Comentario al Evangelio

La cruz, donde se manifiesta el amor

Comentario al Evangelio del II Domingo de Cuaresma

Por: Mons. Luis Martín Barraza Beltrán.

La Cuaresma es un camino hacia la Pascua, hacia la Resurrección pasando por la cruz. La cruz siempre ha sido escandalosa, simboliza la negación de sí mismo. Esto rompe con toda lógica humana, dentro del cual resuena la tentación del principio: “serán como dioses”.

Es cierto que tenemos vocación de grandeza, pero no de la que se alcanza a costa de los demás, sino, por el contrario, dando vida. En el fondo la cruz es la única que puede salvaguardar la integridad del ser humano. Cada vez nos vemos más sorprendidos por la creatividad de las personas para causar daño a sus hermanos. Sobre todo cuando el atropello se dirige hacia inocentes o personas muy vulnerables. Pensamos que no es posible que alguien se pueda ensañar de tal manera contra un ser indefenso. Pero ahí están los hechos.

El Papa Francisco, en su mensaje de Cuaresma habla de: “víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia (intrafamiliar, ejecuciones, feminicidio, infanticidio, etc.), de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias”. Creer que es cosa del demonio nos ayuda para no pensar que existe una locura generalizada.

Se nos ha enseñado que la cruz por sí sola ahuyenta a los demonios. Es cierto que ahuyenta a los demonios, pero tiene que ser asumida como un estilo de vida, de otro modo se corre el riesgo de que sea pura superstición. Es necesario crucificar al hombre viejo que hay en cada uno de nosotros: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará” (Mt 16,24). Precisamente, es el diálogo que ha tenido Jesús con sus discípulos antes de subir al monte, y que ha sido causa de gran escándalo para ellos. Y estas palabras vienen siendo la consecuencia para los discípulos de la forma como Jesús cumplirá con la misión que su Padre le ha encomendado: subir a Jerusalén para ser humillado y sacrificado por las autoridades judías.

Nunca dijo Jesús que le gustara el sufrimiento, sino simplemente, manifestó con sus acciones, que el amor a su Padre estaba por sobre todas las cosas, y sabía que el “mundo” se opondría encarnizadamente. La cruz significaba, también, la manifestación del amor por cada uno de nosotros, en ello se juega la vida y la dignidad del ser humano.

La cruz no es un sufrimiento en abstracto, sino la vida gastada por la familia o por los prójimos. Es, también, crucificar las perversas intenciones hacia los hermanos, para “destruirnos” antes que causarles algún daño: “Si tu ojo derecho es ocasión de pecado para ti, arráncatelo y tíralo lejos de ti” (Mt 5,29). La defensa de la cruz es una defensa de la vida, de los derechos humanos, amenazados por los enemigos de la cruz (Flp 3,18-19).

En la transfiguración, Jesús manifiesta a sus discípulos que la transformación de todas las cosas pasa por la cruz. La voz del cielo y el Antiguo Testamento da testimonio de la sabiduría de la cruz.

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