Santo de la Semana

San Severo de Rávena

Las primeras fuentes escritas relacionadas con su biografía se remontan al siglo IX y pertenecen a Andrea Agnello -autor del Liber Pontificalis– y a Liutolfo, así como de una Vita anónima del siglo XI llamada Vita vel acta sancti Severi confessoris archipraesulis ravennatis, y dos Sermones de San Pedro Damián.

Varón de notables cualidades, Severo gozaba de fama de honesto y piadoso, por lo que la comunidad cristiana de Rávena reconoció sin discusión su elección prodigiosa como sucesor en la sede episcopal de Rávena, tras la muerte del obispo Marcelino hacia el año 320. Y es que, según una tradición que se remontaba a los tiempos del primer Obispo San Apolinar (siglo I), una paloma se posó sobre la cabeza de Severo, intervención divina explícita y poderosa acaecida en el momento en que la comunidad se había reunido para -según la usanza- elegir a quien ocuparía esa cátedra.

El tejedor, hombre casado y con una hija, fue aclamado enseguida como Obispo y él, sometiéndose en todo a la voluntad de Dios, aceptó el cargo y renunció al mundo, a su hogar y familia. Su esposa Vincenza y su hija Innocenza, apoyaron dicha decisión y se consagraron a Dios; ambas murieron antes que él.

Severo ejerció su ministerio durante más de 20 años con gran celo pastoral. Participó en el Concilio de Sárdica (hoy Sofía, capital de Bulgaria), efectuado en los años 342-343, donde se defendieron los decretos de fe de Nicea contra la herejía arriana y su nombre aparece entre los firmantes como: “Severus ab Italia, de Ravenna“.

Murió en olor de santidad en su sede episcopal hacia el año 344 y fue sepultado en el mismo sepulcro donde se encontraban su esposa e hija, lugar donde se verificaron eventos prodigiosos por lo que de inmediato fue considerado como santo. Al respecto, señala el Liber Pontificalis la historia de un hombre que, cuando niño, acudió con su madre y otros fieles ante la tumba de Severo, para por su intercesión rogar por cura para su enfermedad: “Y después de haber visto una luz extraordinaria, asustados en sus corazones, dieron gloria a Dios y a su confesor Severo. La madre comenzó a interrogarle: ‘¿Qué te pasó, hijo mío?’. Y él, en presencia de todos, dijo: ‘Vi a un hombre que salía de esta tumba con ropa de obispo, adornado con el pelo blanco, con una cara angelical: me tocó y me asusté’. Inmediatamente la enfermedad se alejó de él y ya no tuvo fiebre. Esto ha sucedido en nuestro tiempo, y no solo esto, sino muchos otros [prodigios]”.

Sus restos fueron llevados posteriormente a Pavía (Italia) y de allí a Maguncia (Alemania) en el siglo IX. El monasterio de Erfurt -también en territorio alemán- le dedicó Severikirche, una espléndida basílica junto a la actual Catedral, en la que fueron depositadas las reliquias dentro de un sarcófago de piedra exquisitamente labrado con las figuras de Severo, su esposa e hija.

Su fiesta litúrgica se conmemora el 1º de febrero.

San Severo de Rávena

(+344)

Duodécimo Obispo de Rávena (Italia), el primero cuya vida está plenamente documentada y el último de los Obispos de esta diócesis (hoy Arquidiócesis de Rávena-Cervia) unidos por la leyenda vinculada a su elección milagrosa por medio de una paloma que se posó sobre su cabeza en el momento en que la comunidad cristiana se reunió para la elección de quien ocuparía la cátedra. Al momento de ser elegido Severo estaba casado, tenía una hija y era de oficio tejedor, por lo que es considerado patrono de los tejedores de lana, hilanderos, fabricantes de medias, guantes y sombreros.

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