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“Era feliz, pero me faltaba algo”

Ordenaciones diaconales: Edgar Amézquita

¡ATENCIÓN! Ante la emergencia sanitaria que se vive debido a la propagación del Coronavirus (COVID-19), se solicita a la comunidad seguir las transmisiones en vivo que de esta celebración se realizarán, a través por ejemplo del Facebook Live de Notidiócesis, con el fin de evitar posibles contagios, puesto que SÓLO SERÁN EL CLERO Y LA FAMILIA CERCANA los que participarán en dicha ceremonia. .

Por: Patricia Carrillo Gómez.

La Iglesia se goza por la próxima ordenación diaconal de Edgar Amézquita Padilla, Helder Hernández Montoya, Salvador Franco Hernández y Luis Fernando Riojas Durán, por imposición de manos y oración consecratoria del Sr. Arzobispo don Constancio Miranda Weckmann, el próximo martes 24 de marzo a las 18 horas, en el templo parroquial de Santa Rosalía en la Col. Campesina.

Para conocer un poco de la vida de los futuros diáconos, presentamos a:

Edgar Amézquita Padilla

De la parroquia Divina Providencia, Edgar nació el 18 de julio de 1987 y es hijo de Carlos Enrique Amézquita Martínez y María del Rosario Padilla Terrazas, es el segundo de tres hermanos. Hoy ha dejado todo para seguir al Señor, literalmente hablando, pues con dos carreras terminadas y un exitoso trabajo, de pronto hizo una pausa en su feliz vida para preguntarse qué era lo que Dios le estaba pidiendo; al enterarse, dio un giro de 180º grados a su vida.

Primeros pasos en la Iglesia

“Mi mamá, cuando era aún muy pequeño, me enseñó a rezar el Ángel de la Guarda y el Padre Nuestro. Tengo muchos recuerdos de cuando lo hacía: mis papás siempre se preocuparon de que mis hermanos y yo estuviéramos en el catecismo; ayudó algo el que nuestros estudios se dieran en el Colegio Gil Esparza, con las hermanas Josefinas. Tampoco puedo dejar de mencionar que los padres Luis Padilla y Francisco Amézquita son mis tíos.

Sin embargo, reconozco que mi papá nos llevaba a Misa a fuerza. Cuando recibí la Confirmación en febrero de 2000, entré a prepararme como catequista junto con mi hermano por insistencia de mi papá (sonríe); a partir de ahí, ya no dejé los ministerios parroquiales, de hecho, nosotros formamos el grupo de jóvenes, ya que en ese entonces no había”.

El parteaguas

“Ya había terminado mi Universidad, donde cursé dos Ingenierías: la Civil y otra en Sistemas Topográficos, titulado en ambas y con buen trabajo. No tenía problemas con mi familia, estaba en los ministerios pastorales, había tenido algunas novias y en ese momento estaba ‘quedando’ con una muchacha. Pero sentía que algo le faltaba a mi vida. De pronto, me di cuenta que Dios estaba pidiendo más de mí y yo no sabía qué era.

Anteriormente había asistido a dos Preseminarios y no me habían desagradado. Así que platiqué con el Vicario parroquial -corría el año 2012- y, cuando le compartí todo mi sentir, me dijo que no tenía nada que me detuviera en ese momento si intentaba entrar al Seminario. A los pocos días ya estaba decidido, renuncié a mi trabajo, dejé los ministerios y hablé con mi familia y amigos. Mis padres se sorprendieron mucho más, pero mi papá dijo: ‘Nosotros como católicos pedimos mucho por las vocaciones, es muy duro que sea uno de nuestra familia, sin embargo, no le vamos a negar un hijo a Dios’. Así, me brindaron todo su apoyo”.

El Seminario

“El primer año fue muy difícil para mi mamá, ya que esperaba que claudicara en los primeros tiempos de descanso escolar; nunca me dijo nada, pero lo sentía. Al terminar mi primer año de Filosofía se dio cuenta de que iba muy en serio y a partir de ahí me dijo que iba a rezar por mí, para que perseverara. En segundo de Filosofía dos de mis amigos con quienes entré decidieron dejarlo; fue duro para mí, porque éramos muy unidos, además entré en una crisis de duda. Pero en tercero me puse a analizar el por qué debía de estar ahí y continuar; llevaba esta pregunta a la oración, así como todos los pretextos que pudieran surgir… y se desvanecían. Al final me di cuenta que, si dejaba esto, no me iba a sentir tan pleno y feliz como estaba”.

El primer gran paso

“Me siento muy emocionado y contento al ver que ya se llegó el día que una vez vi tan lejano. Reconozco que todo es por gracia y misericordia de Dios; sólo me queda responderle con generosidad. A veces veo toda mi humanidad, mi debilidad, y me entra una incertidumbre… Debo reconocer que nunca me han faltado los buenos amigos, presentes para apoyarme en tiempos de crisis; tal es el caso de Monseñor Martín Barraza, quien con su claridad de pensamiento me ayudó mucho; otro fue Monseñor Manuel Eugenio Ríos (+), hombre de gran sabiduría, así como mi tío Monseñor Luis Padilla y el rector del Seminario, el P. Leopoldo Prieto”.

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