Artículos, Escala de Jacob

Vengan a mí

La Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel.

1. “Vengan a mí ustedes, los que me aman, y aliméntense de mis frutos. Porque mis palabras son más dulces que la miel, y mi heredad, mejor que los panales” (Eclo 24,19-20).

Vengan a mí. Emprendan el camino, pónganse en marcha y acudan a mi lado. Al verlos me alegraré, pues los espero siempre, en cualquier momento del día o de la noche. No importa si vienen del trabajo, si regresen de una fiesta, si realizarán un viaje o están de vuelta; vengan, después de una larga ausencia o si sufren una pena. Vengan a mí, si han estado enfermos o si es que se habían extraviado. Vengan, sólo para platicar, descansar, compartir o entender.

Vengan, los espero y los extraño. Los recibiré, si vienen a mí, con un abrazo, y les alimentaré y escucharé, consolaré sus dolores, les daré mi aliento para continuar. Seré para ustedes un remanso de paz y mis palabras, ungüento de alegría. Para mis hijos mis brazos son un refugio seguro, y es mi amor en todo tiempo el lugar donde pueden hallar el alivio para las contrariedades y el aliento para sus esperanzas. Vengan, ¡vengan a mí!

2. ¿Por qué iríamos a María? Si ella es una criatura, si sabemos que POR SÍ MISMA no tiene ninguna atribución, merecimiento o poder para salvarnos. Pero cuidado, pues sabemos también que esta criatura, por la voluntad y el amor de Dios, se ha convertido en la Fuente de nuestra Salvación: porque en Ella se complace el Padre, porque en Ella anida el Espíritu Santo, porque de Ella germinó -y germina- el Salvador.

En María reposa el Dios Altísimo. De María nace el Cristo y por ello la misma Iglesia, a través de la oración, todos los días la sigue llamando “templo, trono y sagrario de la Santísima Trinidad”, Arca de la Alianza, Puerta del Cielo, Vaso precioso de la gracia, Casa de oro, Espejo de Justicia, Trono de Sabiduría y muchos nombres más. Unos, escondidos entre las letanías lauretanas, otros en las numerosas advocaciones y, otros más, tomados de la misma Escritura y que son aquellos con los cuales la misma Palabra de Dios la honra. ¡Y hay todavía más motivos para ir a Ella!

3. Aún así, muchos dicen que no, que no tanto. Que no hay que ir tanto con María porque olvidamos a Jesús. Que son devociones, que no tanta alabanza.

Pero no es verdad, no hay “demasiada” María ni “demasiado” será nunca el amor por Ella. ¿O tal vez alguien se ha creído que existe una criatura humana capaz de amar a María más de lo que Dios la ama, y de exaltarla más de lo que Él la ha exaltado?

Sería presumir en falso.

No existe ningún riesgo en amarla mucho y escuchar su voz. Pues no existe ningún defecto en Ella a través del cual, por acudir a sus brazos maternos, pudiéramos escaparnos de los de Jesús. No existe orificio alguno en el ser ni en el amor de esta Madre por donde el alma se pierda o se aleje de Dios. Al contrario, así como aseguramos que Jesús es el único nombre que nos ha sido dado para salvarnos, también aseguramos que nadie lo ha pronunciado con mayor amor que María, y de Ella aprenderemos.

4. No ha existido, existe ni existirá ninguna persona: sabio, profeta, o mártir, ángel, arcángel o serafín que pronuncie el nombre de Jesús con más amor que María. Ella supo, mucho antes de escribirlo Pablo, que era el único nombre de Salvación. “La llave del corazón del Padre” (Mark Mallett,, What a beautiful name it is) el bálsamo de Galaad, la protección ante el peligro, la victoria frente a los enemigos, la fortaleza en la lucha, la salud y la vida. Que “hace temblar el infierno, que los ángeles lo adoran y resuena dulcemente en los oídos del Padre” (Ídem). Que ante Él toda rodilla se dobla y toda lengua proclama: ‘Jesús es el Señor'” (Cf. Fil 2,10).

5. Razón de más para acudir a María, para aprender de Ella a pronunciar tan dulce y poderoso nombre. Para acercarse a Él con delicadeza, libertad, ternura, respeto, discreción, insistencia, admiración, confianza, esperanza, fe y adoración. Juan Pablo II ha escrito que a María, “el rostro del Hijo le pertenece de un modo especial… Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo”. Y de la contemplación de su rostro, a la oración con su nombre, “¡Jesús!” (Ibíd.).

Jesús cuando lo lleva en su vientre, Jesús en la noche clarísima de Belén, Jesús en los sobresaltos sobre el camino y en las vivencias del hogar de Nazaret; Jesús en la despedida, Jesús por los pueblos de Galilea y entre las contradicciones de Jerusalén. ¡Jesús! Jesús en el Vía Crucis, en la soledad, en la Resurrección, en Pentecostés; y en el día de la Asunción, en el reencuentro cara a cara.

6. “Vengan a mí” a través de la oración, de la contemplación, del Rosario. Miren conmigo a Jesús. Pronuncien conmigo su nombre.

También la Iglesia a través del Catecismo nos enseña, como lo hace María con su ejemplo de vida, que “la invocación del santo nombre de Jesús es la forma más sencilla de orar siempre” (n. 2668). Y cuando oramos con el Rosario, contemplamos el rostro de Cristo y pronunciamos su nombre, “pues en cada Ave María, entramos al punto culminante con las palabras: ‘bendito es el fruto de tu vientre, Jesús'”.

¡Vengan a mí y aliméntense de mis frutos! Vengan a mí y llegarán a Él, y cumplirán su deseo y su voluntad: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y ligera mi carga” (Mt 11,28-30). “Vengan a mí, mi heredad, mejor es que los panales”. Es Jesús.

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