Comentario al Evangelio

“Mi siervo… traerá la salvación”

Comentario al Evangelio del II Domingo Ordinario (Jn 1,29-34)

Por: Mons. Luis Carlos Lerma Martínez.

El domingo pasado celebrábamos la fiesta del Bautismo de Jesús. Hoy escuchamos el testimonio de Juan quien bautizó a Jesús y lo presentó así: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”, palabras del Bautista que nos remiten a varios textos de la Sagrada Escritura.

Primero, al cordero pascual del Éxodo, cuya sangre puesta en las puertas de las casas de los israelitas, salvaría de la plaga exterminadora, la última antes de la liberación de la esclavitud en Egipto (ver Ex 12,1-14). La sangre de los corderos sacrificados salvó a los primogénitos de los israelitas de la muerte. Esto es lo primero que se piensa con la palabra cordero.

Después, se piensa en el cordero del cuarto poema del siervo de Dios en Isaías (52,13-53,12). Es asombrosamente admirable el parecido del cuarto poema del siervo de Dios de Isaías con el relato de la pasión/muerte/resurrección de los evangelios; también es inevitable al leer el relato de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor, pensar en el cuarto cántico del siervo de Dios de Isaías. Es preciso leerlo todo. Solo trascribo el versículo 11: “Después de una vida de amarguras verá la luz, comprenderá su destino. Mi siervo, el justo, traerá a muchos la salvación cargando con las culpas de ellos”.

Y aunque posiblemente el libro del Apocalipsis haya sido escrito después de los evangelios, también es inevitable pensar en el Cordero que el evangelista Juan presenta a partir de 5,6. Un Cordero que está de pie, es decir, vivo; pero con las señales de haber sido degollado, o sea, sacrificado. Un Cordero que murió pero que ahora está resucitado, vivo para siempre, ¡ha vencido la muerte! Este Cordero es Jesucristo, a quien Juan ve y contempla majestuoso desde el principio de sus visiones (Ap 1,12ss). Él mismo le dice a Juan: “No temas; yo soy el primero y el último; yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo” (Ap 1,17-20).

Así pues, cuando Juan el Bautista nos presenta a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, hemos de contemplar su preparación desde el cordero de pascua del Éxodo, su profecía en los poemas del siervo de Dios de Isaías, especialmente el cuarto; y su cumplimiento, realización y plenitud en el Cordero del Apocalipsis, que estuvo muerto pero que ahora está vivo, pues ha vencido a la muerte, al pecado y al autor de ambos.

Todo esto es Jesús, pero no para él, sino para nosotros. Nosotros somos los beneficiarios de lo que Jesús es. De tal modo que nadie tiene pretexto para seguir embarrado en la miseria, en la frustración y el trauma de una vida sin sentido. Si alguien quiere seguir patinando en la porquería ha de ser por su gusto. Fijemos los ojos en Jesús (ver Heb 12,2-3) y corramos al encuentro de aquel en quien está la verdadera y auténtica Vida, Alegría y Felicidad.

Saludos y bendiciones desde el Santuario de Guadalupe de Chihuahua.

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