Artículos, Escala de Jacob

Sonríenos, Madre

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel

Si María sonríe, sonríe Dios

1. ¿Por qué lloras, María?, preguntamos a nuestra Madre hace varios días. Hoy le pedimos de todo corazón que nos sonría. Ella sin duda querrá hacerlo, porque ante todo, nos ama. María, que en su vida terrena sólo supo amar, hoy en la vida de la Trinidad donde se encuentra, ¿qué podríamos decir más?

“Espejo de la Trinidad Santísima”, la llamó el Papa teólogo Benedicto XVI, quien también la nombra “Sagrario vivo del Dios encarnado, el Arca de la alianza en la que el Señor visitó y redimió a su pueblo” (31-V-2005).  Los padres de la Iglesia y numerosos santos canonizados, han tenido para María bellísimas expresiones y reflexiones, unidas al gran amor que le tuvieron; entre ellos San Bernardo de Claraval, San Alfonso María de Ligorio, San Luis Grignon de Montfort, San Maximiliano Kolbe, Santa Teresita del Niño Jesús, San Pío de Pietrelcina, San Buenaventura, el Beato Juan Duns Scoto, San Juan María Vianney, Santa Teresa de Calcuta y San Juan Pablo II -además Papa-, entre muchos más.

2. ¿Y qué decir de los numerosos textos bíblicos, los cuales sin referirse originalmente a María, la Iglesia le aplica y los ha incluido en la Liturgia? Nada menos la segunda lectura para la Misa de la Solemnidad de Santa María de Guadalupe, se trata de un texto del Eclesiástico 24,23-31: “Yo soy como una vid de fragantes hojas y mis flores son producto de gloria y de riqueza. Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud. Vengan a mí, ustedes, los que me aman y aliméntense de mis frutos. Porque mis palabras son más dulces que la miel y mi heredad, mejor que los panales. Los que me coman seguirán teniendo hambre de mí, los que me beban seguirán teniendo sed de mí; los que me escuchan no tendrán de qué avergonzarse y los que se dejan guiar por mí no pecarán. Los que me honran tendrán una vida eterna” (Eclo. 24,23-31).

3. El mismo Benedicto XVI explicó que María ama con todo el amor de la Santísima Trinidad contenido en su corazón. Más aún, si la Iglesia califica a la Virgen María de Santísima, lo hace aplicándole “las joyas del Rey” (Cf Sal 45,10), esto es, la gracia misma de Cristo. Por eso la Inmaculada, cuando se aparece a Catalina Labouré y le pide que sea acuñada la Medalla que más tarde el pueblo llamó “Milagrosa”, le explica a la joven religiosa y hoy santa, que las gracias de la Trinidad Santísima pasan por sus manos maternales, y que para obtenerlas sólo tenemos necesidad de pedirlas con amor y confianza. Ella las dará cuando Dios considere que son para bien de las almas, y aunque no dé las que pedimos, seguros hemos de estar de no partir de la presencia de María con las manos vacías. Pues Dios, que “no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con Él toda clase de favores?” (Ro 8,32). Y Dios nos entregó a su  Hijo a través de María.

4. Sí, Dios nos da todo a través de Ella, y justo es que a través de Ella nosotros le demos a Dios. Y si pedimos a Ella, estamos seguros que a Él llegará nuestra súplica; y si le pedimos a nuestra Madre que sonría, y Ella lo hace, seguro también sonríe la Santísima Trinidad. ¿O no sonreía Jesús, viendo sonreír a su Madre?

¡Sí, si quieres hacer sonreír a Dios, haz sonreír a María! ¿Cómo? Haciendo lo que Él nos dice (Cf. Jn 2,5). Por ejemplo, “ámense los unos a los otros como Yo los he amado”.

Otra forma de hacer sonreír a María es meditando en los misterios del Santo Rosario. Esta oración mereció que el Papa Juan Pablo II escribiera la Carta apostólica El Rosario de la Virgen María. En ella explica: “El Rosario… aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes concentra… la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magníficat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor”.

La escuela del Rosario

¿Por qué meditar el Rosario haría sonreír a la Virgen, y a Dios? Responde Juan Pablo II: “Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la ‘escuela’ de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje'”.

El Rosario es “un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que propuse en la Carta apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia pedagogía de la santidad: ‘Es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración’. Mientras en la cultura contemporánea… aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en ‘auténticas escuelas de oración'”.

“Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don de la paz… No se puede, pues recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz… Otro ámbito crucial de nuestro tiempo que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución, y con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual”. (Rosarium Virginis Mariae, nn. 5 y 6).

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