Catequesis

La segunda tabla de salvación

Celebrar la fe

Por: Raúl Sánchez K.

“Pero -después de que algunos de ustedes fueron ladrones, idólatras, avaros, adúlteros- han sido lavados, han sido santificados, han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1Co 6,11).

El Bautismo borra los pecados

En la primitiva Iglesia la principal celebración para el perdón de los pecados era el Bautismo. Era el sacramento que traía la salvación, y era casi impensable que quien se había convertido a Cristo y abandonado su vida de pecado volviera a él después de haber sido bautizado.

San Pablo expresa: “Los que hemos muerto al pecado -por el Bautismo- ¿cómo seguir viviendo en él?… Sabemos que nuestro antiguo yo fue crucificado con Cristo a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado… Debemos considerarnos muertos al pecado pero vivos para Dios, en Cristo Jesús” Rm 6,2.6.11).

Revestidos de Cristo

El Catecismo de la Iglesia Católica señala: “Es preciso darse cuenta de la grandeza del don de Dios que se nos hace en los sacramentos de la iniciación cristiana para comprender hasta qué punto el pecado es algo que no cabe en aquel que ‘se ha revestido de Cristo’ (Ga 3,27)” (n. 1425).

“La conversión a Cristo, el nuevo nacimiento por el Bautismo, el don del Espíritu Santo, el Cuerpo y la Sangre de Cristo recibidos como alimento nos han hecho ‘santos e inmaculados ante Él’ (Ef 1,4), como la Iglesia misma, esposa de Cristo, es ‘santa e inmaculada ante Él’ (Ef 5,27)” (n. 1426).

Perdón mutuo

El mismo Catecismo anota sin embargo: “Pero el apóstol san Juan dice también: ‘Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros’ (1 Jn 1,8). Y el Señor mismo nos enseñó a orar: ‘Perdona nuestras ofensas’ (Lc 11,4) uniendo el perdón mutuo de nuestras ofensas al perdón que Dios concederá a nuestros pecados” (n. 1425).

Frágiles y débiles

“Sin embargo, la vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios” (n. 1426).

La Iglesia, pues, pronto se encontró con que tenía que ocuparse del pecado de cristianos que después de su conversión inicial y su Bautismo recaían en una vida de pecado.

De lo anterior se deriva el que los Padres de la Iglesia hayan llamado al sacramento de la Penitencia la “segunda tabla de salvación después del naufragio en el pecado”.

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