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¿En cuál cielo vive Dios?

Por qué soy católico

Por: José L. Fierro.

La oración del Padre Nuestro inicia expresando: “Padre Nuestro que estás en el CIELO”. Generalmente, y máxime si no se ha estudiado Teología ni los atributos de Dios, se estima que el cielo donde vive Dios es el que está sobre nuestras cabezas o, como le decimos a un niño, “el cielo donde vuelan los aviones”.

Eterno no es igual a inmortal

Ese cielo tuvo principio cuando en Génesis (1,1) se afirma: “En el principio Dios CREÓ el CIELO y la Tierra”. A este cielo le llamaremos “cielo del Génesis”, que no es eterno, tuvo principio y por lo tanto no puede ser la morada de Dios ya que, de ser así, antes de ser creado,  antes de existir ese cielo, Dios que es eterno no tenía dónde vivir.

Sólo Dios es eterno y nada aparte de Él puede ser eterno. Eterno es lo que no tiene principio ni fin. Es fácil que alguien confunda el término “eterno” con “inmortal”. Inmortal es lo que tiene principio, pero no tendrá fin; por ejemplo, nuestra alma.

Tener la idea de que Dios necesita un sitio literal dónde vivir es negar su omnipresencia y caer en graves errores, como los del segundo líder mundial de los Testigos de Jehová, José F. Rutherford, quien afirmaba que Dios vivía en un palacio en la constelación de las Pléyades, algo terriblemente absurdo. DIOS es Espíritu (Jn 4,24) omnipresente, no puede estar ubicado en algo limitado como lo es una constelación de estrellas. La doctrina mormona tiene una idea semejante de un Dios de perfil humano que vive en un planeta del universo.

Tercer cielo

En la época apostólica los estudios astronómicos eran deficientes. Se daba por cierto que la Tierra era plana; por ello, en ese contexto encontramos expresiones en las cartas de San Pablo refiriéndose a un tercer cielo (ver 2Cor. 12,4). Esta expresión, si la tomamos literal, nos da la idea de que mínimo deben existir tres cielos: 1, 2 y 3. Se tenía la creencia que el primer cielo es el que vemos sobre nuestras cabezas de hermoso color azul; el segundo el del sol, la luna y las estrellas (Apoc 21,1), o también un lugar entre el primero y tercer cielo, poblado de los ángeles malos o demonios. Por último el tercer cielo se refería a donde “vivía” Dios. Si todo esto lo tomamos literal, relacionándolo con el sitio, lugar o “casa” donde vive Dios, incurrimos en un grave error pues negamos la omnipresencia al limitar la presencia de Dios a un lugar, que aunque superior sobre dos cielos, seguiría teniendo dimensiones físicas.

El cielo de Dios

A Dios nada lo puede contener (1Rey 8,27). El cielo de Dios es ÉL mismo. En la oración del Padre Nuestro manifestamos que Él está en los cielos, porque el “cielo” literal sobre nosotros es la realidad que más nos manifiesta su gloria y majestad infinitas, y no porque Dios esté allí presente o “viva”. Reza el Salmo 19,1: “Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de Sus manos”.

El cielo, premio de los bienaventurados

Podemos decir que el cielo es un ESTADO de todo bien, sin mezcla de mal alguno; también que es gozar de la presencia de Dios nuestro Creador por toda la eternidad; pero, la verdad, definirlo es imposible y la Biblia nos lo hace notar: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1Cor 2,9).

San Juan (Ap 21,9-27) intenta describir el cielo con palabras y realidades humanas que no debemos tomar en sentido literal, pues se vale de metales y piedras preciosas que los humanos consideramos muy valiosos para dejarnos una idea vaga e incompleta del cielo en que, de ser literal, quedarían fuera metales como el platino y piedras como el diamante que son mucho más valiosos que el oro.

Con palabras sencillas

Jesús se valió de alegorías para comunicar a sus sencillos apóstoles la existencia del cielo. En Juan (14,2-3) les dice: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros”.

Observemos: Cristo promete a sus apóstoles “hospedarlos” a futuro en el cielo, mas Él refiriéndose a ese cielo o morada de Dios señala en tiempo presente “DONDE YO ESTOY”. Cuando se refiere a su Persona siempre lo hace en tiempo PRESENTE, nunca en pasado ni futuro, porque ÉL es DIOS. En esta expresión “DONDE YO ESTOY”, reflexionándola humanamente y teniendo la idea errónea de que el cielo es un LUGAR literal, entonces pensaríamos que Jesús se equivocó ya que no estaba en el CIELO, sino pisando el suelo de Jerusalén. Se comprende así que el cielo NO es un LUGAR, de donde sale y entra Jesús, sino que el CIELO es DIOS mismo.

Lo mismo, si alguien concibe al cielo como un lugar, no como un ESTADO espiritual en Dios mismo, ¿cómo habría sido posible que el ladrón arrepentido que murió junto a Nuestro Señor hubiera estado ese día en el cielo o paraíso, como Cristo se lo prometió, ya que su Ascensión ocurrió hasta 40 días después de su Resurrección?

Si conocemos básica y teológicamente los atributos divinos de Jesucristo sabremos que, como Jesús es Dios, como Dios es el cielo. El ladrón al morir gozó al estar con Él en el cielo.

Conclusión

El Catecismo de la Iglesia Católica nos afirma que el cielo es UN ESTADO espiritual, no un lugar literal: “Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama ‘el cielo’… fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el ESTADO supremo y definitivo de DICHA” (n. 1024).

Tratar de explicar cómo son las realidades del “más allá” de la muerte siempre nos llevará a un gran error de lo que son las realidades eternas que Dios ha prometido a los que le aman y guardan sus Mandamientos.

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