Artículos, Escala de Jacob

Las palabras más bellas de María

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel

1. El silencio de María es su palabra más sabia, y de sus palabras habladas -pocas, breves, dulces y eficaces-, lo son “hágase en mí”, y “hagan lo que Él les diga”. Donde Ella se expande es en la alabanza, y entonces, llena del Espíritu Santo, pronuncia alegría y hace música para Dios “mi Salvador”.

Aparte del Magníficat, que nos recuerda la oración de Ana cuando entrega su pequeño Samuel a Dios y que nos hace descubrir a María como Arpa de la Palabra, en los Evangelios aparece la Virgen en silencio: es su silencio nacido de la contemplación, de la oración, de la fe y de la humildad; el silencio de la aceptación, de la obediencia, de la confianza y la esperanza; es también el silencio de la alegría y del arrobamiento cuando navega en los ojos de su Jesús recién nacido; es el silencio de su maternidad divina y de su maternidad cotidiana, de su cariño de esposa y su virginidad sellada; el silencio de su atención en el discipulado y su descubrimiento de Jesús Maestro; es el silencio nutrido de la Cruz, el silencio de sus lágrimas y el de su maternidad espiritual.

2. Pero María, tan llena de la Palabra que la desborda, no podía permanecer siempre callada. Si bien a Ella no le pesa, al Padre y al Hijo les pareció bien que nos hablara. Y la han enviado, una y otra vez, a animarnos, a exhortarnos, a reprendernos dulcemente y a recordarnos lo que el Padre quiere, lo que Jesús dice. Fue así como María, en quien se goza el Espíritu Santo -“el que conduce a la Iglesia hacia un constante progreso en la comprensión de la verdad revelada y vela por la enseñanza de dicha verdad” (Juan Pablo II, Catequesis mayo 1989)-, ha vuelto a la tierra unida a Él en estos últimos siglos para ayudar a la Iglesia y a cada uno de los fieles a recordar y comprender la verdad de Cristo.

3. Vino, aún en vida, al apóstol Santiago en el siglo I de la era cristiana: para darle ánimo en su trabajo evangelizador y concederle los frutos de sus fatigas. Se le llamó “Virgen del Pilar”, porque apareció sobre un pilar, que simboliza la fe apostólica, la fe de la Iglesia. Y después, a través de los siglos, siguió viniendo para alentar a sus hijos: son muchos los santos, y también los ejércitos que recibieron su visita, su mirada, su protección y sus consejos; pero también sus enseñanzas en el silencio del corazón y de los oídos. De los más conocidos, San Bernardo, San Buenaventura, San Alfonso María de Ligorio, San Luis Grignion de Montfort; más recientemente, San Maximiliano Kolbe, Santa Teresa de Calcuta, San Juan Pablo II, Stefano Gobi. A partir del siglo XIX, apariciones a numerosos videntes con mensajes para una humanidad que se va olvidando de Dios. María, llena del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios que se encarnó en su seno, ha vuelto para hablarnos como Madre, para encontrarse en el trayecto de los vía crucis de la humanidad.

4. Los mexicanos nos gloriamos de ello, y por eso desde este país, seguimos recordando que: “aquí se cuenta, se ordena, cómo… milagrosamente se apareció la Perfecta Siempre Virgen […] Santa María de Guadalupe”, Madre de Dios, Madre nuestra.

En la caída Tenochtitlan había paz, pero una paz que oprimía a los vencidos; había vida, pero una vida donde no todos gozaban; había luz y alegría, aunque eran muchos los que penaban, sumidos en la oscuridad de la derrota, de la nostalgia por el pasado. Acaso como hoy sucede.

Dice Antonio Valeriano que en aquel año de 1531 la fe cristiana “brotaba y verdecía, que abría su corola”. Sin embargo pocos eran, a decir verdad, quienes la acogían; eran más quienes se rehusaban a recibir el agua del Bautismo. Cuentan también que los misioneros, esforzados evangelizadores, sólo muy poco a poco conseguían atraer a los indios a la fe, a una verdadera conversión (Canónigo Eduardo Chávez, postulador causa Juan Diego). La corola se abría muy lentamente. 

5. Así las cosas cuando “sucedió que había un indito… Juan Diego”, de los pocos que habían recibido en su corazón la semilla de la fe, y él la alimentaba acudiendo muy de madrugada a las cosas de Dios. Y de madrugada le salió al encuentro el Cielo mismo, y le trajo la Belleza, la Paz, la Alegría, la Música y la Palabra. Y la Virgen, encinta de Cristo, posó sus pies ante el indio en el cerrito del Tepeyac, en un rincón del Nuevo Mundo, en un pedacito de México.

6. Corrieron ya 489 años de aquella nueva Visitación, de aquella renovada Navidad, cuando floreció la fe en esta tierra. Y cuentan, los historiadores de hoy, que “inmediatamente el mensaje y la imagen de Santa María de Guadalupe fueron captados y entendidos de tal manera, que se verificó una impresionante conversión en masa de indígenas y de españoles… los mismos misioneros quedaron desconcertados”.

7. ¿Qué palabras pronunció la Madre de Dios, que se ganó a dos pueblos tan distintos y tan distantes entre sí, fundiendo con ellos una nueva nación?: “No es nada lo que te espantó, lo que te afligió, que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra cosa punzante, aflictiva. ¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”.

Sí, María habla, cautiva y enseña con su silencio, con su obediencia, con su alabanza y con su unión a la Divina Voluntad. María intercede cuando dice “no tienen vino”. Pero las palabras más bellas de María, de música y de flores, de abrazo y de ternura, las pronunció en México. Y estas palabras son el mismo Cristo, verdadero fundador de nuestra patria, y las que le dirigió a Juan Diego para recordarnos a todos los hombres que Ella es nuestra Madre que nunca nos abandona.

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