Hagamos lío, Miscelánea

¿Realmente quiero ser santo?

Hagamos lío

Por: Héber G. Hermosillo Sánchez.

El inquieto Felipillo

A propósito de la celebración, este fin de semana, de la pre-Pascua juvenil, donde se profundizará en el lema 2020 propuesto por la Dimensión Episcopal Mexicana de Pastoral de Adolescentes y Jóvenes (DEMPAJ): “¡Cristo vive! Y por su amor quiero ser santo“, me hacía esta pregunta: ¿Realmente como jóvenes queremos ser santos?

Incluso me atreví a hacer a algunos amigos la misma pregunta, amigos con los que convivo cotidianamente en grupos “de Iglesia” y, curiosamente, a todos nos costaba dar una respuesta afirmativa. Por lo menos de entrada, porque inmediatamente intentábamos corregir con dos tipos de frases:

– “Bueno, sí quiero ser santo, pero no como esos acartonados que vemos en los nichos de los templos, o como esos que todo el día se la pasan haciendo sacrificios y que pareciera que la Virgen les habla”, o esta otra: “No creo tener todas las cualidades que ellos tenían, menos su fuerza de voluntad y su paciencia para soportar todo”.

Creo que, precisamente, ese fue el problema. Consideramos la santidad como algo totalmente desfasado y nada atractivo o algo totalmente difícil e inalcanzable.

Reflexionando esto, me encontré con la biografía de San Felipe de Jesús, el primer santo mexicano a quien además se celebra esta semana -el día 5 de febrero- y que desde hace años es reconocido como el patrono de la juventud mexicana y modelo de santidad para todos nosotros.

¿Qué me encontré en esa biografía? Me encontré con un joven inquieto y soñador, de quien seguramente pocos imaginaban (o ninguno) que podía ser santo. Es famosa la frase atribuida a quien lo cuidaba de niño: “Antes la higuera seca reverdecerá, que Felipillo llegue a ser santo”.

Es conocido su escape del noviciado franciscano al que sus padres lo habían enviado, y su talante aventurero cuando apenas a los 18 años se fue a las Islas Filipinas para conocer y disfrutar lo que ofrecían aquellas tierras recién conquistadas.

Pero junto a esos aparentes errores juveniles, estaban también unas buenas cualidades, presentes también en muchos jóvenes actuales: la inquietud, la coherencia y la generosidad. Y, cuando ingresó al convento, Felipillo cambió de hábitos pero no de actitud. Aquella inquietud que antes le había causado problemas, era la misma que ahora lo motivaba a salir de la comodidad del convento para evangelizar. Una vez que sintió el llamado de Dios, fue coherente y puso los medios adecuados para responderle. Así, al desatarse la persecución en Japón, el país donde había caído por casualidad al naufragar el barco que lo traía de regreso a México, persecución de la que podía haberse liberado fácilmente, fue generoso y decidió darlo todo; o más bien, darse a sí mismo para no abandonar a sus hermanos religiosos y fieles laicos que los acompañaban.

Las tres cualidades de San Felipe de Jesús bien pueden ser acrecentadas también en nosotros. Pero, para no quedarnos en la pura teoría, vamos aterrizándolas en acciones concretas.

Tres formas de ser inquietos: coherentes y generosos

No tolerando la mediocridad. No nos dejemos vencer por la tentación de tomar atajos o de hacer las cosas al “ahí se va”. Lo que hagamos, sea estudiar, trabajar e incluso dormir, hagámoslo lo mejor posible.

No tolerando la injusticia. Si vemos o sabemos de alguien que está siendo rechazado o violentado, no nos quedemos callados ni simplemente saquemos nuestro celular para grabar. ¡Levantemos la voz!, y hagamos saber que esa persona no está sola.

No tolerando la mentira. Verifiquemos lo que compartimos en redes sociales. No seamos cómplices de la desinformación y múltiples fake news que circulan. La verdad nos hace libres.

Tres formas de ser coherentes:

-Cuando somos claros en nuestras opiniones. Mover nuestras ideas en función de la conveniencia del momento nos hace “marionetas” de las ideologías.

Cuando somos responsables de nuestros actos. Para bien o para mal, si tú hiciste algo responde por ello. Es la única forma de seguir creciendo en libertad.

Cuando evitamos lo que nos hace mal. Tú y yo sabemos lo que no está bien en nuestras vidas, qué debemos dejar de hacer o de no hacer. Vamos poco a poco.

Tres formas de ser generosos:

Cuando por principio pensamos bien de los demás. No sé quién inventó el dicho: “piensa mal y acertarás”, pero sé que no es muy cristiano que digamos. Mira a Jesús, quien sabiendo que Judas lo iba a traicionar, igual pensó bien de él hasta el final.

Cuando mostramos aprecio por lo que otros hacen por nosotros. Tal vez las cosas que son muy simples para nosotros, para lo demás fueron fruto de un gran esfuerzo. Nunca será excesivo decir “gracias”.

Cuando escuchamos conscientemente a quien nos habla. Demos a la otra persona el incalculable regalo de nuestra atención. Así sea un minuto, hazle saber que no estás sólo “de cuerpo presente”.

Viéndolo bien, no es tan difícil ser santo… sólo hay que hacer las pequeñas cosas que hacemos con un poco más de inteligencia y voluntad de amar y servir. De lo demás se encarga Dios.

-El autor es miembro de las Juventudes Agustino Recoletas (JAR), Parroquia de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote.

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