Catequesis

“No te harás escultura alguna…” (II)

Vivir la fe

Por: Raúl Sánchez K.

En pasada colaboración se expuso que algunos textos del Antiguo Testamento prohíben hacer imágenes, pero esos textos se deben tomar en su contexto; ver en qué momento y con qué intención se escribieron y qué relación tienen con otros textos de la Biblia.

En otras partes de la Sagrada Escritura Dios mismo ordena hacer imágenes con fines religiosos, como lo expresa el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cf Nm 21,4-9; Sb 16,5-14; Jn 3,14-15), el arca de la Alianza y los querubines (cf Ex 25,10-12; 1 R 6,23-28; 7,23-26)” (No. 2130).

A Jesús le presentaron una moneda con la imagen del César y Él no la condenó como idolatría (Mc 12,16).

La Encarnación

“En el Antiguo Testamento no era posible representar a Dios con ninguna figura porque Él no tiene ninguna, es Espíritu puro. Pero ese mismo Dios ¡se hizo hombre en el milagro de la Encarnación!

Jesucristo, como dice San Pablo, ‘es la imagen visible de Dios, que es invisible’ (Col 1,15).

Si bien es cierto que ‘a Dios nadie lo ha visto jamás’ (Jn 1,18; 1 Jn 4,12), también es cierto que Jesús dijo: ‘El que me ha visto a mí, ha visto al Padre’ (Jn 14,9)” (Católico: ¡Defiende tu fe!, Pbro. Dizán Vázquez).

“Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo Concilio Ecuménico (celebrado en Nicea el año 787), justificó contra los iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las de Cristo, pero también las de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos. El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva ‘economía’ de las imágenes” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2131).

Primer mandamiento

“El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, ‘el honor dado a una imagen se remonta al modelo original’ (San Basilio Magno), ‘el que venera una imagen, venera al que en ella está representado’ (Concilio de Nicea II). El honor tributado a las imágenes sagradas es una ‘veneración respetuosa’, no una adoración, que sólo corresponde a Dios:

El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que ella es imagen” (Santo Tomás de Aquino)” (Ibíd., 2132)

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