Artículos, Escala de Jacob

Llena del Amor de Dios

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel.

1. Recordamos en estos días, el 25 de marzo, la Solemnidad de la Anunciación, una fiesta muy feliz que nos introduce en el gran misterio de la Encarnación al tiempo que nos da las primeras señales de la Iglesia, su origen y devenir histórico y escatológico, cuya figura perfecta y plenamente acabada es la Inmaculada Madre de Jesús.

San Lucas (Cf 2,26-27) nos cuenta que cuando corría el sexto mes de la gestación de Juan, el Precursor, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a Nazaret, “a una virgen que estaba comprometida con un hombre, perteneciente a la familia de David, llamado José” (Cf. Lc 1,26-27).

Y “el nombre de la virgen era María”. Era María.

Mas desde aquel momento, la misma Palabra de Dios nos invita a aprender el nuevo nombre de aquella virgen, nombre nuevo que por primera vez sobre la tierra es pronunciado por el Mensajero del Cielo: “Llena de Gracia”. ¡Llena de Gracia, Ella es la música más agradable a Dios, aquella que vibra y siempre vibrará en el seno de la Trinidad Santa! Música que ha resonado también en las más bellas composiciones artísticas de la humanidad y que continuamente resuena en el seno de la Iglesia y de la humanidad redimida.

2. Aquel lejano día, en Nazaret, “al oír estas palabras Ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. El Ángel le dijo: ‘No temas María, porque Dios te ha favorecido’. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Cf Lc 1, 29-31). Será grande, será llamado Hijo del Altísimo. Su reino no tendrá fin” (Cf Lc 1,32-33). Y el Hijo de Dios eternamente engendrado por el Padre, descendió al seno de la Virgen Llena de Gracia, y sobre Ella “el Espíritu Santo descendió y el poder del Altísimo la cubrió con su sombra” (Cf. Lc 1,35).

Así fue cómo Ella, que ya era Inmaculada desde su Concepción, en el momento de la Encarnación quedó “cubierta por la sombra” del Espíritu Santo, bajo las alas y el poder del Altísimo, de tal manera que la belleza, la gracia y la gloria de Dios superan, en María, a la gracia y la gloria de Dios en todos los ángeles y en todos los santos.

3. Era necesario así, pues en Ella no se gestaba cualquiera sino Jesús, Dios humanado, su hijo verdadero. Y todo lo que se diga de la belleza de la humanidad de Jesús, podemos aplicarlo a la de María, pues sólo de aquella de la que desborda la gracia, de aquella cubierta por el Espíritu de Dios, Jesús tomó su humanidad.

¡Virgen de barro y de gracia, de huesos y Espíritu Santo!, en ti se ha gestado este Niño y de ti nació en la carne el Hijo de Dios. De ti y sólo de ti tomó su naturaleza humana, llena de gracia y de verdad (Cf Jn 1,14).

4. Antes dijimos algo sobre las primeras señales de la Iglesia, pues si primero en María se gestó Jesús, después se ha seguido Él gestando en los bautizados, hasta completar el Cristo total.

Escribió San Luis Grignion de Montfort, en su Tratado de la Verdadera Devoción a la Virgen María (TVM): “Jesucristo es hoy, como siempre, fruto de María. El cielo y la tierra lo repiten millares de veces cada día: ‘Bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Es indudable, por tanto, que Jesucristo es tan verdaderamente fruto y obra de María para cada hombre en particular que lo posee, como para todo el mundo en general. De modo que si algún fiel tiene a Jesucristo formado en su corazón, puede decir osadamente: ¡Gracias mil a María; lo que poseo es obra y fruto suyo y sin Ella no lo tendría!’. Y se pueden aplicar a María, con mayor razón de la que tenía San Pablo al aplicárselas a sí mismo, estas palabras: ‘¡Hijos míos, por quienes sufro nuevamente los dolores del parto hasta que Cristo sea formado en ustedes! (Cf. Gal 4,19), en madurez perfecta’ (Cf. Ef 4,13)” (TVD n. 33).

5. Todavía añade el de Montfort: “María ha colaborado con el Espíritu Santo en la obra de los siglos, es decir, la encarnación del Verbo de Dios” (TVD n. 35), esto es, hasta que suceda lo que dice Pablo. Para la realización de esta obra, “cuando el Espíritu Santo, su Esposo, la encuentra en un alma, vuela y entra en esa alma en plenitud, y se le comunica tanto más abundantemente cuanto más sitio hace el alma a su Esposa. Una de las razones de que el Espíritu Santo no realice ahora maravillas portentosas en las almas es que no encuentra en ellas una unión suficientemente estrecha con su fiel e indisoluble Esposa. Digo ‘fiel e indisoluble’ porque desde que este Amor sustancial del Padre y del Hijo se desposó con María para producir a Jesucristo, Cabeza de los elegidos, y a Jesucristo en los elegidos, jamás la ha repudiado, porque Ella se ha mantenido siempre fiel y fecunda'” (TVD n. 36).

6. En nuestros días, ha dicho Benedicto XVI que “en la encarnación del Hijo de Dios reconocemos los comienzos de la Iglesia. De allí proviene todo. Cada realización histórica de la Iglesia y cada una de sus instituciones deben remontarse a aquel Manantial originario. Deben remontarse a Cristo, Verbo de Dios encarnado. Es Él a quien siempre celebramos… por medio del cual se ha cumplido la voluntad salvífica de Dios Padre. Y, sin embargo, el Manantial divino fluye por un canal privilegiado: la Virgen María. […] Por tanto, al celebrar la encarnación del Hijo no podemos por menos de honrar a la Madre. A ella se dirigió el anuncio angélico; ella lo acogió y, cuando desde lo más hondo del corazón respondió: ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’, en ese momento el Verbo eterno comenzó a existir como ser humano en el tiempo”.

7. El entonces Papa en aquella homilía de marzo 25 de 2006, prosiguió: “San Agustín, imaginando que se dirigía al Ángel de la Anunciación, pregunta: ‘Dime, oh Ángel, ¿por qué ha sucedido esto en María?’. La respuesta… está contenida en las palabras del saludo: ‘Alégrate, llena de gracia’. De hecho, el Ángel, ‘entrando en su presencia’, no la llama por su nombre terreno, María, sino por su nombre divino… Llena de Gracia, y la gracia no es más que el amor de Dios'”, la Trinidad que cubre y desborda a María.

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