Dos Culturas, Miscelánea

¿Qué puedo hacer, para no morir callando?

Y no nos convertimos

Por: Cristina Alba Michel.

1. Por encima de la manifiesta voluntad de la gente se aprueban leyes en el Congreso y en el Senado; se modifican los Códigos vigentes para que, si no se consigue modificar la Constitución, de cualquier manera las normas impuestas  queden vigentes, “y los derechos, cada vez más estrechos”, haciendo rima de la desgracia.

Por ejemplo, el aborto. La gente ha salido en masa a la calle, a los Congresos locales, para que no sean modificadas las Constituciones estatales. Pero se sacaron de la manga la Norma Oficial Mexicana (NOM) 046 y ahora ahí lo tienes, introducido el aborto en todo México bajo otro supuesto. No se ha “legalizado”, pero ya se practica sin pena… y cabe decirlo, “sin gloria”, porque el aborto provocado, por despenalizado o legalizado que esté, es un asesinato muy cruel.

2. De paso quiero contarles que dicen que el embrión de pocas semanas de gestación no experimenta el dolor. Y les digo: sí lo experimenta. No como lo siente un bebé más grande, no como un adulto, pero lo vive “en carne propia” -que ya la tiene- y quizá de forma más intensa, porque un embrión de pocas semanas NO POSEE AÚN los mecanismos naturales de bloqueo del dolor, ni tiene desarrollados los mecanismos encefálicos de bloqueo o control de las emociones ante tamaña amenaza. Y del sufrimiento moral no hablemos, que no sabemos cómo ni cuánto sufren en el fondo de su alma tan pequeños seres humanos…

3. Ni cómo convencer a los defensores del aborto. Y si este asunto, tan injusto como el aborto provocado, donde RESULTA EVIDENTE que prima la ley del más fuerte, es defendido por cientos de miles, por “la buena gente” de las calles, imagínense qué sucederá con otras injusticias menos evidentes como la legalización de la marihuana, la legalización de la prostitución, la ley de muerte digna y su caída libre a suicidio asistido y eutanasia, para de ahí pasar como en Holanda, encantador país de cuento de hadas, con sus bellísimos campos de flores y cultivos diversos bajo cristales que parecen un sueño, a la eutanasia infantil, donde sólo en un año más de 600 niños fueron asesinados bajo esta ley: a veces por los mismos padres, a veces por los médicos y otras por el Estado que se impone a la voluntad de padres y médicos.

4. Bueno, pero si los representantes del pueblo no atienden a la voluntad del pueblo, ¿qué podemos hacer como católicos para no callar culpablemente, para no añadir la omisión en casos tan graves como estos a nuestras miserias personales, para no escandalizar con la indiferencia? (Cf. Mt 18,6; Mc 9,42; Lc 17,1-2)

Dos cosas: Una, salir a la calle cuando se nos convoque a manifestarnos por la vida, contra la injusticia; dos, volver a Dios y a la Iglesia, trabajar en la parcela de la Viña que nos toca y buscar horas extra, dar testimonio, orar, ayunar, hacer penitencia y pequeños sacrificios, ofrecer los trabajos y penalidades diarias. Es decir, convertirme. Y esto es lo más difícil pero es lo más efectivo, porque poco a poco se contagia.

¡Llámanos y quédate con nosotros, Señor!

Los jóvenes son el presente de la Iglesia y de la sociedad. “La presencia de los jóvenes en la Iglesia es una bendición”, dijo Monseñor Miranda hace una semana en una breve circular. Y los llama con entusiasmo, con amor, con esperanza.

Así también Jesús llamó jóvenes para estar con él -los Doce- y los jóvenes respondieron. Se comprometieron a cambiar el mundo con Jesús, a pescar a otros jóvenes. También los 72 discípulos, aquellos que “envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir” (Lc 10,1). Y ellos fueron, y regresaron felices porque hasta los demonios se les sometían en el nombre de Jesús.

Jóvenes, este tiempo es de ustedes: ustedes y los niños son los principalmente afectados por todo lo que está sucediendo y serán los principales beneficiarios si trabajan duro. En ustedes está la energía, los ideales, la alegría. Y aunque sepan que Jesús -y el Arzobispo con Él- los envía “como a ovejas en medio de lobos” (Lc 10,3), también es seguro que entonces “tendrán una alegría que nadie les podrá quitar”, y “les aseguro que todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se los concederá” (Cf. Jn 16,22.23).

Y, si ya no eres tan joven, ¿por qué no decirle al Señor Jesús como los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”? Sucedió que “Él entró y se quedó con ellos”. (Lc 24,29).

Una nueva era despunta. Estamos en plena batalla y el Señor ha prometido a sus seguidores: “haré que el vencedor sea una columna en el Templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí” (Ap 3,12).

Cápsulas

Si no hay Dios, todo está permitido. Puedo hacer, deshacer, no hacer.

Si no hay Dios, ¿por qué no la ley del más fuerte?

Pero si existe, entonces aceptemos que el paquete que nos ofrecen en envases de “mi placer”, “mi derecho”, “mi verdad”, es perverso.

Dios existe. Más aún, “Él ha enviado a la Virgen María en más de dos mil apariciones en todo el mundo en los últimos dos siglos: para llamarnos”*. Los pobres e indefensos gritan. Dios llama y te necesita. Escucha…

*Mark Mallett, This is not a test.

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