Artículos, Escala de Jacob

Madre de Misericordia, ¡hazme volver!

Escala de Jacob

Por: Cristina Alba Michel.

-Santa María, inmersa en la Trinidad, ni antes ni después de su Asunción abandonó a los hijos que Jesús encargó a su cuidado. Con discretísima presencia los acogió llena de amor y misericordia, convirtiéndose para ellos no sólo en Madre sino en maestra, por ser en todo la fiel y perfecta discípula a tal grado que, si Jesús tenía las facciones de María, también María tenía los rasgos de Jesús, por la obra que en ella realizó el Espíritu Santo, con quien colaboró voluntariamente hasta el heroísmo de la Cruz y de la Soledad.

Si Jesús es el rostro de la Misericordia del Padre (Cf Misericordiae Vultus n. 1), María es Madre de la Misericordia: porque dio a luz al Cristo, porque con su dulce amor misericordioso atrae a los hijos de Dios y porque, mediante la gracia del Espíritu Santo, los transforma en imágenes vivientes del Hijo. ¡También la Iglesia lo hace!

-¡Correspondamos a tanto amor del Padre que nos dio al Hijo, del Hijo que nos dio una Madre, y de la Madre que nos trae al Espíritu Santo! Es real nuestra pequeñez, pero Dios no se fija en pequeñeces, antes se goza en lo que humildemente le ofrecemos con amor. ¡Qué pena que al día de hoy, tantas personas se cierren y cieguen al amor del Señor! Bien resulta recordar a San Pedro, que más tardaba en entusiasmarse que en caer. Recordarlo cuando, después del triple canto del gallo y de llorar amargamente su traición, no tuvo reparo en decirle a su Jesús resucitado: “Tú me amas y lo he visto, yo aún no puedo amarte tanto. Pero lo sabes todo, Señor, y tú sabes que te quiero” (Cf. Jn 21,17).

¡Jesús aceptó el pequeño pero humilde “te quiero” de Pedro! En este pasaje, el Señor plasma el rostro del Padre Misericordioso que no dejó a su hijo pronunciar palabra, sino que acogiendo su regreso, se alegró sin más averiguaciones y lo introdujo de nuevo a la casa paterna en medio de una fiesta.

-Tal vez no hemos creído el gran amor de Dios. Tal vez no sabemos apreciar su Misericordia. Tal vez vivimos tan anclados en nuestros pecados, miserias, necesidades, dolores y heridas, que nos volvemos egoístas y cerrados, sordos a la voz de Dios y ciegos a sus manifestaciones.

En un mes viene de nuevo la Cuaresma, ¿la hemos contemplado como un tiempo y manifestación de Misericordia, como un llamado del Padre para volver a la vida de la gracia, a la fe de la Iglesia Madre? ¿Nos hemos dado cuenta de que la Cuaresma es oportunidad para preparar la liberación de lo que nos ata, de dejar las bellotas y los cerdos para encaminarnos a Casa?

Por si acaso, el Señor insiste. Frente al alejamiento de tantos, que de su Palabra no recuerdan ni el ‘Amén‘, ha enviado a María a advertirnos, pedirnos e insistirnos volver a Él. La ha enviado no una vez, sino muchas durante los últimos siglos para atraernos a su Misericordia, a su Amor, a su Vida, a la felicidad.

-¿O creemos que las apariciones marianas están aquí para entretenernos? ¿Se complace Dios en ser profeta de calamidades y para ello envía a su Madre? “¿Por qué Dios estaría enviando a su Madre a la tierra para hablarnos, si no fuera importante? ¿Ha venido a tomar una taza de té con sus hijos o les ha asegurado a las ancianas con sus rosarios, lo agradable que es esta devoción? […] No, nuestra Señora ha sido enviada por la Santísima Trinidad para decirle al mundo que Dios existe y que sin Él no hay futuro. Como nuestra Madre, viene a prepararnos no sólo para las catástrofes en las que estamos caminando ciegamente y que hemos creado con nuestras propias manos, sino también para los triunfos que nos esperan si nos rendimos en sus manos” (Mark Mallett, ¿Por qué el mundo sigue sufriendo?). Entonces, ¿por qué no atendemos a su llamado?

-Confundimos la Misericordia de Dios con “una gracia barata”, damos por hecho la salvación sin conversión, creemos que tendremos tiempo para dejarla hasta el final. Confundimos a María con alguien que no tiene más quehacer que quitarnos el tiempo con sus visitas. La gente se aparta cada vez más de Dios y los católicos de la Iglesia y los Sacramentos. Los pastores se dedican cada vez menos a la cura de almas. Necesitamos celo evangelizador y misionero, oración que se haga vida, predicadores llenos de unción. ¿No se convirtió el gran Agustín por la prédica de San Ambrosio?

La paciencia de Dios sigue concediéndonos un tiempo de misericordia, pero si no atendemos los llamados de nuestra Madre misericordiosa, corremos el riesgo de ser arrastrados por la corriente de graves acontecimientos que ya están en curso y que el mismo hombre ha provocado. ¿No los ven?

-Las Escrituras no las conocemos, a los videntes no les creemos, los mensajes marianos -incluso Fátima- los ignoramos. Nos parecen pesimistas. ¿Cuál es mayor pesimismo? “¿Escuchar estas advertencias o seguir amenazados por la guerra, acabados por el aborto, tolerar el infanticidio y el suicidio asistido? ¿Preferimos que la pornografía siga destruyendo a nuestros hijos y matrimonios, que los científicos continúen manipulando la genética humana y los industriales envenenando la tierra? ¿Preferimos que los ricos sigan enriqueciéndose y los pobres sobreviviendo apenas, que las ideologías perviertan a nuestros hijos, que naciones enteras mueran de hambre mientras los ricos mueren de obesidad? ¿Preferimos tolerar que los cristianos sigan siendo asesinados y marginados, que los sacerdotes sigan en la tibieza mientras las almas se pierden? ¿Qué es mayor fatalidad, las advertencias de nuestra Señora y los videntes, o los cantos de sirena de los falsos profetas de la cultura de la muerte?” (Mark Mallet, ¿Por qué el mundo sigue sufriendo?).

Volvamos hoy a la Iglesia, a María Madre de Misericordia, a Dios.

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