Reportajes

“Cambié toga y birrete por una sotana”

Ordenaciones diaconales: Helder Hernández Montoya

¡ATENCIÓN! Ante la emergencia sanitaria que se vive debido a la propagación del Coronavirus (COVID-19), se solicita a la comunidad seguir las transmisiones en vivo que de esta celebración se realizarán, a través por ejemplo del Facebook Live de Notidiócesis, con el fin de evitar posibles contagios, puesto que SÓLO SERÁN EL CLERO Y LA FAMILIA CERCANA los que participarán en dicha ceremonia. .

Por: Patricia Carrillo Gómez.

Perteneciente a la parroquia San Marcos Evangelista y comunidad de Santa Teresita en Estación Conchos, Helder Hernández Montoya es originario de Saucillo, Chihuahua. Hijo de Rosendo Hernández y Magdalena Montoya, nació el 10 de noviembre de 1990. Fue hijo único hasta los 18 años, cuando llegó su hermanita.

Inicio en la Iglesia

“De niño no tenía mucha participación en la vida de la Iglesia, pero me encantaba ir a Misa porque era el requisito de mi abuelita para darme mi ‘domingo’. Incluso a veces era monaguillo de ocasión. Cuando tenía 15 años llegaron jóvenes de otra comunidad para invitarnos a un retiro; no había grupo juvenil en Conchos. Fue un encuentro inolvidable, se llamó Jornadas Juveniles.

Jamás me había encontrado con el Señor de esa manera: no podía dejar de llorar, salí con las ganas de querer transformar al mundo. Además, al ver a los muchachos que lo dirigían, felices y unidos, me imaginaba que toda su vida era felicidad y quería formar parte de ella. Pero al volver a casa choqué con un costal, porque de ese gran encuentro con Dios veía la misma realidad de la indiferencia a Él. Me entristecí y me dije: ‘Bueno, ya pasó’. Pero al siguiente sábado volvieron los chicos a invitarnos a formar un grupo juvenil en Santa Teresita. ¡Inmediatamente me anoté! A partir de ahí acudía a Saucillo cada sábado para tomar los temas que daba en mi comunidad. Estaba ansioso por conocer de Dios, ya que no sabía nada de la Biblia; todo era nuevo y maravilloso”.

El llamado

“Tiempo después llegó la invitación de asistir a un Preseminario. No sabía en qué consistía y nos apuntamos varios amigos. Me dije: ‘¡Qué padre, voy y aprendo dinámicas y temas nuevos para traerlos!’. En ese entonces estaba a punto de terminar la Ingeniería en Sistemas; cuando se lo dije a mi mamá, no me tomó muy en serio, aparte de que ella tampoco sabía en qué consistía aquello.

Tenía un ‘cibercafé’ que con mucho esfuerzo fui habilitando y haciendo crecer, estaba haciendo mis prácticas profesionales en el CBTIS de Saucillo con vistas a ser contratado en cuanto me graduara. Tenía novia y estaba listo para ser un ‘adulto responsable’.

Empecé a vivir esos 15 días en el Seminario y el Señor de nueva cuenta me tocó fuertemente. Aún no terminaba la jornada cuando dije: ‘¡Me quedo, esto es para mí!’ Cuando entregué la carta y me aceptaron, salí corriendo, gritando: ‘¡Me aceptaron, me aceptaron!’ Mis compañeros se sorprendieron porque sabían que yo sólo iba por dinámicas y capacitación.

De pronto me entró una gran preocupación: ¿cómo se lo iba a comunicar a mi familia? Habíamos hecho mucho esfuerzo para pagar mi carrera, incluso llegamos a vender comida los fines de semana para completar; contaba sólo con el sustento de mi mamá y vivíamos en la casa de mis abuelitos desde mis seis años, ya sin mi papá. Cuando le dije a mi mamá que viniera a Misa a Chihuahua porque iba a entrar al Seminario, se asustó y me cuestionó mucho. 

Al entrar en procesión a la Catedral vi a mi mamá a lo lejos, hecha un mar de lágrimas. Comencé a llorar yo también al verla así; me sentía muy feliz y triste a la vez. Luego miré a mis abuelitos y estaban igual que ella”.

Dentro del Seminario

“Cuando ingresé al Seminario hablé con los padres; les dije que quería titularme, ya que me faltaba muy poco, y entregarle a mi familia el título, dejando así cerrado ese ciclo que tanto esfuerzo nos había costado: ir y venir a Chihuahua constantemente, libros, viajes, etc. Ellos me apoyaron para que así fuera.

Debo destacar que mi titulación y entrega de sotana eran el mismo día. Le dije a mi mamá que no gastara en la renta de la toga y el birrete, que mejor lo hiciera en mi sotana. Volvió a ponerse muy triste y les decía a todos: ‘Mi hijo cambió la toga y el birrete por una sotana’. Ella tardó mucho tiempo para aceptar mi vocación sacerdotal, casi cuatro años. En ese entonces ya había entregado a todos las responsabilidades que tenía, había vendido todo lo de mi negocio, pero aún sentía mucha culpa por el gasto que de nuevo iba a emprender mi mamá, y ahora yo sin poder trabajar. Ellos nunca dejaron de apoyarme.

Mi Seminario lo he vivido con mucha felicidad, plenitud y muchas batallas. Quiero ser un sacerdote que pueda hacer bien a la sociedad, apoyar a los jóvenes y mostrarles que ellos son la esperanza y la luz del mundo, que son el presente de la Iglesia, y que gracias a ellos yo estoy aquí”.

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