Miscelánea

El Señor llamó a Samuel

In memoriam: Samuel Gustavo Gómez Veleta

Por: Cristina Alba Michel.

“Habla, Señor, que tu siervo te escucha”

1. Era ésta la voz de Dios que llamaba con insistencia, envolviendo al joven con su misericordia y su ternura: “¡Samuel, Samuel!”.

Era este el joven Samuel que respondió a la llamada de Dios en medio de la noche de la fe y del silencio del Templo, en medio de la novedad, del gozo y la expectación.

Era ésta la noche de una respuesta enamorada, salida del corazón de aquel muchacho que tenía sus oídos abiertos, sus sandalias bien calzadas y sus manos dispuestas: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”.

2. Aquel pasaje nos lleva a recordar que hace ocho años otro joven llamado Samuel Gustavo Gómez Veleta, fue admitido en el Seminario de Chihuahua y ese año 2012, en noviembre, le fue impuesta la sotana. Hace ya ocho años que Samuel dijo “sí” al Señor, decidiéndose a seguirlo en el camino de preparación al sacerdocio. Entre los compañeros que aquel año fueron admitidos, se encontraban Edgar Amézquita y Helder Hernández, quienes recibirán el diaconado el 24 de marzo.

Aquella fue una primera llamada del Señor a Samuel y fue la suya una primera respuesta, que recordamos precisamente ante la ordenación diaconal de sus compañeros.

3. Una segunda llamada tuvo lugar para la misión de Semana Santa de 2014, a la que con generosidad él respondió. Como el primero, este segundo “sí” fue dado también con valentía, ahora en el silencio de la noche por la que ya entonces atravesaba esta generación que ha perdido las nociones del valor de la vida y del sentido de la vida; de esta sociedad líquida, de ideales y fe líquidos, donde los jóvenes y los viejos se mueren de sed junto a la fuente porque insisten en beber en cisternas de agua sucia. No era así Samuel, de quien hoy recordamos su partida aquel 15 de abril, cuando la muerte se le atravesó en el camino elegido: lo mataron.

Fue su muerte inesperada, violenta, arrebatada por el colmo de la estupidez y del vacío de corazón de dos personas que no sabían a dónde llevaban sus vidas, que vagaban en la nada de la ausencia de Dios, tan necesitados de Él.

4. Nos será imposible hallarle sentido a esta muerte humanamente tan absurda si no buscamos, a través de ella, un tercer llamado, éste en medio de la noche del dolor: el llamado de Dios a pertenecerle para siempre de otro modo, a estar con Él para siempre en la plenitud de su amor.

Fue así que el Señor llamó a Samuel -con sus sandalias bien puestas- después de celebrarse la entrada en Jerusalén del Domingo de Ramos de aquel año. Al joven seminarista le alcanzó pronto su Viernes Santo, y su vida fue entregada y recogida en las manos del Padre: “Te he llamado por tu nombre, tú eres mío” (Is 43,1).

Hoy Samuel ya no está aquí. Pero su respuesta, la respuesta que él dio generosamente al Señor, vive para siempre, y él se fue siguiéndola hasta llegar a las manos del Padre.

5. “Te he llamado por tu nombre, tú eres mío”. ¿Quién podrá comprender, contemplar, aceptar, en medio de la vista nublada por las lágrimas, del corazón herido por la ausencia, que en medio del dolor por la partida de Samuel está el llamado eterno del Padre? Un llamado a Samuel, en primer lugar, pero también a los asesinos para que dejen el absurdo camino de la muerte; a los que andan vacíos de corazón para que busquen llenarlo de Cristo; a la Iglesia, para que no se canse de llevar, en sus pobres vasijas de barro, frágiles y quebradizas, el mensaje del amor de Dios que quiere cambiar el absurdo por su Sentido, el egoísmo por su Perdón, la mentira por su Verdad, las heridas humanas por su Ternura divina y la sed de los hombres saciarla con Agua Viva.

6. ¡Perdón, Señor, perdón! Por la terquedad de morir de sed junto a la Fuente, por cerrar los oídos a tu voz, los ojos a tu luz y el corazón a tu amor. ¡Perdón, por no calzarnos las sandalias, por no abrirte nuestras puertas! En esta Cuaresma, como aquella en que partió Samuel, la Iglesia quiere hacer duelo y los sacerdotes lamentarse por los pecados de tu pueblo. “¡Giman los servidores del altar, pasen todos la noche vestidos de penitencia! Porque se nos acaba la alegría del vino, el bálsamo del aceite, el trigo que nos alimenta. ¡Vístanse de duelo y laméntense, sacerdotes! ¡Giman, servidores del altar! ¡Convoquen al pueblo, vistan de penitencia!” (Cf. Joel 1, 13-14). 

7. En esta Cuaresma, Señor, quiere también la Iglesia darte gracias por la respuesta de Samuel y por la respuesta de todos los jóvenes que, como él, supieron decirte sí cuando los llamaste en medio de la noche oscura de la fe, y de la noche de esta sociedad vaga y sinsentido.

La Iglesia está a punto de concluir otra Cuaresma y Samuel ha traspasado ya las puertas de la Pascua. Pero yo, ¿dónde me encuentro yo?

“¡Habla, Señor, que tu siervo te escucha!”.

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