalo: la encíclica Pacem in terris: “Que Cristo encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De esta manera, bajo su auspicio y amparo, todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz” (n. 171).

Que el Señor dirija nuestros pasos.

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