Miscelánea

Esclavos, ¿del mundo o del Señor?

La Presentación de Jesús

Por: Cristina Alba Michel.

“¿Por qué las naciones en tumulto y los pueblos planean su fracaso? Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y su Ungido: ‘Rompamos sus ataduras, librémonos de su yugo‘” (Salmo 2,1-3).

David no levantó su mano contra Saúl aun cuando éste lo buscaba para matarlo. No lo hizo porque -dijo David humildemente-: “no levantaré mi mano contra el Ungido del Señor” (Cf 1Sam 24,7).

En cambio, hoy las naciones, pueblos, reyes y príncipes de la tierra se levantan. No me refiero a los levantamientos genuinos de los pobres hartos de las injusticias, sino al levantamiento obcecado, desobediente, irresponsable y malicioso contra la Ley Divina, contra la Ley natural que habita el corazón humano, contra Dios y su Hijo Jesucristo, contra la Iglesia de Cristo y su Vicario el Papa, contra todo lo que huela a Cristo y, por tanto, al levantamiento del hombre contra el hombre. ¡Es una cadena de levantamientos que comienzan en el corazón y se extienden, contagiando naciones enteras!

Los reyes temporales, mundanos, siempre han querido tomar el lugar de Dios; sus pueblos han tenido que adorarlos o sufrirlos. Pero hoy, cada uno, pobre o rico, poderoso o esclavo, cristiano o no cristiano, se levanta contra el Señor para tomar su lugar: cada uno quiere ser señor de sí mismo y de quienes se dejen. De ahí la pérdida de respeto por la vida humana, por la legítima autoridad, por la ley y las instituciones -entre ellas matrimonio y familia-. De ahí los abusos de la libertad humana que, mal utilizada, se transforma en esclavitudes a cualquier ídolo: dinero, poder, droga, vanidad, violencia, sexo, sabiduría mundana y más.

¡El hombre de la iniquidad está aquí! Nos ayuden Jesús y su bendita Madre a no integrarnos a ese ser “misterioso” del que habla San Pablo en su segunda carta a los tesalonicenses. ¿Quién es?

Responde el mismo Pablo: “el Adversario, el que se alza con soberbia contra todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta llegar a instalarse en el Templo de Dios, presentándose como si fuera Dios” (2Tes 2,4).

Sólo Cristo Jesús tiene el pleno derecho de ser presentado en el Templo como Dios -así lo celebramos este 2 de febrero- y sentarse en su trono. Hoy le vemos en brazos de María, protegido por José. Entra al Templo de Jerusalén para manifestar su gloria a Israel como Dios y Salvador, pero también como compañero de camino, de vicisitudes, de dolores y alegrías, de trabajos y remansos, de vida y de muerte.

Él, un Niño pequeño, igual en humanidad a todos y al mismo tiempo, el único que en su Persona lleva plasmado y plasma el rostro del Padre y el poder del Espíritu, que se ha ido manifestando desde el momento de la Encarnación: cuando cubrió a María con su sombra e hizo cantar a Zacarías el Benedictus, a Isabel su bienaventuranza, a María el Magníficat y a Juanito brincar en el vientre materno.

Recordemos la gloria que vio Simeón, alegrándose en oración: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,29-32). Recordamos también la dicha de Ana, la profetisa que al ver a Jesús, proclamó su pequeño Evangelio dando “gracias a Dios. Y hablaba acerca del Niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén”.

Mas recordemos también la profecía de Simeón, cuando María y José le escucharon decir “después de bendecirlos: ‘este Niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción…'” (Lc 2,34).

Desde el principio Jesús ha sido signo de contradicción -¿recuerdan a Herodes?-, pero la profecía irá alcanzando paulatinamente su punto culminante y pleno cumplimiento. En este momento histórico nos toca ver cómo la contradicción alcanza niveles altísimos: la rebelión contra Dios ya no se trama en lo oculto, sino que los planes se manifiestan abiertamente y escuchamos a líderes cada vez más numerosos y cada vez a más gobernantes, presentarse como si fueran mesías de sus pueblos e incluso, exigiendo la veneración que sólo a Dios se le da. ¿O no escucharon la oración del Padre Nuestro con la letra dirigida al difunto Chávez, de Venezuela? ¿Y cómo el sucesor se va creyendo, cada vez más, dios? ¿Y el líder de Corea del Norte? ¿Y otros muchos, muy cercanos a nosotros de quienes sabemos a través de la prensa?

Las naciones en tumulto y los príncipes se levantan contra el Señor y su Ungido. Lo que no se atrevió a hacer David, hoy católicos (fieles, sacerdotes, obispos y cardenales) lo hacen contra el Papa y unos contra otros. Ya escribió Benedicto XVI en 2009: “atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente”. Y añadió más adelante, en esa misma Carta a los Obispos del Mundo: “A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele -en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio”.

Hemos llegado a este punto. Sin embargo, todavía la fe, la oración y sacrificios de muchas almas fieles como David, María y José, nos sostiene.

La iniquidad actúa. El hombre de la iniquidad trama. De nosotros depende tomar la Luz y la Gloria del Señor como antorcha, aceptarle con el Fiat de María y la obediencia de José, arroparle en familia como ellos. ¿O seremos como aquellos que “se mordían la lengua de dolor, pero en lugar de arrepentirse blasfemaron contra el Dios del cielo”? (Cf. Ap 16,11).

Pidamos a la Madre de Jesús nos ayude a elegir en plenitud al Señor, a decirle como dice la Escritura: “Hágase como me has dicho”, “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, “hágase tu voluntad y no la mía”. Amén.

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