Miscelánea

José y María

Vir Iustus

Por: Sebastián Sandoval Díaz.

Jesús es verdaderamente el Hijo de Dios, no entendido como profeta sino como lo expresó aquel centurión romano en la cruz (cfr. Mt 27,54). A Jesús, en el Misterio de la Santísima Trinidad, le corresponde ser el Hijo. No obstante, al asumir la naturaleza humana, nació de una mujer y se formó en el seno de una familia; y de nuevo traigo a colación las palabras del Arzobispo Constancio Miranda: “Jesús se formó en la casita (seminario) de Nazaret”.

Dentro de la formación al sacerdocio, en el Seminario, es fundamental tener el ejemplo de la Sagrada Familia, porque en el proceso de convertirse en “alter Christus” debemos tener esto muy presente: Cristo nació, creció y se formó en una familia.

El gran amor, el encuentro

Bien se sabe que cuando las personas coinciden o encuentran a su “media naranja”, es inevitable observar el efecto que dicha relación causa. El amor es entrega, Jesús mismo se entregó en la cruz por amor al hombre.

El P. Enrique Ponce de León, en su libro “Testigos del Señor Jesús“, en una escena imaginaria describe de una manera magnífica cuando José y María se conocieron:

“La amo. Sé que la amo. Ayer la volví a ver. No hay muchacha en todo Nazaret como ella. Su rostro es como una de esas flores blancas que se recuestan en las colinas cuando es primavera. Su nombre es María. Estaba con sus amigas, junto al pozo. Escuché su risa; el fondo del pozo la llevó a mis oídos. Su eco me llenó de alegría. Entonces me miró. Fue como si el sol me tocara en pleno medio día…. No supe decirle nada. Soy tan torpe. Mi silencio gritó mi amor y me fui corriendo, deslumbrado de felicidad”.

Al expresar lo admirable y sorprendido que está de ver a María, José habla perfectamente del amor. ¡Vaya encuentro que tiene José con María! Es como hacer “click”. Esta escena recuerda al libro de la Sabiduría: “La amé y la deseé desde mi juventud; traté de tomarla por esposa, porque estaba enamorado de su belleza” (8,2); bueno, así creo le pasó a José con esa mujer que tanto buscaba y anhelaba.

También me imagino al joven José dándose de golpes contra la pared, ya que no tenía palabras, pero sólo su mirada decía: “¡Te amo! ¡Te amo, María!”. Cuando un hombre enamorado ve a su mujer, ¡vaya que es lo mejor!, porque es alguien a quien ama, se siente correspondido por ella y sabe que son el uno para el otro.

La siguiente cita nos puede describir el sentimiento o la admiración de José hacia María: “Muchas han dado prueba de lo que valen, pero tú las superas a todas” (Prov 31,29). Podría decir José: “¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres! (Cant 1,15). Me lo imagino admirado por la belleza de María y asombrado. Él quería decir varias cosas pero, como a todos nos pasa alguna vez, que cuando estamos enamorados no podemos decir o no salen las palabras, sólo un “te amo” con la mirada.

José se armó de valor y decidió decirle “te amo”; de su corazón brotaba el amor, pero estaba consciente “que sólo me la ganaría si Dios me la otorgaba” (Sab 8,2)… y Dios le dio a María como su futura esposa.

“Abandonarla en secreto”

José y María se desposaron (Mt 1,18). Me imagino la gran alegría que José sentía en ese momento, ya que estaría con la mujer que siempre soñó.

Si ponemos atención en el relato, después de la genealogía de Jesús se señala: “Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba desposada con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto” (Mt 1,18-19).

Sigue sorprendiendo el hecho de que, siendo un hombre justo, no quería acusarla ante la ley; prefería “abandonarla en secreto” (Mt 1,19). Pero por amor cumplió la voz de Dios, quien a través de un sueño y por medio de un ángel, le dijo: “No temas recibir a María como tu esposa, pues la criatura que espera es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,20-21). Al escuchar esto José actúa, no sólo por el hecho de que Dios mismo se lo haya pedido, claro eso es algo digno, sino porque lo hace con gran valor y, en obediencia a Dios, toma a María como esposa y a Jesús como hijo.

Para cerrar este apartado me gustaría que resaltar el gran amor que hay entre José y María. Esto debe apasionar a todo matrimonio a dar lo mejor de sí mismos. A pesar de las dificultades que habrá dentro del matrimonio, tienen que amarse con un amor total, bueno, fiel y fecundo, un amor sin condiciones. Me atreveré a decir que debe ser un amor igual al que Jesús nos da. 

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