Editorial, En tinta china

Virtudes y llamadas

La Iglesia nos ha enseñado que existen tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. La Fe es la virtud por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha revelado y que la misma Iglesia muestra como objeto de fe. La Esperanza es la virtud por la cual, llenos de plena confianza, esperamos de Dios la vida eterna y las gracias para merecerla, pues así Él prometió. La Caridad es la virtud que nos hace amar a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo con amor filial y fraterno, como Cristo nos ha mandado; se manifiesta en diversas acciones para buscar el bienestar del prójimo.

Quise recordarlas en esta ocasión con motivo de que hace unos días, el Santo Padre reconoció que un mexicano, sacerdote y fundador de una congregación de religiosas, vivió estas virtudes en su vida. Por ello se le propone como ejemplo para nosotros, digno de de ser imitado. El padre en cuestión es José Antonio Plancarte, quien murió hace más de 100 años pero su obra continúa hasta el día de hoy. De ahora en adelante, el siervo de Dios podrá ser tratado como venerable, a un paso ya de ser beato, en caso de aprobarse un milagro atribuido a su intercesión. Una vez beato, para ser canonizado se necesita un segundo milagro.

Aprovechando la nota del homenaje a la Santísima Virgen de Guadalupe por presbíteros y diáconos de la Arquidiócesis de Chihuahua, desde esta redacción felicitamos a la comunidad que les recibió el pasado 21 de enero. A los fieles y párroco de San Carlos, muchas felicidades por la nueva iglesia que construyeron con ocasión de este homenaje. He de decirles que tengo gratos recuerdos del P. Manuel Lozoya, pues cuando era seminarista, un día llamó a la casa de mis abuelos; contestó la llamada mi mamá y a ella la invitó para que sus hijos se unieran al grupo de monaguillos que iba a formar, especialmente para una Navidad, por encargo del párroco de entonces. Así, mi hermano Carlos y un servidor, nos encaminamos un domingo a recibir la preparación necesaria para servir en el altar. Serví como monaguillo 12 años y mi hermano algún tiempo más. Recuerdo que en la primera Misa todavía no estaba preparado, pero como estábamos recibiendo instrucción, a Menny se le hizo fácil ponernos como monaguillos en un funeral que se iba a celebrar.

Si pudiera otorgar un título a ese tiempo que viví como servidor del altar sería como el de la serie de televisión “Los años maravillosos”. Como servidor conocí a innumerables personas que han marcado mi vida, y amigos que conservo hoy en día. Ni se diga a quien hoy es mi esposa, que era del coro de una capilla, y yo me apuntaba en la Misa de ahí para poder verla.

Padre Menny, si no te lo he dicho, ¡muchas gracias por aquella llamada que hiciste! Dios te siga llenando de bendiciones junto a la comunidad de San Carlos. Y gracias a mi señora madre por contestarla y ¡decir sí!, el sí de una mamá para que sus hijos conocieron los caminos de Dios.

Que el Señor dirija nuestros pasos.

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