Miscelánea

Capirotada, ¡qué rico!

Por: Diác. Xavier Hurtado Licón.

El Miércoles de Ceniza iniciamos la Cuaresma, tiempo en el cual se acostumbra cocinar comidas que usualmente no se preparan en otras fechas. En la ciudad que crecí y vivo las costumbres eran eliminar la carne, pero hasta donde era posible se sustituía por pescado o algún otro platillo delicioso, incluyendo postres increíbles.

Pero, ¿eso es la Cuaresma?, ¿comer delicioso y vasto los viernes?, ¿acaso dejar este tiempo de fumar o comer algo que me gusta?, ¿vacaciones de primavera?, ¿carnavales con todo tipo de excesos?

EL centro del año litúrgico y el culmen del triunfo de Jesús es su Resurrección. Su triunfo sobre el pecado, sobre la muerte y sobre el demonio.

La Cuaresma es un tiempo “fuerte” para ayudarnos a vivir esos Misterios y prepararnos para triunfar con Jesús, no para distracciones banales.  

La verdad es que ni siquiera conocemos nuestra fe, ni tenemos esperanza. Vivimos reprimidos, como un resorte que espera a ser liberado. Por eso a la primera oportunidad caemos en excesos que pueden ser verdaderos desenfrenos de todo tipo, como los que se viven en las playas o lugares de veraneo; o también en el otro extremo, castigando y a veces casi destrozando nuestros cuerpos.

¿Qué debe ser la Cuaresma?

Un tiempo para vivir imitando a Cristo. ¿Cómo? Aprendiendo a ver en cada ser humano un hermano al cual debo cuidar con amor; entendiendo que cada ser que cruza por nuestro camino trae una lucha interior diferente a la nuestra; escuchando y no sólo oyendo, poniéndonos en los zapatos del otro; dándonos tiempo para amar tal como nuestro Señor lo mandó (Juan 13,34).

También es tiempo para dejar a un lado los distractores; para tratar de platicar más con Dios y contarle nuestras alegrías y tristezas, nuestros triunfos y fracasos, nuestras viejas heridas; llorar y reír a su lado, confiarle nuestras dudas; desarrollar una amistad con Él. Reconocer que Él creó a los animales, la naturaleza entera, y como Francisco de Asís admirar toda la Creación, no destruirla.

En fin, agradecer por la vida y sus claroscuros: la juventud y la ancianidad, la pobreza y la riqueza, la salud y la enfermedad; agradecer con alegría por todo. Y, muy importante, compartir con el que menos tiene nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestros conocimientos.

Todo eso y más debe ser la Cuaresma, un tiempo para aprender a imitar a Cristo en sus actitudes y sentimientos, dejando de lado las costumbres vacías como el “sacrificarnos” sin cambiar.

¡Vivamos juntos el camino a la Resurrección de Jesucristo!

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