Artículos, Caminando con el Papa

Llamados del polvo a la Vida

Caminando con el Papa

Por: Cristina Alba Michel.

I. El Papa y el Evangelio

Llamados del polvo a la Vida

1. El Miércoles de Ceniza, día que abre el camino de Cuaresma, debería ser un día muy feliz. Más aún, la abstinencia y el ayuno -prácticas de penitencia- nos deben recordar que hemos sido creados para ser felices y que la misma penitencia será creíble si nuestro rostro está alegre.

¿Por qué? Porque todo esto nos recuerda que, en esta vida, no vagamos sin sentido, no andamos al azar. Alguien nos llamó a la vida y ese Alguien nos espera más allá de la muerte, con un abrazo que no es posible imaginar.

2. El 26 de febrero comenzamos el desierto cuaresmal y el Papa Francisco dijo algo muy bello: “La ceniza nos recuerda el trayecto de nuestra existencia: del polvo a la vida”. Es verdad, “somos polvo, tierra, arcilla; pero si nos dejamos moldear por las manos de Dios, nos convertimos en una maravilla”.

Es normal que en algunos momentos de la vida, “especialmente en las dificultades, en la soledad, solamente veamos nuestro polvo. Pero el Señor nos anima: lo poco que somos tiene un valor infinito a sus ojos. ¡Ánimo!, nacimos para ser amados, para ser hijos de Dios”. O como dijo una vez Benedicto XVI: “Somos polvo, pero polvo amado”.

3. Así pues, con la memoria feliz de la ceniza en la cabeza o en la frente, dejemos a un lado pensamientos negativos, creencias supersticiosas o seudo-católicas que hablan de fatalidad. Entremos en el dinamismo feliz de quien sabe que sí, que es miserable y pecador, pero que justo en ese momento, cuando se reconoce necesitado de Dios, el Señor puede actuar libremente en él para mostrar su maravillosa e insondable misericordia. Ese gran Corazón que late por cada uno de nosotros, pobres gusanillos temerosos, es el que se ha dejado traspasar por una lanza para transportarnos -a través de los benditos Sacramentos- desde el polvo hasta la vida eterna. La vida plena. El instante feliz de un Amor nuevo y grande que no tiene final.

II. Glosas y comentarios

Convertir el corazón

1. Segundo domingo de Cuaresma. Queda mucho tiempo todavía para recorrer este desierto de 40 días, para “convertir” el corazón a Dios. Y aun cuando cada año se habla de ello, se escucha y hasta se lee, no acabamos tal vez de tener claro qué es eso de la conversión.

Hacemos de este tiempo litúrgico una especie de tour espiritual. O peor aún, gastronómico, para probar platillos especiales que el resto de año “no se acostumbran”.

Cierto que algunos tomamos la ceniza, otros recordamos la necesidad de la confesión, otros más incluyen otras prácticas espirituales y todo esto está bien: todo esto es bueno pero no es todo y no es el núcleo de la conversión.

2. La conversión del corazón tiene que ver con el conocimiento del Padre. ¿Y cómo podemos conocer al Padre, si no contemplamos a Jesús? ¿Cómo podemos conocer al Padre si no es a través del rostro de su Hijo que pasó entre nosotros “haciendo el bien”, más aún, el bien supremo de dar su vida por nosotros, por ti, por mí?

No. No conoceremos bien al Padre si no nos acostumbramos a contemplar el rostro del Crucificado, donde se manifiesta que “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores”. Lo dice San Pablo en su Carta a los Romanos (5,8).

3. Mírate en el rostro de Jesús, piérdete en sus ojos, entra en su Corazón. La lanza del soldado abrió esa puerta, esa frontera antes infranqueable entre el hombre y Dios, y la gracia se derramó para los pecadores. Ahora es posible entrar en él, navegar en él, sentirlo, dejarse envolver, escucharlo, responderle, amarlo. Sí, amarlo, aún desde la pequeñez de un imperfecto “te quiero”, que será recibido por su infinito e inmenso “te amo”.

Será sólo entonces, después de entrar en esos ojos y en ese corazón, después de comprender a través de ellos la mirada y el corazón del Padre misericordioso, cuando estaremos preparados para comprender y experimentar qué es eso de la conversión. En esa hora, nuestra vida cambiará, nuestra manera de mirar a Dios cambiará, y Él cambiará nuestra forma de mirarle, de amarle, de mirar y de amar a los hermanos. Conversión.

Pensar

La experiencia de la misericordia… es posible sólo en un ‘cara a cara’ con el Señor crucificado y resucitado… Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo… De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad” (Papa Francisco, Mensaje Cuaresma 2020).

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